Cuentos | Síntesis cacofónica del 20 de mayo - Por Mariana Travacio | Ilustración: Agostina de Mileto

Un recinto cuadrangular, unas sillas, pocas, en auditorio, unas personas, mansas, de pie, y la cacofonía que se estrella entre esas paredes grises, a ratos celestes, refractarias, que repiten, que superponen, unas pocas voces graves, estridentes, que salen de la oficina vidriada como una pecera, para todos, que se mezclan, que conjugan: ¿su domicilio?, firma, aclaración, al pie, firma, al pie, ¿su domi­cilio?, constancia, al pie, firma, aclaración, ¿su domicilio?

Un silencio abrupto, unas miradas que se yerguen, atienden, se avivan, un vacío en la pecera, sin nadie, nada adentro; las personas mansas, dóciles, de pie, y un vigilante que balbucea: cambio de turno.

Unas personas mansas, de pie, se concentran en la pecera vacía: un minuto, cinco, siete, doce. Estertores imperceptibles, ínfimos, acomodan músculos, rígidos, sacuden rostros, impávidos, menean manos, duras, reposicionan, reaniman, relanzan. Una señora se asoma, en la pecera, desde la puerta del fondo, atisba, promete, se va. Viene otra, sobre todonegro, agua en mano, no mira, no registra, no ampara. Deposita el agua en donde no vemos. Desaparece. Aparece una tercera, sobretodo beige, agua en mano, la deposita, desaparece. Nadie en la pecera. Un minuto, cinco, siete, doce.

Aparece una vieja, la del sobretodo negro, sin sobretodo, no mira, dice: Constancias. Y aclara: Todas. Una marejada de manos, de piernas que se mueven, de cuerpos que se estiran: entregan las constancias, todas. La vieja desaparece de la pecera. Los cuerpos se aquietan solos, de pie. Nadie en la pecera.

Dos minutos, cinco, siete, quince, más. Otra vieja se asoma, la del sobretodo beige, sin sobre­todo, dice: Ya no hay orden, a como aparezcan iremos llamando. Y desaparece. Vacía la pecera frente a unas personas mansas, cansadas, de pie. Y se escucha, al rato, como agonía, unas pocas voces tristes, gastadas, que salen de la pecera, para todos, que se mezclan y conjugan: Rodríguez, ¿su domicilio?, al pie, firma, aclaración, Gutiérrez, ¿su domicilio?, al pie, firma, aclaración, Rubinstein, ¿su domicilio?, al pie, firma, aclaración, Gorosito, ¿su domicilio?, al pie, firma, aclaración.

Dos horas cuarenta y ocho minutos para salir del recinto cuadrangular: tengo mi documento, lo sostengo entre mis manos, incrédulo, en un sobre azul, de plástico, lo estrujo para no per­derlo, y cruje. Salgo del todo, respiro el frío polar del cielo azul de las doce. Camino, despa­cio, la vereda angosta, el piso sucio; salteo, con cuidado, atento, el escupitajo, ese perro, la deyección, el hombre, la señora, el apuro. Corro, porque recuerdo, de golpe, la hora. Acelero, no miro, me agito: piso todo, ya no importa. Piso mal, me doblo, me caigo, me lastimo, me levanto, me tambaleo, no puedo. No me ven, me pasan, de costado, del otro lado, me muevo un poco, me estudian, me preguntan, me levanto, me señalan el hospital: son cien metros, ¿usted puede?, ¿camina?, él puede, dejeló, ¿camina?, cuidado el auto, ¿no ve?, la bocina, son cien metros, ¿podrá?, dejeló, ¿camina?, él puede, ¿lo acompaño?, dejeló.

Me dejan, solo, y rengueo, al hospital.

Un recinto rectangular, unas sillas, en filas, en auditorio, tres puertas, al fondo, cerradas, nueve personas, sentadas, que esperan: y mi rodilla que gotea, apurada, y mi pantalón que absorbe, despacio, la mancha. Me siento en primera fila, de frente al televisor, a la cartelera, a las tres puertas, en el centro del recinto, entre paredes rectas, grises, a veces celestes, ajadas. Leo la cartelera, textual: No tire su hijo a la basura; dar en adopción es un acto de amor. Miro las fotos: un recién nacido, desnudo, bastante sucio, en el basural, una raya negra, gruesa, y otro recién nacido, al otro lado de la raya, arropado, lavado, en brazos de alguien que no se ve. El televisor escupe imágenes, como estertores inaudibles, que saltan, se mueven, parpadean, no dicen. Clavo la vista en las puertas: son tres, cerradas. Dos minutos, cinco, diez. Leo el cartel, por enésima vez. Veinte minutos, veinticinco, cuarenta. Son tres puertas, cerradas, y treinta personas, sentadas, mirándolas, acaso preguntándose si detrás de las puertas hay algo, o alguien. Una hora, un suspiro; la pierna rígida, el pantalón roto, pegado a la piel, y una mancha reseca, menos roja, más negra. Una hora y diez, y doce, y veinte: se abre la puerta del medio, y la de al lado y la tercera. Las puertas toman ritmo, se abren, se cierran, en vaivén; las personas se mueven, caminan, se van. Me llaman: me levanto, de a poco, arrastro la pierna, me atienden, me rompen el pantalón, me despiertan la sangre, que chorrea, me desinfectan, me cosen. Salgo a la calle, el pantalón rasgado, los mocasines cansados, golpeo el asfalto que refracta el sol de las dos. Rengueo, despacio, la vereda angosta, la baldosa rota, la señora de las compras, el señor del perro, evito el pozo, la raíz del árbol, el dolor; me agarro fuerte, de los mármoles, de lo que puedo, y miro el piso, porque un poco me avergüenza mi imagen, sin una pierna de mi pantalón, y esas manchas sobre mis mocasines nuevos, ahora gastados, de gamuza sucia. Llego, con esfuerzo, cien metros, a la farmacia.

Escondite | Autora: Agostina de Mileto

Un recinto cuadrangular, un mostrador, unas rejas blancas, tres mujeres arrugadas, caminan, se entreveran, se chocan, detrás del mostrador. Doce personas, amansadas, de pie, abriga­das, esperan, de este lado del mostrador: ¿obra social?, no cubrimos, siguiente, ¿la receta?, aguarde, siguiente, ¿obra social?, aguarde, ¿su carné?, está en falta, aguarde, el mes que viene, siguiente, ¿obra social?, no cubrimos, siguiente, aguarde. Un poco me atonto y espero, receta en mano, siguiente, me dan el calmante, el antibiótico, son noventa y seis pesos, con el des­cuento, cincuenta y ocho, pago, y salgo al frío, que se afianza, fuerte, a mi pierna desnuda, me congela, me despierta un poco, mientras camino, rengueando, a la parada del colectivo: son cien metros, ya falta menos. El treinta y nueve arremete, frena donde puede, la fila sube, obediente, de a uno, y entro yo, despacio; me agarro, subo la pierna, en dos tramos, rebusco las monedas y las tiro, de a una, en la máquina: corriéndose al fondo, mira el chofer, la masa, por el espejo; recibo el boleto, me corro al fondo, me ceden un asiento, un joven despierto, le agradezco, y rechazo la oferta, porque de todos modos, la pierna no dobla, está rígida, en vertical. Traquetea el camino, bambolea el pasaje, a conciencia, el chofer. Me bajo, son cien metros, para llegar a casa, solo, y reposar la pierna, con hielo.

Un colchón blando, unas sábanas desteñidas, una almohada anémica que le presto a mi pie, y mi cabeza queda huérfana, sobre el respaldo duro, de madera, que se recorta contra la pared que la humedad descascara. Los hielos se derriten, despacio, en la bolsa de goma, que me aplasta la herida, que sangra, pero me aplaca el dolor. Miro el techo que irradia, ahora, una incomodidad persistente, que quiero mitigar. El interruptor quedó lejos, me resigno, desde la cama. La luz se empecina, me enceguece, entorpece la sangre, que transita, como torrente, por el circuito venoso, que se inflama y quiere estallar. Me acuerdo, de repente, que no cobré la jubilación. Era el último día. Tendré que tramitar la supervivencia, mañana, o pasado. Y mi boca, hasta ahora muda, dispara contra el techo blanco una puteada enérgica que a nadie le llega pero que me calma como a un niño desnudo en el segundo ingrávido que vuelve imperceptible la luz que me encandila.

[Texto publicado en nuestra sexta revista de literatura y artes]


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