Poesía | La vejez acaecida - Por Agustín Peanovich | Ilustración: Ignacio Ledesma

La vejez es, se hace y se piensa. La muerte que vendrá, que se alojará, que pasará como una visita triunfal, siempre victoriosa, que nunca cede ni da treguas. Puede ser demasiado temprano, o no. Los límites del devenir hacen lo imposible para posibilitarlo. Se piensa, y sucede. 


Parado en la ventana, pienso,
a la madrugada rodeo el parqué.
Pienso,
delante de mí una sombra
yace, piensa.
Parado, fumando un cigarro,
pienso
en el vino de Baudelaire.
Pienso,
la lengua latente,
jugosa de la suave vida,
la sombra aún gigante,
el pensamiento.
De caer en el vicio fácil,
pienso.
No me perturba lo que pienso.
En los licores y los hígados rancios,
la sombra más gigante,
el pensamiento más complejo,
más viejo.
Pienso,
en sentirme viejo,
el vicio, que fácil,
pienso,
en el estiércol del campo ajeno,
husmea, qué bello.
Delante de mí una sombra falta,
las estrellas y el pensamiento,
yacen en la misma vid.
De haberme pensado,
¡cuánto más viejo!
ya no pienso.
El vicio,
la lengua seca de haber sido empapada,
haber buscado,
pensando, por momentos,
ser eterno.
Pero ya no pienso.
Porque he ido
pensando
en el vicio, en los bajos lienzos,
que la vida no es más que eso,
el pensamiento.

***

Acá,
acá del otro lado lo veo.
Yace usted viejo y maltrecho,
piensa.
No sabe lo lindo que es estar muerto.
Lo espero,
no hay vino pero hay cielo.
No sabe,
no sabe lo lindo que es estar muerto.
Piénseme que lo pienso,
ambos,
usted vivo y yo muerto.
Pero qué viejo lo veo,
escancie vino del viejo,
lo espero.
El cielo es lindo
pero sabe
no hay ni orgasmo ni aposento.
Piense que era yo el que pensaba
en el vicio.
Anhelo por usted otro cigarrillo
y otro y otro.
Ya es la mañana
y estoy cansado de verlo muerto.
Venga, lo espero,
el cielo, ¡no sabe!, qué bello.

 

Oremos-juzguemos, por Ignacio Ledesma