Cuentos | Órganos - Por Jeremías Walter | Ilustra: Celeste Ciafarone

Hay una canción en un idioma que no conozco que me da ganas de escribir, me entran ganas de contar una historia, una historia que siento en la carne, como si estu­viera escrita hace un tiempo, como si me la hubieran con­tado antes de nacer, o fuera un papiro olvidado, podrido de espera, y mi objetivo en esta vida fuera redescubrirla, al menos la esencia, la savia, la leche materna de la histo­ria, como si esa vida previa que tenía, ese estado latente de vida, me diera el permiso, me soltara la mano, me alargara la correa para agregarle los detalles que me alimentaron en esta vida de más acá, el sabor, la vereda del barrio, como un gran pedazo de hielo que se empieza a derretir, y la historia era ese hielo, que después fue agua y ahora es vapor, vapor que no puedo condensar, y esa impotencia se vuelve angus­tia, se empieza a oxidar.

La transformo en angustia porque uno de mis uno me dice que tengo que trabajar la historia, vamos, que escribir no es un juego, de quién es esa canción, de dónde viene, y ahí lo veo a Vicente, la tarareaba Vicente tal vez, pero por qué cantaba en ese idioma, medio polaco, medio húngaro, medio gitano, tan extranjero de todos lados, y cuando voy llegando, cuando parece que engancho el anzuelo, viene ese otro uno, conduciendo en sombras y me dice que no, que no puedo trabajar la historia, no puede ser sufrida, tiene que salir, me digo, tiene que fluir, chorrear, gotear, llover, eyacular, y todo me trae al agua; ¿pero no dijimos que era carne?, músculo, tripa, órgano desnudo, crudo, entonces me planteo, me figuro, el encuentro entre la carne y el agua, y ese encuentro puede ser sudor, pero es sangre, así la historia es otra historia de la sangre que circula por arterias que son el recuerdo divino de la física, el capricho de la perfección, la porfía de la comunicación, alma desparramada, todas para uno, la multitud de gotas, de materia viva, y le pido al cuerpo, a los órganos, que me enseñen a ser uno, que me expliquen cómo me hacen día a día, quién o qué les dice que me vivan, que se aferren a mis cavidades, el por qué de su constancia, de su perseverar, de su ética laboral, qué los lleva a no dejarme una noche en el sueño más profundo, abandonar la matriz que les di, dicha en cópula, salir por los agujeros que no soy, el estómago escurrirse hacia arriba, arrastrando el esófago, hacerse embudo, convencer al hígado, trazar su camino de vuelta por la tráquea que se va deshaciendo como un envoltorio, como un tubo de dentífrico vejado, hasta salir todos por la boca, que deja de ser mía en ese instante, y así, cada órgano, encontrará su esfínter, el que le pertenezca por anatomía, o taxonomía, o sincera simpatía.

Ilustración: Celeste Ciafarone

Vicente caminaba con Pancho para todos lados hasta que las patas se le reventaban y se tiraba en la esquina de la cortada Noruega con toda la muda encima, hagan doce o treinta y seis grados. Unos decían que había venido de un pueblo de Córdoba, que se tuvo que mandar a mudar porque le metió un puntazo al patrón, otros que tuvo un berretín con la hija de un tal, muy menor. Yo no sabía ni lo que era un puntazo ni un berretín y me hice amigo de él porque su perro, que le ladraba a todos, a mí me seguía. A la mamá de los otros chicos no les gustaba que anduviéramos con Vicente, por esas cosas de que acababa de llegar y era un extraño, pero a mi mamá no le importaba, porque bastaba que hubiera un perro bien alimentado a su lado para que pasara a la mayor estima, y si bien no le hablaba, porque Vicente era cortés pero hosco como indio desconfiado, cada tanto le hacía llegar un sánguche de mortadela que el linyera tenía que aceptar por fuerza mayor.

La historia llega mintiendo, como no podría ser de otra forma, es un remolino de cosas que, tal vez, jamás existieron y la canción era de una película que entró por el hueco de mi pupila, por ese agujero negro, por ese no yo que me hace, eso que no soy pero que me vive, como puedo vivir en todos los aires que no soy, así les vuelvo a hablar a mis órganos, les digo que habiten otras frecuencias, en sueños, sin lengua, pero encantador y elocuente, sean otros, sean otro uno, habítenlo desde antes de ser rocío, háganle una oreja y díganle que ya fueron otro otro, que no es especial, y que más antes que después, lo van a abandonar, ensé­ñenle a llorar antes que a soñar y ya no podrá vivir sino siendo olvido. Pero vuelvan. Vuelvan para contarme la historia ya digerida.

La cascada del Saladillo: vuelven nuevos para hablarme de la última cascada del mundo, la que arrastra la mugre que los mares no toleran, la vergüenza del agua y la tozudez de un último round, Vicente, dijo mi viejo, de pibe, en el pueblo, había sido boxeador, y por eso tiembla al caminar, se habrá comido cada castañazo, si mirá lo flaco que es, pobre, un desnutrido, hijo, y vos no querés comer lo que sobró de ayer. En el Saladillo tuvo que boxear, una última vez, para rescatarlo al Pancho, porque resulta que unos hijos de puta lo estaban cagando a piedrazos y Vicente, con la tembla­dera a cuestas, me lo imagino, pobre, lo fue a rescatar, a las trompadas, lo que ligó, vos eras muy chico, pero ese día vino molido, era una berenjena de lo morado que andaba, alguno la debe haber ligado, porque boxear es como andar en bici, por más viejo choto que estés no te olvidás, y se vino con el Pancho y desde ahí tu vieja tiene dos comensales más y yo dos bocas más que alimentar. Mi viejo, la chusma del barrio, que renegaba pero al Vicente lo quería, tal vez porque era canalla, o se hizo, cuando le regaló la le coq, y se vino con el Pancho, se lo trajo del Saladillo, para redimir el olvido, para afirmar su voluntad de una última belleza, tortuosa, deforme, como esta historia que no recuerdo, cla­mando por piernas para dejar de arrastrarse, devolviendo el penúltimo corazón; y así la espanto, por fútil, con la mano, como moscas, todavía no me atrevo a aplastarla como a un mosquito, entonces vuelve más fuerte y me muestra sen­tado en la última piedra, gris, floja, tambaleándose indecisa entre el río y la tierra seca, estéril, despojo de vida, el llanto urbano, el paraíso del llano que hicimos para nosotros con la lata desteñida y la bolsa de pororó esperando ser vaciada por ustedes, criaturas divinas, ciegos de abundancia, observando, desde ahí, la última pelea, la batalla romántica con­tra la infamia.

Y ya no puedo dormir, y uno crece a fuerza de olvido, porque si no olvidás no crecés, y vivís siendo un capullito, hermoso pero inmaduro, le habrá pasado a Peter Pan, y el Capitán Garfio quería ayudarle a crecer, pero desde lejos parecen todos malos, y basta, que se vaya todo porque me satura, quiero descansar, y, ahora sí, trato de aplastarla como al mosquito, porque viene a mí como escapándole al Raid, el sobreviviente, la aplasto y tal vez muere, pero vuelve en forma de hermanos hambrientos y, me pregunto, por qué a las moscas las espantamos y a los mosquitos los matamos, descarto la velocidad, la velocidad nunca nos frenó, las moscas también son capricho de la creación por­que dios las hizo gordas y rápidas y al mosquito flaco y lento, y me rehúso, me repugna pensarnos tan miopes, de matar al mosquito porque nos come, nos chupa, nos seca para vivir, y espantar a la mosca porque viene a molestar, a estorbar, a divertirse a nuestra piel y siempre al mismo lugar. Me metí con la Hidra, con el viejo unodós, ultraviolencia, porque los órganos vuelven como hermanos, hermanos del muerto y por tanto no tienen nombre, no son viudas ni huérfanos, pero están preñados de historia: he sido todo lo que he tocado, me dicen, hermanos, y quieren para mí una historia de hermanos, de hermanos que se besan, que se besan como salvación, se besan sin sexo, se besan reden­tores, vos vacío, ella con su cara de día de muertos, la nariz que se sale del cuadro, esto no es una pipa, y el flequillo que te invita a olerla, toda, y te querés agarrar a la historia her­mana y cojerla, cojerse hermanados, furiosos, por el culo, hacerse mito, parir tradición, te querés agarrar, marcar la tierra tuerta, pero se va, la historia se va y de los hermanos sólo queda el halo.

Con el olvido, Vicente y yo dejamos de hablarnos. Ya ni Pancho me jugaba. Por primera vez en mi vida me dejan solo. Eso es Halo. Y no hay preguntas. No hay imágenes. Sólo hay olfato. Olfato y papilas para el silencio. Agujeros. Silencio carne, silencio tierra. Olfato para la lluvia, tacto hueco, gusto para el clima, verlo cambiar, pasarle la lengua tratando de encontrarme en el vapor, reconocerme en su humor cambiante, en el calor que vuelve, el clima agre­sivo, el clima guerrero que me muestra cómo muerde su escudo, mastica su carne, se arroja al mar, se ahoga en su propia rabia, vuelca espuma por la boca, digiere una vez y para siempre, es, no vuelve otro, masacra su descendencia, mutila a sus aliados y los llora en la madrugada, bebiendo, retardando el coito, negando el alma, entregando su espíritu, le pesa una gota de nada y por eso me escupe, comprendo, le pregunto con mi lengua si es un ente, de la palabra entierro, o si es polvo sin dios, cemento muerto, cicatriz de olvido, llaga de amante.

Ilustración: Celeste Ciafarone

Responde silencio. Silencio de carne, parto de tierra y llanto.

Hay una canción en un idioma que no conozco. Las moscas se fueron de mi lado y los mosquitos posan muertos, regando la tierra con mi sangre. Me odio, porque me han parido y ahora me quedé con nada: estoy seco. Macero mi piel, arranco mis vellos, a ver si sus raíces guardan la historia, la historia de la amniosis, la historia insectiva, la historia que mis órganos ajenos omiten, la historia que debí haber pedido, rogado, por la que debí haberme humi­llado, apurar el llanto antiséptico y hablar, dejar de mirar desde lejos, volver del todo a la esquina y ser uno con el perro que duerme sobre el linyera, su tesoro abierto, calentando, en el invierno más cruel, en el frío como arquetipo. Como vos. Quiero tirarle mi piel encima. Como aquella noche. Pero no encuentro sus ojos. Como no encontré los tuyos. Y me siento enfrente, en diagonal, atrás del cantero y observo tan desde adentro, tan desde el hígado, que me olvido de que ya no duele. Pero sigo drenando, filtro las miradas antes vecinas, crezco la hierba, remuevo baldosas allí donde hay vida, vida humana, muriendo de frío, len­tamente, al ritmo que mueren las ciudades, y yo, que de silencio sé tanto, canto, dentro de mi abrigo, una canción en un idioma que no conozco, suspiro, murmuro, le hablo a mi pulso, resisto el calambre en mi garganta y vuelvo cada noche, hasta que llegue a olvidarme, por gastarse quizás, de la enredadera que abriga la casa y nosotros que preferíamos sentir el frío, helarnos dos, uno, hasta que te dije que mueras vieja, pero después que yo; entonces te viste arrastrando mi cadáver y me dejaste morir y verte viva; y caminar muerto, dormir muerto, comer muerto, abrir la costilla, ver todo oscuro y no tener qué digerir, ni en qué ahogarse, ni por dónde sangrar, y volver. Volver cuántas noches. Olvidando. Ver al perro deshacerse, al fin, blanco, en sus pies, arrastrando, con su calor, frazadas, mugre y humanidad; órganos que se vuelven, extinguen el otro, borran el dos, para hacer uno y eso también es Halo: el silencio, el vapor, la lengua que los condensa, los idiomas y las historias que no podemos contar.


[Texto e ilustración publicados en nuestra novena revista]