Cuentos | Cabeza de medusa: La foto del anuario - Por Isabella Portilla | Ilustración: Franco Belnudo

El recorrido se empieza hacia atrás. La vigilia quedó sola en el inicio y aguarda el regreso del caminante, que atraviesa su pasado sin saberlo. Surca la genealogía que lo trajo hasta aquí con la inocencia del niño que explora por fuera del lenguaje. Los senderos, que al principio se bifurcan, mezclan su trazo hasta perderse en una misma composición, como un suspiro en el viento. 


El primero de izquierda a derecha es Esteban, uno de tus mejores amigos en el jardín de infantes, ¿te acuerdas? En ese entonces era un niño escuálido que lloraba sin consuelo cuando su mamá parecía abandonarlo cada mañana en la puerta del colegio.

Tú, sin entender, querías alentarlo y por eso lo invitabas a jugar, así que en medio de sus susurros fabricabas con él caballitos de plastilina y naves espaciales con paletas de helado capaces de darle la vuelta al mundo.

Éste de lentes grandes debió ser Ramiro. Cuando empezaste noveno tú me contabas que por más que quisiste ser su amigo, él optaba por pasar los recreos solo, en la biblioteca, leyendo a Camus. Una que otra vez lo vi, pero nunca me dirigió la palabra. Después del grado no supiste de él nunca más. Un día me encontré a su tía y me contó que se había ido del país a estudiar no sé qué carrera. Lo cierto es que a punto de graduarse, ató una soga a su cuello y se ahorcó.

La foto del anuario, de Franco Belnudo

Sé que es devastador. Puse la misma cara que tú cuando me lo contaron. Pero no quiero que te pongas triste. Más bien mírate, ahí, sentado entre Julián y Lucas. Tan sonrientes y cómplices. Tan jóvenes y gallardos los tres. Juntos iban cada tarde, después de clases, al colegio femenino y se trepaban en un paredón de tres metros para ver el tropel de jovencitas hermosas que se ejercitaban en ropas ceñidas. Como lo imponían las hormonas, se filtraban hasta llegar a las duchas y a través de las rendijas les espiaban sus cuerpos desnudos. Hoy lo digo con frescura, pero vaya dolores de cabeza los que me hiciste tener.

Como era de esperarse, Lucas se convirtió en ingeniero y terminó trabajando en la fábrica de su papá. Me dijo que pronto vendrá. Julián llega la próxima semana de Toulouse y por supuesto que te visitará. Recuerdo que lo primero que hacía cuando llegaba a la casa era agarrar el piano, improvisaba canciones y me hacía morir de la risa con una sudorosa imitación de Jacques Brel cantando Ne me quitte pas. Mira la foto de tu anuario. Fueron varios los amigos que hiciste en el colegio. Algunos ya se han ido, otros van y vuelven, otros siempre están ahí. Sus rostros están dentro de tus ojos. Sé que por ahora no puedes decirme nada, hijo mío, pero mañana te mostraré más recuerdos hasta que exista algo que te devuelva la memoria.

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