Cuentos | Isis en la ciudad - Por Federico Ferroggiaro | Ilustra: Gastón Barticevic

Consideró el gobierno municipal que no representaba un riesgo para la ciudad cederle a isis el control de la cortada Barón de Mauá. Una calle céntrica, sí, pero que no alcanza los cien metros, con escasa circulación de coches y de vecinos, pródiga en mendigos y borrachos; sucia, anacrónica, deslucida. Una calle que bien podría trasplantarse a un barrio, a Saladillo o La Tablada, sin que eso fuera en detrimento del coqueto paisaje del centro. Además, reflexionaron los miembros de la gestión, cuántos militantes podrían acomodarse en un traza tan estrecha y, encima, con pocos negocios: unos tres hoteles, otros tantos bares de higiene dudosa y el boliche donde se ven las carreras de burritos, que constituyen un bastión de la identidad local y sus clientes, estimaron, bien sabrán defender la cuadra de cualquier transformación abrupta o desatinada. A su vez, para evitar desbordes, que las cosas se confundan o se generen malos entendidos, apostarían una patrulla permanente de la Guardia Urbana Municipal que mantendría en sus límites a los futuros flamantes habitantes de la cortada.

De esta manera, al poco tiempo, y con el silencio anuente de los medios de comunicación, que estaban ocupados discutiendo el aumento del agua y de los taxis, desembarcó el primer contingente de combatientes de isis en Barón de Mauá. Más que desembarcar, bajaron de unos micros que la Subsecretaría de Cultura charteó para que el arribo fuera discreto y los comedidos pensaran que se trataba de turistas comunes y corrientes, nada más, aunque con capuchas y metralletas. Al principio, como no pasaban de la treintena, de hombres, claro, porque a las mujeres, que las tenían, es lógico, no las muestran mucho por cuestiones religiosas que escapan a mi conocimiento, todo venía tranquilo, sin problemas. Para acomodarse, se levantaron unas carpas tipo gazebo por la vereda del Fontanarrosa y le daban un aspecto a remake de esos célebres acampes en la Plaza de Mayo que empezaron allá por los noventa. Se los veía andar, en grupos de dos o de tres, subiendo y bajando la calle, charlando de cosas de ellos, vaya uno a saber, de camellos y de Alá, supongo, anhelando el desierto o el tronar de los obuses sobre sus cabezas.

Algún descuido o desatención de los guardianes de la gum –nadie sospechó que los corrompieran– permitió que los milicianos se filtraran en las inmediaciones y comenzaran a pulular por las cuadras aledañas. Al principio resultaba extemporáneo pero pintoresco eso de ver tanta ropa típica entre los jeans y los trajes de nuestra gente, como si una Feria de las Colectividades, ubicua y permanente, aunque homogénea, desfilara por los alrededores de peatonal San Martín. Considero que facilitó la aceptación popular, el acostumbramiento, que por entonces ellos fueran correctos e inofensivos, lo más discretos que podían, y que no interfirieran en el desenvolvimiento de la vida diaria.

Quizá la llegada de refuerzos, de otros grupos de milicianos, con la subsiguiente necesidad de mayor espacio y comodidades, provocó el primer desequilibrio. La toma de los hoteles no pareció trascendente, porque ya no tenían huéspedes y porque el municipio, de inmediato, anunció a los empresarios que se harían cargo de solventar los gastos de alojamiento, pero la instalación de trincheras que oficiaban como puestos de control de isis en la Sala Lavarden y en la escalera del Club Español, sí merecieron la desconfianza o resquemor de los más avispados. Un comisario, escoltado por la mano izquierda del Secretario de Seguridad, se arrimó a dialogar con los responsables de la guerrilla islámica. Aunque en su informe escribió que la reunión fue un éxito, al día siguiente se multiplicaron las barricadas y aparecieron las primeras camionetas, donadas por una empresa automotriz, patrullando las calles con una banda de combatientes apiñados en las partes traseras. Un efecto positivo, si se quiere, o un oportuno placebo, fue que se registró un importante descenso de la cantidad de delitos en el radio céntrico. Luego de la amputación sumaria de las extremidades del primer motochorro sorprendido en su tarea, los delincuentes comprendieron las dificultades de trabajar en dicha zona y solicitaron nuevos corredores liberados para poder seguir llevando el pan y los celulares de cada día a sus hogares. Para los vecinos, salvo algún que otro progresista recalcitrante, fue una bendición, un alivio, la implementación de un nuevo orden mundial. Gozosos, aprobaban el escarmiento aplicado al ladrón y, un tanto hipócritas, justificaban el exceso apelando a la ley del talión, subrayando que se trataba de las costumbres de ellos y que había que respetarlas, qué tanto, desde cuándo éramos tan intolerantes con la diversidad cultural.

Con las carpas, que ya formaban un campamento, los hoteles citados y los puestos de avanzada, fijos y móviles, algún opositor espabilado y alarmista podría haber denunciado la inacción de las autoridades o que isis se estaba adueñando de la ciudad y empezaba a imponer sus leyes. Sin embargo, por entonces se discutía la concesión de los bares de la costa y se habían detectado seis casos de dengue amazónico, por tanto, la atención se focalizaba en estas dos cuestiones sensibles, fundamentales. Sin embargo, algunas radios, desafiando el peligro de quedar fuera de la pauta oficial, levantaron las noticias de que tipos encapuchados y con uniformes militares andaban azotando a las pibas que se paseaban en minifalda o disolviendo las reuniones de muchachotes que se juntaban a fumar unos porritos, y se despertó de pronto un clima de incredulidad y desconcierto entre la audiencia. ¡Qué! ¿Eso estaban haciendo los muy desagradecidos? ¿Cómo? ¿Estaban molestando a la gente del centro? Algunos, se lanzaron a llamar y salir al aire diciendo que era absurdo, que en los barrios había colombianos y mexicanos trabajando como sicarios o en el comercio de estupefacientes, pero jamás los había molestado un turco… como Onur, agregaban las señoras que seguían la novela y confundían a los árabes con los turcos, a los sunitas con los chiítas y a los de isis con los galanes de la tele. Cosa comprensible, por cierto, porque el ojo occidental y cristiano usa un tamiz grueso con todo lo diferente. Pero, para refutarlos, también se multiplicaban las voces de los vecinos afectados denunciando que sí, que cómo no, que ya eran muchos los que habían sufrido algún altercado o tiquismiquis con los fanáticos islamitas de la cortada Barón de Mauá y las manzanas cercanas. A éste le habían arrancado la cadenita con el crucifijo, a aquel le habían dado un culatazo en las costillas por fisgonear a las mujeres de las carpas, a esa docente jubilada le habían cubierto la jeta maquillada con una burka que olía a sudor y a caspa. En fin, pequeñas tropelías comprensibles para un ejército ocioso. Que estos hechos tomaran estado público avivó las inteligencias de todo el espectro económicamente activo del ejido que, de inmediato, se abalanzó a buscar modos de aprovechar tanta mano de obra calificada.

Al poco tiempo, la gran mayoría de las fuerzas vivas de la región hallaron canales beneficiosos para interactuar con isis. Sindicalistas y políticos los contrataban como guardaespaldas o matones; los narcos y las pandillas les compraban armas y municiones; los empresarios los ponían a controlar el trabajo de sus obreros que, desde entonces, dejaron de haraganear y de silbar pibas pulposas por temor a las sanciones a base de latigazos y coranazos. Y los policías, claro, con la aprobación de los jueces, chochos de la vida, acordaron su porcentaje en el 20% de las utilidades. El conflicto, sin embargo, continuaba con los vecinos de a pie, esos parias que no se adaptaban a la convivencia, ni habían generado vínculos provechosos y, obstinados y quejosos, se consideraban víctimas de la rigidez y el extremismo de estos inmigrantes. Como si sus abuelos o bisabuelos no hubieran venido también de sitios lejanos del orbe y se hubieran construido un destino en tierras ajenas y hostiles. Y, ahora, le negaban la oportunidad a estos hombres y mujeres que, huyendo de la opresión de una dictadura y del flagelo de la guerra civil, gracias a la generosidad del municipio y sus funcionarios, se establecían en este vergel de libertad, bicisendas y colectivos con aire acondicionado.

Ese egoísmo intrínseco de los contribuyentes, y sus persistentes protestas en las cartas de lectores, encendió una luz de preocupación en el palacio de gobierno. Las personas que se quejaban eran votos y muchos, porque se sabe que en el centro o casco urbano proliferan los edificios y allí viven casi todos adultos documentados y con gran conciencia ciudadana, al punto de que cerca del 80% de ellos concurre a sufragar hasta si deben hacerlo cinco veces seguidas en el mismo año. Menudo peligro de cara a las elecciones que, aunque no se quiera, siempre falta un día menos para que se celebren, en un clima de fiesta de la democracia. Fue un Secretario lúcido, uno de esos que cada tanto justifica su sueldo y tener a sus hermanos, cuñados, primos, tíos, suegros, sobrinos e hijos en la planta de empleados de la Municipalidad, quien descubrió la solución que traería calma a la agitación reinante. La idea no era original, pero ya se sabe que en este mundo todo está inventado y la clave es aplicar la máxima que reza: si no puedes con ellos, cámbialos de lugar.

Entonces, como ya se había practicado con las casas de citas y los locales de sustancias prohibidas, se negoció con los líderes de isis para ofrecerles un asentamiento más acorde a sus necesidades y al crecimiento demográfico de su pueblo porque, ya lo habrán visto en las películas, los guerrilleros árabes son siempre un enjambre. Accedieron. Hubo que darles subsidios, materiales de construcción, pases libres para el transporte y la promesa de erigir una mezquita en el predio donde alguna vez se proyectó levantar el Puerto de la Música. Así partieron hacia allá, rumbo a Uriburu al fondo, bien en la periferia donde los problemas pueden reproducirse sin generar tanto alboroto, notas en el diario y comentarios negativos en Internet. Para allá fueron, en sus camionetas y en otras que les regalaron los amigos de la Peatonal y la cámara de comercio, componiendo una jubilosa caravana, soltando en los semáforos algunas ráfagas de AK47 al aire para celebrar la mudanza. Nada riesgoso, a no confundirse, porque dos patrulleros los iban controlando para garantizar la seguridad de la población que respiraba aliviada. Y allá se establecieron, mezclados con la barriada, dispuestos a luchar por el dominio, búnker por búnker, esos abnegados milicianos de isis. O insertándose en ese nuevo escenario, dialogando con el proletariado, interactuando con ellos, colaborando en la guerra por la supervivencia de los desamparados. Se comenta que allá, también, cada tanto lapidan a alguna adúltera o azotan a un gay que los escandaliza, pero esos hechos pierden impacto porque es como si sucedieran en las antípodas, en Oms, en Amán o en Las Flores, lejos de Barón de Mauá. Sí, de esa maravillosa cortada donde ahora el municipio invertirá veinte millones para lustrarle las baldosas y podar los árboles. Una puesta en valor, así le dicen nuestros funcionarios, que pagaremos dichosos porque la ciudad es de todos y la queremos.

Haber resuelto este asunto de isis, francamente, para mí, le garantiza la rererererereelección al partido gobernante. Y creo que está bien, me parece justo, porque ya sabemos que los peronistas andan siempre metidos en cosas turbias y el resto de los partidos, ja, qué tanto, son una bola de inútiles y no tienen aparato ni gente preparada para afrontar los problemas que preocupan a los ciudadanos, como el tema del Dakar y éste de isis que, macana, podría haber terminado en una fatalidad, si uno se pone a pensar.


Texto e ilustración publicados en nuestra quinta revista

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