Crónicas | Nasty más pintura - Texto: Nani Mesoni | Fotografía: Eva Wendel

Un halo sincopado puede ser una tormenta dibujándose de a poco en el cielo, cubriendo de gris opaco lo antes celeste claro, trayendo tras de sí la bruma y la suerte de las lluvias; también lo es un pincel sobre una tela, una música sosteniéndolo todo, moviendo el suelo para que las cosas y las personas se formen y se distribuyan, entre los colores que se van en la tela y entre las siluetas, que se borronean en la expectación. Esa experiencia integradora se recorre en el hecho artístico. Por lo menos, eso evocamos con nuestra compañera.


« ¡Sí! Siéntense, no hay problema. Dame, les saco una foto» 

Estaba con un humor especialmente bueno: de movida, me hicieron gracia los tentáculos pintados en la fachada del Bar del Mar. La mesa era grande y nosotras, sólo dos. Lo que me gusta de estas épocas y también de ciertos lugares y ciertas gentes es que no haya inconvenientes en ignorar las ridiculeces sociales implícitas y se pueda compartir una mesa con extraños. A unos metros, había una chica que bailaba sola, como una Mía Wallace. Nos trasladamos hacia la pista. Ahí todos se llamaban Manuel, y la melancolía amenazaba con pervertir la noche, pero terminó Can’t stop, de los Peppers, y se abrió la cortina roja, tras la cual aparecieron el DJ y Esteban Uribe Escobar, con su lienzo en blanco y sus pinturas. Y empezó la fiesta.

Yo no soy experta, pero eso es un círculo 

Estaría mintiendo si digo que alguna vez vi a alguien pintar un cuadro, y además el manual de instrucciones para dibujar se lo regalé a un amigo. Por lo tanto, sepan comprender a la bestia intrigada que era yo, mientras observaba toda la cosa, bailando electrónica, escoltada por un pibe que tocaba una guitarra invisible en mi cara. Pincelada tras pincelada –con el rojo me asusté –, ese círculo se fue convirtiendo en una tormenta colorinche que su hacedor resquebrajó. Por ahí salimos nosotros, recién centrifugados. Y mientras Esteban empezaba a darle forma a unas siluetas humanoides, se me fue instalando la idea de que todos los que estábamos ahí integrábamos su estética: éramos la proyección del momento creativo, nos escapamos del cuadro para componerlo.

Tan sólo la imaginación 

Es que es así. La experiencia del art attack con música medio que me drogó o será que se me cruzaron los cables, porque en esa mezcolanza de música y pintura, cada color que Esteban elegía me generaba una sensación (el verde, extrañamiento; el azul, serenidad; el rojo, dolor; etc.). Todo esto, involuntario e incontrolable. La cuestión es que para cuando Esteban ya terminaba, se dio vuelta en dirección a nosotros, los desertores de su obra. En una mano tenía su copa y cuando levantó la otra, yo pensé que nos revoleaba una genkidama, pero sólo saludó. Y cuando se fue, una de las figuras del cuadro –una señora que quedó atrapada – me guiñó el ojo. La envidié por varias razones, entre ellas, por lo bien que le quedaba el carmín en los labios. La fiesta siguió y yo encontré otro Manuel más, que por supuesto ni me vio, como les corresponde a los manueles, cuando son flemáticos.

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  1. LaMagaDelCampuis

    Qué ondaaa?????? se pinta mientras se baila! YO quiero que me pinten

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