Crónicas | «El señor Martín», en Kika Bar - «La educación formal es una maquinaria empecinada en construir esclavos de manuales que prefiguran los alcances de la conciencia» Moldea a los cuerpos que, cual cadena de montaje, atraviesan las diferentes etapas de la estructura hasta completar su forma, que intenta aproximarse a las características de lo establecido. La identidad surge entonces, como interrogación necesaria: ¿hasta dónde llegan las huellas de las instituciones?

«La educación formal es una maquinaria empecinada en construir esclavos de manuales que prefiguran los alcances de la conciencia» Moldea a los cuerpos que, cual cadena de montaje, atraviesan las diferentes etapas de la estructura hasta completar su forma, que intenta aproximarse a las características de lo establecido. La identidad surge entonces, como interrogación necesaria: ¿hasta dónde llegan las huellas de las instituciones?

Por Nahuel Rey | Especial para El Corán y el Termotanque

El Sr Martín | Ph: Guillermo Fournier

A las obras de teatro no se llega tarde. No es un recital. Con quince minutos de atraso pensé que iba a ser el tipo que obliga a toda una hilera a levantarse, codea sin querer a una señora, roza sensualmente a una joven  y es objeto de un odio masivo por molesto, por irrespetuoso, porque tarda en sentarse y porque, generalmente, tiene mal olor. Pero El señor Martín encontró su soporte material en un resto-bar: Kika. Con la distribución de una clásica casa de pasillo, Kika ofrecía unas quince mesitas de manteles a lunares, pegoteadas entre un viejo placard retro-revival y un pequeño y luminoso escenario que, al cerrar sus cortinas, hacía dudar de si la escena estaba adelante o atrás. La música alternativa, la chica que nos cobró las entradas, las rayas, los lunares, los cuadros de mujeres potentes y el exquisito gusto en los detalles –tan ajeno al straight man– parecían arrancados de cualquier escena de Almodóvar. Y la carta ofrecía sus películas: podías pedir Carne trémula, que era lomo con cosas; Los amantes pasajeros, La ley del deseo, Volver. Toda la filmografía en versión culinaria.

Y si bien tengo la tendencia a sentirme ajeno en todas las escenas que enmarcan eventos sociales y culturales, desde la predicación del goce exagerado e imponente de los boliches hasta el recato cuidado y careta de una cata de vinos en New York City Clon, Kika y la ambigüedad sexual de las cartas-abanicos, las lámparas floreadas, la fusión estética entre lo retro-pop alternativo, Radiohead o Britney Spears covereados hasta el punto de tornarse irreconocibles, las rayas, los lunares, los tatuajes escritos, el flequillo hasta los ojos, Almodóvar todo el tiempo y el telón rozando las mesas hicieron que me perdiera, que me transformara en parte del lugar. Por cuatro horas fui un fragmento itinerante de Kika como institución y del Sr. Martín como su principal expresión sintomática.

Nos sentamos en una mesa pegada a la pared. Mi novia espiaba con las orejas la conversación de la mesa de al lado mientras leía la El Sr Martín | Ph: Soledad Perezcarta, hablaba de las películas e intentaba argumentar algo de la psicosis y lo femenino en la interpretación delirante. Imposible aburrirse.

Estábamos ahí porque nos había invitado Lucas Bosio, que actuaba. Lucas es alto, psicólogo, actor. Toca la batería y tiene ojos redondos. Sabía que se venía presentando durante el último año, junto a Matías Trepat, bajo la dirección de Jorge de la Rosa. Me habían comentado que era una puesta juguetona, provocadora, que había sido seleccionada para formar parte de la propuesta de Teatro por la Identidad acá, en Rosario. Pero no teníamos ni idea de qué se trataba y esperábamos, cómodos.

Se apagaron las luces, se abrió el telón y los reflectores resaltaron una escenografía mínima. Un pupitre, un pequeño escritorio, un globo terráqueo y un cartel, insignia de un frente escolar: «James Day High School».

La primera aparición fue de Martín, un adolescente enmarcado en un uniforme escolar que lo filiaba estéticamente a cualquier escuela privada. Camisa, corbata, saco, zapatos. Con una mirada directa, como quien busca aprobación, nos hablaba de manera corrida. Él estaba ahí, en esa escuela, con ese uniforme, compelido a hablar en un inglés forzado, torpe y condescendiente para poder responder al deseo de padres sin deseo. Despatriados, aburguesados, erotizados por el status social, vieron en el formato de una privada de ascendencia inglesa el lecho de rosas y perfumes de bebé en el cual su hijo debería formarse para ser un ícono más en el inmortal american life style.

Mr. Martin fue el profesor que ingresaba al aula poseído por una indiferencia radical ante alumnos a los que repatriaba con nombres anglosajones. Como tomado por un goce ensimismado, sólo aceptaba las respuestas que esperaba oír y se dirigía al público sinEl Sr Martín | Ph: Guillermo Fournier hacerlo; le hablaba a un público que no éramos nosotros, negros hispanoparlantes. Hablaba a aquellos que estarían más allá de nosotros en un inglés perfecto, británico, de una prosodia juguetona con fonemas ideales. Él estaba ahí, en esa escuela, con ese uniforme, gozando de un inglés sin aporías que lo conectaba con ese más allá oceánico de modales europeos, de aséptica diplomacia, de tardes de té con bridge y con olor a todo lo que quiere ser alguien que todavía no es.

Matías Trepat despareció para hacer existir en su cuerpo a Mr. Martin. Y por momentos tuvo la impronta de un Nick Frost en Mr. Sloane. Con inflexiones en la voz, emocionalmente irascible, impuso el ritmo de principio a fin, introduciendo los cortes con arrebatos emocionales, gritos histriónicos y el constante recurso argumentativo en un inglés que lo ordenó, lo calmó y le permitió recuperar la postura de una supuesta superioridad moral y cultural.

Lucas imprimió un Martín que encarna lo más oscuro de la adolescencia. Tomado por el mandato familiar, se debate entre ser y no ser lo que se espera de él, a veces con la rebeldía estúpida de quien se aferra a los objetos interdictos, a veces con el pecho oprimido, la mirada vacía y el cuerpo tomado por lo más real de la angustia de tener que vivir bajo la mirada gozosa de los demás.

Y la obra se desarrolló entre actos que irrumpen en el sentido. Desde la imagen bizarra de los dos bailando el himno escolar hasta los constantes enfrentamientos dialécticos que se resumía, en última instancia, a miradas personalistas, la frialdad de la escena escolar se desmontaba por momentos brindando pequeños detalles de la prehistoria de los personajes. Y se torna evidente la particularidad de esta relación de odioenamoramiento. Martín conserva su nombre. Reniega de su presente, intentando tramar en él un origen de chacras, chorizos y chacareras. Y Mr. Martin intenta anular en Martín aquello que se le presenta desde lo familiar y que no deja de retornarle de manera perturbadora en los pucheros de un adolescente.

Pero la obra no profundiza en ninguno de los dos. Incluso en una de las escenas cruciales –Mr. Martin llorando, quebrado y el pupilo al margen, con una mirada que pierde la tierna rebeldía para sumirse El Sr Martín | Ph: Guillermo Fournieren la nada, en el vacío, en la falta de garantías– incluso ahí, en el fondo, sigue dando la sensación de que la obra no se trata de ellos, sino de lo que hay de ellos en cada uno de nosotros.

La determinación de un nombre propio, que es impropio y siempre impuesto; el legado de nuestros padres, determinándonos, dándonos un lugar en el mundo, alojándonos desde el amor y destruyéndonos desde lo más oscuro del deseo. La infancia de las insatisfacciones, sufrir porque nos dieron tan poco o demasiado. Lo que dijimos, lo que pensamos, aquello que nos apasionó y hoy desconocemos. El barrio del que venimos, la escuela a la que fuimos, la novia de la primaria. Lo que quisieron hacer, lo que hicieron, lo que elegimos. Todos nos hemos formado una versión de nuestro origen. Y es una versión que en algún punto nos atormenta. Pero siempre es mejor una buena ficción a la nada.

Contacto

El Señor Martín

Integrantes

Actúan: Lucas Bosio y Matías Trepat
Producción: Victoria Giangiordano
Dirección: Jorge De la Rosa
Autor: Gastón Cerana