Crónicas | Gioconda: viaje al interior de una mirada - Por Ignacio Pola

Una obra de teatro no convencional que sumerge al espectador en el museo del Louvre a través de la proyección, en múltiples pantallas, de imágenes que exhiben tanto sus esculturas y cuadros, como la incansable presencia del público. La guía de esta visita virtual es una mujer locuaz y ciclotímica. Sus palabras, que acometen la descripción de las obras que se van presentando, se combinan con su ceguera dejando al espectador a la intemperie del sentido, carente de modelos para interpretar lo que acontece.

Lo que garpa es la ceguera’.

Así como no hay relación sexual tampoco existe vínculo no mediatizado con la obra de arte. Una mujer ciega, haciendo las veces de guía en un particular museo del Louvre, nos lo reafirma. Ni composición, ni paleta de colores, ni geometrías ocultas: nada. Puro texto (se puede leer sin ver). Es la abigarrada parafernalia textual, aquello que rodea a la obra en sí —que, ya lo sabemos, no existe—, lo que determina de antemano nuestra relación con ella. Pobre el que se empape de todo aquello: habrá caído en la trampa. Su contemplación será análoga a la resolución de un crucigrama. Procuremos comunicar esto en términos similares a los de los contextos que transitamos: arte pictórico, arte contemporáneo —dos categorías, catalejos para (no) ver. El artista mexicano Jorge Méndez Blake presentó, hace poco más de una década, una obra que circuló vastamente por redes sociales. Consistía en un muro de ladrillos que en su centro sufre una deformación hacia arriba, producto de la presencia de un libro en la base, que atenta contra toda la estructura: «el impacto de un libro» la rebautizaron los usuarios. Ahora bien, la obra —aún inexistente— que ilustraría lo que decimos sería inversa: un extenso y prolijo muro de libros deformado por la presencia de un solo ladrillo en su base. El ladrillo es ahora la contundencia, el hueso, nuestra preciada obra de arte. Es la Gioconda soportando el peso de millares de textos que, se nos dice —y conviene creer—, refieren a ella. Otra: la Gioconda apenas reconocible a causa de un denso cúmulo de texto sobreimpreso, los ríos de tinta vertidos en su honor, al fin, sustituyéndola.

¿Cómo puede una ciega convencernos de que su aprehensión de una pintura es mayor que la nuestra? ¿Cómo nos induce la certeza de que ve más allá que nosotros? A través de la exhibición de una densa erudición. Enmarcando esa obra en un discurso universal que le depara lugares tan precisos como arbitrarios en la historia —humana, del arte, de la perspectiva, del autor, etc.—, colocándola al abrigo de nuestra precaria alternativa secular de sentido.

Gioconda: viaje al interior de una mirada | Por Ignacio Pola

Virtualidades.

Un museo —se nos dice— es también su público. Ese actor que, idéntico en su perpetua mutación, se amontona contra los cuadros y esculturas más famosas. Se detiene unos instantes e inspira, anhelando se introduzca dentro suyo el hálito artístico. Entonces percibe… realiza su laboriosa apertura a los influjos del arte y, por su mediación, pretende arrebatarse hasta las lágrimas por el peso de la cultura (occidental, letrada, europea, culta…). Claro que mayormente no lo logra: «¿Esto era la tan magnífica Gioconda?» «A esa escultura le faltan los brazos».

Es lógico. Su presencia en el centro de la cultura universal es sólo corpórea. No está acompañada por el necesario conocimiento de La Tradición: sigue siendo un outsider. Pero la ilustre institución y la tecnología ofrecen ciertos paliativos. El guía del museo brinda el paratexto preciso, la información mínima y necesaria para aprehender el inextricable cuadro. Se para, siempre de espaldas a él, y habla, metaforizando la negación de la obra a través de las palabras. Blande sus delicias repetitivas: algunas interpretaciones accesibles, un par de fechas, una curiosidad en la biografía del artista… Coloca en todo el público un mismo antifaz y reina en la oscuridad.

La variante más moderna es la voz abstracta de la sabiduría, traducida a veinte idiomas, que se introduce como un parásito por el auricular. Pero hay alguien que no la escucha. Los niños corretean por allí y hallan más interesante una columna al lado del cuadro o los ojos de un visitante chino: el arte es un estado del alma.

Condenados todos estos artificios a la insuficiencia, emergen en la obra de arte sus otros usos, que desplazan su valor estético. Su poderoso aura puede ser capturado, como una radio evidencia la existencia de ondas invisibles. El público interpone, entre él y la obra, su cámara. Dispara: el aura deviene, de algún modo, etérea sustancia de prestigio, oscuro alimento de esnobismo. Ejercicio apto para todo público que facilita, al menos, un modo de aprehensión. La distancia entre nosotros que, desde la fatal periferia del mundo, observamos ese museo digital y los que, con orgullo, peregrinaron a la meca se deshace. Somos iguales en nuestra lejanía.

Gioconda: viaje al interior de una mirada | Por Ignacio Pola

Cuando al fin se nos reveló —innecesariamente— la Gioconda a los excéntricos espectadores, quise, yo también, cumplimentar el ritual. Fotografié el célebre cuadro a través del fino cristal que lo protege y que, a su vez, me estaba siendo dado por la proyección maquinal de otra captura pretérita. Agregué una instancia más al juego de cajas chinas del que participan indistintamente palabras y fotografías.

Mi celular me indicó, luego, que el miércoles había estado en París. ¿Acaso mentía?

***

Benjamin aniquiló bellamente el «Angelus Novus» de Paul Klee para todo habitante de la cultura. ¿Cómo no ver en aquellos trazos, con la misma certeza que a la mujer de la Gioconda, la catástrofe del tiempo histórico, el huracán enredado en las alas del ángel?

Hasta aquí esta sucesión de insolencias, este minucioso desdén por millares de debates y textos acerca de la estética, el teatro, el museo, la performance… Un efímero dique de contención forjado de negligencia erudita, de supina ignorancia, que permite, por unos instantes, decir, antes que el río implacable se abra paso y reclame la palabra: cuando las turbias aguas de la historia hablan, los hombres callan.



Ficha Técnica:

Con: Rocío Muñoz Vergara
Video: Cindi Beltramone
Sonido: Axel Wainschtein
Vestuario: Lorena Fenoglio
Operación técnica y artística en vivo: Sebastián Villar Rojas y Cindi Beltramone
Dirección: Sebastián Villar Rojas