Crónicas | Bienvenidos - Por Pablo Bigliardi

Cuando ingresé a la ESMA en el año 1984, con quince años recién cumplidos, no tenía ni idea de qué había pasado en semejante lugar. Eran las siete de la mañana, había mucha cantidad de aspirantes y había tenido un horrible viaje en tren desde Bahía Blanca. En Constitución nos subieron a unos colectivos de color verde y el ingreso a la escuela fue por un portón trasero que daba directo a oficinas grandes de techos altos en donde nos rapaban, tomaban datos o sacaban sangre mientras la realidad cambiaba segundo tras segundo. Buenos Aires tenía una multiplicidad de olores, ninguno era conocido y San Antonio Oeste o Saavedra, mis pueblos de origen, estaban demasiado lejos para salir corriendo, cosa que hicimos sin parar alrededor de la plaza de armas durante las primeras tres semanas. Apenas salimos de las oficinas, nos entregaron uniformes de fajina y la pasamos bailando, que significaba correr y saltar como ranas sin otro motivo que no fuera adoptar el sistema de la formación castrense a rajatabla. A mis compañeros los había conocido la noche anterior en la estación de Constitución y no los veía preocupados como yo que no quería saber nada con formar parte de la Armada Argentina cuya sigla es ARA. Tenían otra determinación, una especie de certeza por el futuro asegurado, iban a ser verdaderos ganchos o sea, vivir enganchados en la Armada con la solidez constante del sueldo fijo, la ropa y la comida.

Siempre me había costado hablar de la ESMA, nunca quise nombrarla por respeto, porque cuenta con un pasado horrendo o porque me quisieran culpar de algo que jamás había hecho. De la forma en que pasaron las situaciones más aberrantes, a mi situación ahí adentro no hay un punto de similitud. A mí no me torturaron, ni me mataron, pero no quería estar ahí, no me gustaba, no me sentía militar y la subordinación y el valor que tanto se pregonaba no era lo que yo buscaba, ni a lo que aspiraba. Pasé los últimos meses de 1988 internado en salud mental. Con mi rebeldía constante que aún conservo había empezado a cuestionar y eso en el estado castrense no era conveniente. Mis superiores habían optado por internarme hasta mi baja de la fuerza para evitar cualquier discusión. Y con eso no libré ninguna batalla contra nadie, ni fui héroe de guerras, ni salvé a otros, al contrario, traté de salvarme a mí mismo adentro y de recuperarme después de la baja.

En la ESMA nos dividieron en batallones, compañías, divisiones y especialidades, nos acomodaron en aulas de entre veinte y treinta alumnos. Me tocó cocinero por unos test escritos que se tomaban para medir nuestra capacidad intelectual. Pensando en que me echarían por rendir lo más mal posible que pude, me otorgaron la peor especialidad de la Armada, la que más trabajo daba y buena parte de los siguientes años los pasé sucio, manchado de aceite o con olor a cebolla.

En el aula se forjó la primera amistad naval que significaba nombrarnos por el apellido entre compañeros y no importarnos nada en absoluto del otro por sobre toda circunstancia. El estado de adolescencia nos permitió adaptarnos tan rápido que el acné desapareció para mostrarnos como flamantes adultos y a fin de año nos despedimos con promesas de volver a vernos. Yo sólo pensaba en llegar a San Antonio Oeste y no me interesaba en absoluto el posible encuentro. Los siguientes cuatro años adentro fui destinado a distintos «pases», el nombre que se le daba a las reparticiones a las que nos enviaban y me tocó un buque de nombre Cabo San Antonio como paradoja de aquel primer año. Nadie podía pasar más de dos años en un buque o base naval y pasé del Cabo San Antonio a la Santísima Trinidad o al POMA, abreviatura del portaaviones 25 de mayo. Tampoco hubo casualidad de cruzar a los camadas de la división, camada es una amistad naval, camarada es sólo un compañero de la fuerza que se encuentra en el rango de los suboficiales, no entre los oficiales que son de otra casta social. Serían los patricios de la vida civil. Había que nombrarlos señor por más que uno de ellos estuviera recién ingresado y nosotros contáramos más de treinta años de servicio. La diferencia era la secundaria terminada más un adiestramiento de cinco años en una escuela distinta a la ESMA. Sabíamos que los bailaban más que a cualquier otro rango de la ARA, abreviatura de la Armada.

Treinta años después recibí una llamada del Gordo Seta, un camada de la ESMA. Vinieron las preguntas frecuentes de qué fue de tu vida y, como había sucedido con otros camadas que fueron colimbas, me buscaron por la provincia de Río Negro y no había forma de que me hallaran hasta que las redes sociales hicieron lo suyo. Los encontré en el 2003 y por teléfono nos pusimos al día hasta que en el verano del 2018, nos encontramos con el Gringo Mena en Las Grutas. El abrazo duró minutos y varias lágrimas podrían haber aflorado pero los ex militares no muestran sus flaquezas emotivas y nos contuvimos como pudimos. Eso sí, hablamos mucho. En los pases buscaba a los colimbas para entablar amistades porque eran prácticamente civiles y las charlas con ellos distaban mucho de las que mantenía con mis camaradas. El Gringo había sido uno de los mentores que había insistido y mucho, para que yo me fuera de la Armada y eso era para mencionar en mi familia que se habían ido enterando por partes fragmentadas de mi pasado castrense. El Gringo terminaba de asentar todo aquello que había dado vueltas en un caldo frío que yo no quería colocar en la hornalla para evitar que se calentaran todas las verduras innecesarias.

El Gringo hacía la colimba entre los años 1987/88 y contaba con la seguridad de que algo bueno lo esperaba afuera, yo no tenía nada asegurado. Tenía miedo de irme porque mi cerebro bastante centrifugado de confusiones, no permitía aperturas de semejante tamaño y adentro era seguro, había ropa y comida como aseveraban en mi familia materna o como pregonaban en la ARA. Con la voz del Gringo, mi compañera se iba enterando de miles de anécdotas que jamás hubiera podido contarle. He visto a muchos llorando y vomitando todos sus asuntos en el hombro de sus compañeras, no es mi forma, no puedo hacerlo y va a ser difícil que lo haga.

Tenía la impresión de que a los camadas de la ESMA no los iría a encontrar jamás porque tampoco los había buscado. Fueron sólo una amistad naval. Pero el Gordo me decía que se había ido de baja en el mismo año que yo, cuando terminamos el contrato que habíamos firmado en la ESMA, que los otros camadas Genolet y Cardozo, también se habían ido salvo Sanfilippo y Quintana, quienes con el cargo de suboficiales todavía estaban de servicio en el edificio Libertador. Cuando corté con el Gordo me vino la caída desde la catarata más alta de todas las sensaciones de un año en el que se habían colmado todas y había empezado con el Gringo Mena. Continuó con una alineación jamás esperada en Saavedra, el pueblo que me vio nacer y con el que me reivindiqué para siempre luego de una infancia incontable de violencia familiar. Luego aparecieron los camadas de la ESMA y como postre con la frutilla incluida Rosario Central salió campeón después de veinte años de sequía de copas.

De pronto me encontraba hablando familiarmente con los camadas de la ESMA. Fue como encontrarme con tipos con los que había compartido una celda, era eso exacto, no había otra comparación tan certera que la ficción pudiera arreglar y las sonrisas rígidas entre nosotros nos delataba. El WhatsApp arregló el resto y los mensajes de voz en los primeros días eran imparables. Cuatro camadas vivían en Buenos Aires y Genolet se había quedado en Punta Alta, cerca de la base de Puerto Belgrano. Pregunté por algunos otros más que no pudieron encontrar y que el recuerdo los mantenía con sus caras flaquitas de aquellos quince años de adolescencia truncada. Llevaban el grupo de WhatsApp conformado desde hacía un buen tiempo y aparecía yo, el que para ellos siempre había sido civil, que había renegado del lugar y que de alguna forma les había contagiado algo de esa rebeldía. Y me sentía en familia como cuando me encontré con el Cabeza Aguirre y el Pela Salguero en Saavedra luego de treinta años sin vernos y parecía que hubieran pasado un par de días.

El reencuentro con el Cabeza y el Pela fue como si ese mismo día hubiéramos estado juntos desde temprano y no hubiera pasado el tiempo en que los busqué por todos los huecos del país desde que me fui de Saavedra a San Antonio Oeste, luego a la ESMA en Buenos Aires, luego a Punta Alta en la base de Puerto Belgrano hasta recalar en Rosario. Había encontrado a muchos tipos parecidos cuando ya ni me acordaba precisamente de cómo eran ellos y la imagen borrosa del recuerdo era localizada en unos cuantos conocidos. Y me encontré hablando con varios Gustavo Aguirre o Sergio Salguero que no eran el Cabeza o el Pela exactos, eran Gustavo y Sergio de nombre y de la misma confianza por aquel tono sincero que me trasladaba a casa. Porque ellos usan el tono universal de los pueblos que uno lo puede hallar pasándole el trapo al tóxico de las ciudades e ingresarlo al recuerdo poco a poco hasta que se llega a la confianza de las palabras en confidencia.

Fotografía: EspacioMemoria

El asado con los camadas de la ESMA se concretó en mayo de 2019. Fuimos con nuestras familias y los abrazos llenos de palmadas fueron largos. La casa de Quintana fue la elegida porque tenía patio y vivía en Pilar, ciudad que quedaba más cerca de Rosario para mi conveniencia de kilómetros. El anecdotario se hizo más extenso que con el Gringo Mena porque cada uno tenía que contar adónde había sido destinado como primera instancia, luego cómo continuaron nuestras vidas los que nos fuimos y cómo la de aquellos dos que se habían quedado adentro. Palabras que marcaron para siempre la distancia entre el adentro y el afuera como una división absoluta de la vida civil con la militar. También siguieron las otras palabras como sollado, diana, servicio activo, formación, rancho naval, alasca, retirada, jabonada, franco local, permiso de sueño o el famoso franco higiénico. Las risas de nuestros familiares hacia las palabras desconocidas nos entusiasmaban y las pronunciábamos acentuando en especial el franco higiénico en Alasca, un barrio periférico de servicios sexuales de casas bajas y pequeñas en Río Gallegos. El significado resumía fácil a las casitas o alasca para redondear.

Cuando me fui de la Armada tuve que informarme de lo que había pasado en el país y aprender a mirar al mundo desde distintos ángulos. Leer fue la primera consigna, dejar de ser marino la siguiente y ser amigo de mis amigos de la infancia la tercera opción liberadora. Desconocía del sistema de contar problemas y que los escucharan como si fueran propios. Entre los años 1990 y 1995, mi cerebro no paró de ingresar literatura, o historias de gobernantes y políticos, o la vida común en general, o del disfrute de la comida por ejemplo: la gente iba a los restaurantes, se juntaban en determinada casa para un asado o una buena mesa. Me enteré tarde de las muertes de Luca Prodan, Miguel Abuelo y Federico Moura. Tampoco sabía quién era Fidel Castro o Nelson Mandela. Asimilaba retazos de las noticias sin deducir una opinión concreta y temía que mi cerebro explotara en la infinita exigencia de arrojarme a un horizonte hacia el que iba corriendo desesperado mientras hacía cursos de peluquería y terminaba a duras penas la secundaria.

Hoy algunos familiares se quedan mirándome cuando freno bruscamente una charla porque de pronto se accionó un recuerdo de la ARA y por más que hayan pasado los años y tenga mi propia familia y haya logrado aquello que la sencillez humana sugiere desde los manuales, mis agónicas evocaciones me dejan en stand by cuando tengo un recuerdo difícil. No hubo un solo día en que haya detenido ese proceso y la música o los olores determinan mi estado de ánimo como una gimnasia que no pierde el ritmo. En los atardeceres de los veranos cuando estoy solo y mi familia pasa semanas enteras en el pueblo en el que nació María Emilia, mi compañera, suelo reaccionar con una agonía inexplicable que me lleva a cenar y revivir el rancho de las siete obligatorio en la ARA. Resumía merienda y cena de un solo saque como el famoso dicho de los dos pájaros matados de un tiro. Entonces mi silencio quieto inquieta a quienes me acompañan y las explicaciones de lo inexplicable no tienen retorno. Es cuestión de esperar un par de minutos suspendidos en el celular hasta que la pantalla se ilumine con los colores de la aplicación buscada. Y aunque nunca he sido solvente en las explicaciones aclarativas, se abre mi WhatsApp para continuar comunicándome con las líneas de diálogos obligatorios que una persona debe de tener para mostrarse lo más socialmente aceptable.