Crónicas | Un Focus Group del FIT - Por Ernesto David Sánchez

*Focus Group es una técnica de recolección de datos (de opinión). Se basa en reunir a un grupo determinado de personas y hacer un cuestionario grupal con un coordinador que cuida que la conversación no se desvíe del foco de interés.

¿Cómo se llega a un Focus Group?

Creo que es lunes. Salgo de la agencia y me tomo el colectivo intentando regular el volumen de la música del celular para que el único auricular que me queda sano no me deje sordo de una oreja. En eso veo el audio de un amigo que nunca me habla por celular:

– Le pasé tu número a esta, de la entrevista ¿viste? medio así de política, que te pagan por ir a charlar y a pedir opiniones. Buscan gente de 18 a 30 años que compartan ideas de izquierda.

Este amigo es una persona que votó a Osvaldo Miatello para concejal en 2011 porque le causaban gracia sus bigotes. Él y «política» son ideas muy lejanas entre sí, así que el mensaje me intriga.

– Te tiran 600 mangos para ir ahí una hora a preguntarte qué te parecen algunos políticos y algo más.

Listo. Me convenció.

La entrevista telefónica con la reclutadora (pongámosle Beatriz) fue más exigente:

– Estudio Comunicación Social, trabajo en publicidad y voté a Ciudad Futura – le resumí.
– Genial. Al momento del Focus, decí que estudiás y trabajás de otra cosa. No quieren gente que conozca cómo funciona un Focus Group.

¡Listoooo! Programamos fecha para el miércoles, le paso el contacto de tres amigues más para completar el cupo y dale que va.

El día del Focus

El lugar de la cita es una casona reformada. Todo está demasiado prolijo y sintético; parece un espacio que se alquila para eventos formales, a pesar de intentar mantener un estilo cuasi- hogareño.

Como cuatro de los participantes del Focus somos amigues, Beatriz nos pidió que finjamos no conocernos. Ya sabemos más o menos la lógica de un Focus Group porque todes atravesamos alguna formación en la facultad de Ciencia Política así que hacemos bromas, proponiendo que cada uno interprete a un personaje para ponerle pimienta a la cosa.

Coordinamos para llegar en distintos horarios y nos sentamos en puntas opuestas de la sala de espera. Uno de mis amigos («el uruguayo»), por las dudas vino con el mate bajo el brazo. Otro amigo se vistió con sus pantalones de tela más hippies y su camisola de Purmamarca. En contraste, mi amiga de Diseño vino con los labios pintados y maquillada. Creo que es la primera vez que la veo en persona con maquillaje.

Las otras participantes que llegan son todas mujeres: una parece recién salida de una oficina, con su camisa y pantalón de vestir. Otra, más joven, viste un remerón medio hindú de color ocre. Una rubia veinteañera, que parece salida de un afiche de Huevos Kinder, mira distraída su celular mientras la última participante llega agitada y con un retraso de 10 minutos. Da la impresión que recién sale del gimnasio.

La coordinadora cruza el hall con un repiqueteo decidido y prepotente en el sonido de sus tacones. Nos invita a pasar; al parecer, el resto de participantes no va a venir.

Empieza el Focus

Entramos a la sala. Paredes pulcras de blanco-oficina, parquet nuevo y una mesa con mantel blanco, galletitas de surtido y alguna variedad de bebida. En una de las paredes, un gigantesco espejo opaco que seguramente conecta con otra habitación en la que un equipo de analistas oculto entre las sombras va a tamizar la información que salga de nuestras bocas. Yo quiero fingir que soy decidido y proactivo así que no doy vueltas, entro primero, saludo a la coordinadora como si fuese lo más normal del mundo y empiezo a servirle jugo a todas las personas. Hacemos una breve presentación para identificarnos y la coordinadora inicia el cuestionario; para ese momento, creo que ya me comí como ocho galletitas.

Todavía no sabemos qué partido político (o institución) organiza el Focus Group. La coordinadora nos hace una breve introducción para que entremos en clima, nos explica que esto es simplemente para escuchar opiniones y que nuestros nombres no van a ser revelados. Nos invita a tomar lo que queramos del catering. «En otros países sirven whisky», bromea para romper el hielo, logra sacar alguna sonrisa tímida. Sin más rodeos, empieza a preguntarnos por las últimas elecciones. Parece muy interesada en comprobar que no hay votantes del kirchnerismo provincial en la sala; evidentemente, ese era un requisito al buscar participantes.

De arranque, nos pregunta cómo llevamos el día a día. No es muy difícil adivinar: problemas para llegar a fin de mes, impuestos impagables, gustos y salidas que se dejan de lado y, en varios casos, más de un trabajo para subsistir. A esto le acompaña la pregunta «¿Y eso cómo los hace sentir?», permitiendo que la conversación entre a un nivel hermoso de escuelita primaria, digna de cualquier entrevista de movilero de televisión argentina.

La siguiente pregunta es más jugosa: «¿Por qué piensan que estamos así?». Las respuestas de las otras participantes son puntos de vista muy sencillos; son personas que no tienen formación política y simplemente intentan sobrellevar el día a día. La verdad, me resulta mucho más interesante escucharlas que ponerme a hablar yo, así que abandono muy rápido mi personaje de extrovertido y me pongo más en rol de espectador que de participante.

Fotografía: Smith Collection/Getty Images

Al ver que las respuestas se limitan a sentimientos muy primarios, la coordinadora prefiere no ahondar más en las causas de la crisis y cambia rápidamente de foco de interés. Empieza a mostrarnos fotos de candidates de diferentes partidos para ver si les conocemos y saber qué opinamos sobre elles. Las únicas respuestas concisas fueron para Cristina Kirchner y Mauricio Macri, mostrando rechazo por el actual presidente y varias posturas ambiguas respecto a la ex mandataria. Con Scioli y López Molina hubo bastante reconocimiento respecto a quienes eran, pero no grandes opiniones sobre sus personalidades (más allá de las que expresaba mi grupo de amigues, que tienen una postura bastante clara sobre cada candidato). En general, hubo algunas dudas sobre Stolbizer y Boasso, por no estar seguros de conocerles o a sus propuestas. Juan Monteverde cosechó gran aceptación aunque Caren Tepp no fue una figura tan reconocida en la mesa. Del Frade fue el único que se llevó por consenso general el calificativo de «honesto». El resto de las fotos tuvieron apenas un 40% / 50% de reconocimiento, pasando por todos los colores políticos. Les candidates del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) quizás estuvieron por debajo de esas cifras, excepto Nicolás del Caño.

La coordinadora se mostró muy interesada en este aspecto y se centró en dos de las imágenes: una fotografía de Irene Gamboa y otra de Verónica Carrizo, ambas potenciales candidatas al concejo para el FIT. Casi no las conocíamos porque son cargos que todavía no estaban definidos ni tuvieron demasiada difusión, así que nos piden que opinemos sobre ellas únicamente por su apariencia. La gran mayoría coincide en que Gamboa tiene un aspecto más tranquilo y afable, mientras el aspecto de Carrizo da la impresión de alguien temperamental y agresivo, con su pelo corto y sus piercings en la cara.

Terminada la ronda, la coordinadora enciende una notebook para mostrarnos diferentes spots de difusión, todos del FIT. A estas alturas, ya no quedan dudas de quién está pagando este estudio. Después de ver hablar a ambas candidatas, las opiniones de la mesa cambian: casi unánimemente, Gamboa pasa de ser tranquila a ser algo sosa, mientras que Carrizo pasa de ser considerada agresiva a verse más decidida, con carácter y algo carismática. (Tal vez estos estudios afectaron las candidaturas porque, al día de hoy, Verónica Carrizo fue confirmada como la candidata para concejal). Sin embargo, más allá de las impresiones sobre la personalidad de las candidatas, había un sentimiento general de contradicción, al ser personas de clase media mirando una publicidad que supuestamente estaba dirigida a nosotres pero que en realidad parecía hablarle sólo a los sectores más carenciados.

Como broche del estudio, la charla se centró abiertamente en preguntarnos si conocíamos las propuestas del FIT y qué opinamos al respecto. Esta fue, seguramente, la parte más dura para la coordinadora y el equipo de sondeo oculto en las sombras porque nuestras opiniones fueron lapidarias en el peor de los sentidos: hablábamos de la importancia de sus banderas, decíamos coincidir con la dirección que tomaban sus propuestas, los reconocíamos como personas sinceras y honestas respecto a lo que intentaban lograr… y aún así no queríamos votarlos. «Perdón, pero hay un desfase entre los ideales y la forma de llevarlos a cabo. Nunca da la impresión que las propuestas sean aplicables. Ni siquiera que hayan contemplado aplicarlas de verdad». Y la coordinadora empezaba a exasperarse porque el resto de nuestras opiniones parecía describir a nuestro partido de cabecera pero, llegado el momento de los bifes, como mucho veíamos al FIT como un partido para sumar gente que haga ruido en la legislatura. «Alguien tiene que representar una postura más fuerte a favor de los trabajadores». Pero en el ejecutivo, nadie.

Después de varios intentos y viendo que la cosa no cambiaba, la coordinadora nos agradeció la participación y nos invitó a pasar por la recepción para cobrar. Ya en la calle y con los seiscientos pesos en mano empezamos a caminar comentando la experiencia hasta que, como un devenir natural, terminamos en una panadería-bar del macrocentro, charlando sobre política, comiendo pizza y tomando cerveza. El FIT invita.