Cuentos | Delitos comunes - Por Juan Cruz Catena | Ilustración: Agostina De Mileto

Entraba en un local de la Galería del Paseo. Dame un yin rut sesentiseis (en inglés mal pronunciado). La mina de atrás del mostrador se mordió el labio. La que me atendía sonrió simulando bastante bien el desagrado.

Me lo pruebo, me queda justo, me gusta igual, aunque me haga medio culón. Quién te dice. Me lo llevo. Ok, ¿con tarjeta o en efectivo? Efectivo. Entra un pillo corriendo, con una bolsa en la mano, agitado y con cara de aporía. Me mira, lo miro re asustado (daba). Él también me mira re asustado. No duda. Me tira la bolsa al pecho, y sale corriendo del local, de nuevo. Entra la cana, me ve con la bolsa en la mano, se me vienen encima. Me putean. Me recriminan haberme resistido durante tantas cuadras corriendo. Le digo que no, que yo no, que yo sólo quería un jean (ahora pronuncio mejor). No me oyen, me apuntan con dos 9mm en la cabeza, me pegan un par de ganchos en la boca del estómago. Vuelven a injuriarme por haberte resistido desde hace un par de cuadra atrá, puto seismesino. Sin aire y anonadado, me esposan.

Hablando de esposas, les pido a las dos minas que les expliquen la confusión. Ya no están, del susto parece que tuvieron afecciones coronarias, están las dos tiradas, pálidas, sin aire, a las bocanadas. No me quedan testigos, es la cana y yo; la arbitrariedad rati, la confusión y este pseudo in fraganti mancebo que apenas soy.

Cómo les explico a estos orangutanes uniformados que el pillo ya se fue, que yo no soy el que buscan, que esa bolsa no es mía, que no sé ni lo qué tiene, que si quieren llévensela, que mi debido proceso, nada, no hay tiempo ni interpelación alguna ya, tarde tarde tardísimo, una injusticia.

 

Caminá, mal nacido, me dan coscorrones, me mueven a las patadas, me agarran de la nuca y, con las manos atrás amarradas, me meten de cabeza al patrullero. Mientras voy en dirección a la 7° pienso en Gramsci, por ahí, quién te dice, Los cuadernos desde la cárcel, versión al español rioplatense… Y lo desperté, justo en medio de esta última cavilación compensatoria, lo tomé por asalto.

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