Lecturas | «La tierra de los mil caballos», de Gabby De Cicco - Por Cristian M

Encuentros, cuerpos y poesía, vínculos de palabras y de la materia sensible con que ellas se hacen, que ellas mismas hacen, como si se duplicaran o triplicaran o multiplicaran en infinitas. Una fuerza, de resistencia, de activación, ofensiva y defensiva, a un mismo tiempo. Así, una lectura que es una presentación, no de un libro, no de un evento, no de una amistad, sino de un compuesto, un conjunto que da y abre sentidos. Otra vez: encuentros, cuerpos y poesía, en definitivas, esos vínculos que necesitan de la palabra. 


* Texto leído durante la presentación del libro, el 8 de noviembre en el bar Pichangú.

A Gabby De Cicco la conocí primero como la profesora Gabriela De Cicco. Daba clases en Humanidades y en una consulta sobre Stendhal fue la primera vez que hablamos. Yo era, aún, un adolescente pueblerino recargado de prejuicios y, por supuesto, de parámetros inamovibles respecto de todo. Hasta creía, entonces, que la poesía podía definirse o clasificarse genéricamente o que había un forma para determinar qué era o no. Imaginen con el resto del mundo. La profesora Gabriela De Cicco de Letras, por entonces, era algo así como lo diferente, al punto de que ella me hizo saber que su nombre real era La Torta Dandy. Pero esa diferencia se sostenía, sobre todo, no sólo por su predisposición para oír al otro, sin imponer una lectura, complejizando o repreguntando, sino por un tono amoroso, tan distante de los pedantismos frívolos o arrogantes en los que la academia es bastante seguido –pero no siempre–. El amor del tono de Gabby me conquistó. Tanto que desde ese día, nos seguimos encontrando durante mucho tiempo en la Biblioteca, cuando ésta era un punto de amistosa reunión. Hablábamos, por supuesto, casi siempre de sexualidad y de literatura. La Torta Dandy era la única con la que en Letras uno se soltaba, podía hablar, sin escuchar las típicas apelaciones heterosexistas a la tolerancia o a la pacatería cool y buena onda de hacerse el/la gay friendly porque decís que sos puto, pero si escribís diciendo que lo sos, es como si automáticamente rompieras una ley para hablar sólo con y por lo que llamaban «el gheto» –o hacer pecaminosos estudios culturales o volverte unx de esxs feministas del género– y ahí, ni la cercanía gayfriendly de ese espacio te salvaba.  En ese mundo, la Torta dandy era aún Gabriela De Cicco. Pero en esos años, poco antes de dejarnos con la melancolía de su amor, supe que se hacía llamar Gabby De Cicco –con dos «b» largas e «y» griega, aclaraba. Gabriela, la Torta, Gabby. Toda una mutación onomástica. Un escape de nombres en trote. Y no sólo eso.

Ahora, mientras leo los versos finales de un poemazo que es lanzado a La tierra de los mil caballos y en los que oímos decir/cantar: «Yo soy eso otro que se te escapa, cada fucking día/ yo soy lo que te apela y contradice. Yo soy lo otro,/ lo inabarcable. Lo indecible./ Soy en mí lo que soy en vos/ que sos eso que no podés ni siquiera nombrar. / Yo soy la mentira, el fuego, el deseo,/ los elementos esparcidos por todos lados.», ahora, decía, después de esa resonancia, un mundo muta con la potencia de una intensidad y anuda y ata todos los cabos sueltos para soltar otros, como en una estampida de caballos, en una danza infernal y amorosa, violenta y calma en medio de la llanura de mi vida y en la de muchxs de nosotrxs, intuyo. Ser eso que se escapa, ¿acaso no es lo que ha hecho Gabriela De Cicco, la Torta Dandy,  luego Gabby De Cicco, o le monógame y luego poliamorose, y luego qué? ¿Y no es eso, acaso, lo que la poesía hace, eso que llamamos aún hoy poesía sin poder definirla ni clasificarla de una vez por todas, por más millones de definiciones particulares, singulares y contradictorias que existan sobre ella? La poesía escapa al género, como a sí misma, del mismo modo que los nombres de Gabby escapan al nombre único, certero, definitivo, genérico. Y así corren, desbocades, ambes, sí, Gabby De Cicco y la poesía, escapándose, cada fucking día, año, libro, sin bozal ni espuela que puedan con elles. Como en este poema y libro, que se escapa y recorta singularmente de todos sus libros anteriores.

La tierra de los mil caballos (Baltasara, 2016) no es meramente un homenaje a Patti (Horses -1975), aunque también lo sea, ni siquiera, pienso, una mera traducción o trasposición del tema  –aunque también del disco, como veremos– al poema de esa versión de los 70. Desborda esa operación que puede estar apenas en uno de los tantos orígenes posibles de su escritura. Se trata, en todo caso, de un nuevo escape, indecible, inabarcable, inclasificable. Uno que sale de Patti hacia Gabby. Y ahí, lésbicamente, ambas se tocan, se rozan, se encuentran. El libro es, en esta dirección, el testimonio de un encuentro amoroso. Al punto de que los poemas de Gabby repiten fraseos como si fueran notas, acordes, fragmentos de la gurú Smith que reponen ese ritmo quebrado, frenético, de todos los temas que componen el disco Horses de 1975, y no sólo el tema «Land»: Horses/Land of a Thousand Dances/La Mer (De). Cuando Patti canta: «Tower bells chime/ Ding Dong, they chime/ They’re singing/ “Jesus died for somebody’s sins/But not mine” Gloria, (G L O R I A)», Gabby escribe: «Gloria a dios, su nombre repetido. Gloria es mía, chicos» o, antes, respondiendo: «Dios ha muerto/ pero no el punk».

Es imposible no advertir los corrimientos de sentidos, al tiempo que los trotes que desplazan el ritmo de los poemas de Patti a la escritura de Gabby, a partir de cortes sintácticos y repeticiones, enumeraciones que van empalmando escritura y canto, haciéndolas tocarse y, de este modo, huir la una desde la otra.  Siempre le dije a Gabby, cuando leía estos poemas, poniéndolos a prueba en las innumerables ya, veces que leímos juntxs, que había en ellos una especie de reposición de la musicalidad del disco, los poemas hacían sonar afantasmado el disco, la música, sobre todo, de ese tema extensísimo casi en el cierre. Un frenesí de caballos al galope que, sin embargo, en algunos momentos descansaban para continuar su escape. Como son las cabalgatas en caballo que aquellos que pudimos hacerlas alguna vez, sabemos que suceden: entre lo calmo y la estampida. Ahí está el punto de encuentro, el umbral entre la escritura y la música, entre el recitado y el canto a partir del cual los poemas de La tierra de los mil caballos huyen del disco y tema de Patti Smith, porque «No hay que seguirte. Hay que olvidarte» como desea uno de los poemas de Gabby. En esa huida, esa música fantasmal se convierte en la de Gabby De Cicco, en su tono singular, intenso.

Pero una vez que Gabby huye desde Patti a partir de los umbrales entre música y escritura, poema y tema, Gabby huye de sí misma en esos caballos que habitan el espacio, la tierra. Porque no hay que olvidar que los caballos son imaginarios, tanto en Patti como en este libro. Es decir, entes fantasmales y fantasiosos que son y no son, que están y no están, que son exorcizados y al mismo tiempo convocados. Y entonces, a partir de esos caballos y de los espejos melancólicos en los que se trizan o reflejan, la fantasía como fuerza del deseo libera los fantasmas de De Cicco. Rimbaud, quizá, sea el fantasma común con Patti, aunque mucho más insistente en el libro, como si ahí se volviera un centro esencial, enorme, potente y que, por lo mismo, no sólo es una voz que se cita, sino que es el otro que se quiere ser, ser el Rimbaud de Patti o del pequeño Johnny, pero ser ese Rimbaud invocado y convocado, ser otro porque en todos los poemas orquestados en esos umbrales y dobleces fantasmales, j’est un autre. Al tiempo que a esa fantasía fantasmal donde trotan los caballos, Gabby hace aparecer nombres, dedicatorias afectivas y poéticas que escriben el libro junto a ella y con ella: Ivana Romero, Javier Gasparri, Ma Eugenia Martí, Joy Harjo, Gabo Ferro, Fede Rodríguez, Javier Roldán, Aldo Oliva, Bob Seger, la enigmática Victoria E., Steph Browne, Velvet Underground, Andi Nachon, Liliana Ruiz, Osvaldo Bossi, entre otrxs. Se trata, entonces, de una escritura coral, de y con los fantasmas que acompañan a De Cicco a través del espejo de la escritura donde corren mil caballos reflejados, trizados del tema de Patti Smith, a partir de los cuales De Cicco sale de sí misma hacia ellxs en un gesto de amor extendido en compañía de una troupe de fantasmas.

Y en esa huida nos tocan a nosotros, nos alteran, nos mutan en lo que no se puede nombrar, porque somos en ella, lo que hay de nosotros, parafraseando el poemazo con el que empezamos esta presentación. A tal punto los caballos nos llevan puestos que Gabby De Cicco me hizo oír punk, a Patti, abandonando mi pop latino, mis boleros y  mis cuartetos tan queridos. Pero si lo hizo, es porque ese libro, así de inmenso es, sin exageración, como la experiencia de uno de los mejores polvos de nuestras vidas, una vez que terminamos de leerlo: inolvidable. Y lo es porque los poemas son una tropa de caballos salvajes comandada por fantasmas, imaginarios y fantaseos que trotan en y desde la escritura sucesiva saturando y reconcentrando la atención en sus presencias inquietantes. Tanto que, durante estas semanas previas, éste que ahora lee su presentación, se encontraba en poemas de todos los tipos con tropas de caballos, con caballos saliendo de las tropas, con caballos: «Horse, horses, horse, horses», como si hubiera sido atrapado por ellos/el, esa/s pieza/s maquínica/s de la escritura, del deseo, tan intensa en el libro y tan mínima en su aparición en el tema de Patti. Pero de esos encuentros, el más significativo –o impactante– fue, sin dudas, el poema clásico de Baudelaire, «Mujeres condenadas», donde leí lo siguiente: «Mis besos son ligeros como esas falenas/ que acarician de noche grandes lagos transparentes,/ y los de tu amante hundirán huellas/como de carros o arados que lastiman;/pasarán por encima de ti como una pesada yunta/ de caballos o bueyes de cascos impiadosos». Porque dialogaba de un modo tan perfecto con esta Gabby que nos lleva puestos con sus caballos, que nos pasan por arriba impiadosos, a besos, a puro deseo, fuego y hasta mentira –no sólo la verdad o la sinceridad de moda y biempensante de la poesía actual: mentira y verdad juntas, inescindibles como en todo acto de lenguaje: «Yo soy la mentira, el fuego, el deseo,/ los elementos esparcidos por todos lados» dice en un momento; o  más adelante: «¿Miento? Digo la verdad/ ¿Verdad? Miento»–. Y, justo por eso, en los poemas trotan de modo ligero y con caricias, esparciéndonos en un mundo donde nos hacen ser no sólo nosotros, sino un poquito otrxs: fantasmas de una comunidad unida por el deseo que se quiebra en cada unx de nosotrxs a fuerza de puro galope, trizados por los espejos de la escritura donde se tocan dos mujeres en un acto de amor y no ya meramente poético.

De Cicco, Gabby: La tierra de los mil caballos. Baltasara Editora, Rosario: 2016.

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