Cuentos | La Comehombres - Por Rubén leva | Collage: Agostina Bertolotti

Lo vi desde lejos, yo me encontraba a más o menos a media cuadra de distancia cuando él ya atravesaba la puerta del shopping. Vos adelantate, le dije a Gaby que llevaba de la mano a Sofía, las alcanzo en un momento, acabo de ver a un viejo amigo y quiero saludarlo. No te demores, Juan, dijo ella, sabés que a Sofi le gusta que estés presente cuando elige zapatillas. Sí, ya sé, dije, enseguida voy, o mejor espérenme en el bar de la librería, le comprás una chocolatada a Sofi y, mientras tanto, podés entretenerte un rato hojeando algún libro. Yo ya voy, dame unos minutos, por favor. Ella se alejó caminando junto a nuestra hija. Sofía se dio vuelta para saludarme agitando la mano, respondí al saludo con una sonrisa y un beso volador y me dirigí al shopping apurando el paso.

Mario Beltrame, «el Mario», quién hubiera dicho que volvería a encontrarlo. ¿Te acordás, Mario? ¿Te acordás de aquellas noches de verano cuando nos sentábamos en el cordón de la vereda dejando colgar las piernas desde el borde de la cuneta que, por ese entonces, era bastante profunda porque todavía no habían pavimentado la calle? Sí, esa cuneta, la misma que cuando éramos chicos y llovía usábamos para jugar carreras o batallas con barcos de papel o maderitas a las que hacíamos oficiar de barcazas de desembarco como las de Normandía, ¿te acordás? Mirá si habremos tenido días «D» en esos tiempos de la infancia, Mario. Pero ahora estoy pensando en otro día «D» ¿sabés?, porque hubo uno muy importante cuando apenas estábamos entrando a la adolescencia, el más importante, te acordás, ¿no es cierto? ¿Cuántos años teníamos entonces? catorce, el Tito, quince yo y vos dieciséis, tal vez un poco más, pero no llegabas a diecisiete, seguro, éramos muy pibes para la época ¿no? De ése día «D», me gustaría hablarte, Mario.

Entré al shopping y eché una ojeada al Mc. Donalds que está en el ingreso inundando con su olor a papas fritas y grasa la vereda, un llamador infalible para los adolescentes de hoy en día, pero no para nosotros que ya dejamos atrás esa edad y esos entusiasmos para encontrarnos con nuestros pares, así que suponía que a Mario no iba a encontrarlo ahí, pero quién sabe, a lo mejor tenía hijos y venía a buscarlos, eso era posible. Pero no estaba. Qué habrá sido de su vida, tantos años, más de treinta, ya. Después de aquella noche no volví a verlo. Recuerdo que estábamos con el Tito discutiendo sobre cómo tendría que formar la defensa de Boca que venía perdiendo seguido en ese campeonato y llegó el Mario, caminaba sobrador y seguro de sí mismo, con esa desenvoltura arrogante que a mí siempre me recordaba la pinta feroz y despectiva de los gallos de riña que criaba su padre. Traía un pucho muy bien escondido en el puño cerrado de su mano derecha, sólo el humito que salía por el agujero que quedaba entre el pulgar y el índice hubiera podido delatarlo pero, para advertirlo, habría que haber sido un observador muy atento, y de ésos no abundaban en un barrio donde todos estaban muy ocupados atendiendo a sus propios asuntos, sobre todo a aquellos que hacen a la supervivencia diaria. Dame una seca, Mario, le dije no bien se sentó a mi lado. Te va a hacer mal, pibe, dijo. Dale, Mario, si no me llevás más que un año ¿te hacés el jovato, ahora?, miralo al hombre adulto, Tito. Año y medio, pibe, dijo, año y medio, luego sonrió, agachó la cabeza y dio una larga pitada, siempre cuidando que el cigarrillo siguiera escondido dentro del puño para que no se viera la brasa que se avivaba con la chupada pasando del rojo pálido al rojo brillante, después bajó el brazo, le quitó la ceniza con un tincazo canchero del dedo medio y me lo alcanzó deslizando su mano por debajo del muslo, yo lo tomé con la misma técnica que le había viso usar y aspiré con fuerza, al instante empecé a toser. Él largó la carcajada y el Tito lo acompañó con ganas. De qué te reís, Tito, dije, mientras me secaba las lágrimas que me había provocado el ahogo con el dorso de la mano, si vos nunca probaste, pendejo, yo hace como tres semanas que fumo, agregué para zanjar del todo la cuestión con el argumento de la experiencia, esto fue un descuido, nada más. Qué pendejo ni pendejo, no es porque yo sea el más chico que no me animo, vos sabés el porqué, te creés que estoy loco, si me ve mi abuelo me mata, dijo él. El Tito había perdido a sus padres en un accidente de tránsito y vivía con su abuelo viudo que era policía y se emborrachaba cada vez que estaba de franco. Ese viejo choto lo castigaba con un rebenque de cuero trenzado a la menor desobediencia, o sin desobediencia. Los dos son unos pendejos, terció el Mario. Vamos, Mario, dejá de joder. Desde cuándo tenés patente de piola, vos, dije yo. Desde hace unos días, contestó. Ah, sí y quién te la dio, si se puede saber, dijo el Tito. Me la di yo solo, no esperarás que te muestre un certificado firmado por el intendente, me imagino. Además estoy seguro de que ustedes saben por qué ¿Porque qué es lo que nos falta para ser unos pibes piolas, eh? bueno a mí ahora nada, dijo, pero a ustedes ¿qué les falta, eh? Los dos lo miramos expectantes, imaginamos lo que iba a decir porque ése era el tema de conversación de los últimos tiempos, un tema inevitable, de esos a la vez siniestros y dulzones, de esos que te atrapan, que te angustian, de esos que aluden a un hecho cuya concreción anhelás, pero, al mismo tiempo, querés evitar o postergar indefinidamente. Dio otra larga chupada al cigarrillo, como haciendo suspenso, luego tiró el pucho a la cuneta, la brasa siseó al contacto con el charquito de agua que quedaba de la última lluvia al tiempo que él lanzaba al aire el humo en un sonoro chorro triunfal, ambos sonidos se confundieron casi como pidiendo silencio ante la revelación con la que el Mario se aprestaba a arrancarnos de la despreciable inocencia infantil en que vivíamos sumergidos y que provocaría nuestra envidia y admiración.

En mi búsqueda subí por la escalera mecánica al primer piso y comencé a recorrerlo. Son muchos negocios. Cuál de ellos podría resultarle atractivo al Mario que yo conocía, la librería seguro que no, la disquería tal vez, ahí también venden televisores y juegos electrónicos, eso podría ser. Entré y busqué con atención recorriendo los pasillos a cuyos lados se elevaban como paredes desiguales unas estanterías de metal donde se alineaba, de un modo para mí caótico, toda la parafernalia tecnológica de última generación que hacía señas al incauto con su pompa de colores y luces titilantes, pero tampoco estaba ahí ¿El patio de comidas? Quizás. Pero tampoco. Nunca había sido muy amante del mundo gastronómico, el Mario, como los gallos, creo que se nutría con alimento balanceado, por eso estaba siempre flaco y fibroso aunque, a diferencia de ellos, jamás hacía ningún tipo de ejercicio. Cierto es que con el tiempo podría haber cambiado pero, la verdad, es que no podía imaginármelo entregado a un ataque de gula. Revisé todo el piso, hasta el negocio de ropa deportiva aunque la última vez que jugó al fútbol, el Mario, debe haber sido aquella vez que me pidió prestada la camiseta de Boca que nunca me devolvió, eso, esa falta de destreza y entusiasmo por el deporte era lo que llamaba la atención. Cómo lograba mantener esa figura esbelta y musculosa. El Tito, que era petiso y bastante gordito manifestaba siempre su admiración y envidia, él se la pasaba peloteando en el baldío junto con todos los pibes del barrio mientras el Mario comía mandarinas detrás del arco ¿Cómo hace este hijo de puta? Decía, el Tito. Pero la verdad es que el Mario siempre fue un perro para el fútbol y para cualquier otro deporte ¿qué iba a estar haciendo en un negocio de ropa deportiva? No lo vi por ningún lado, así que decidí volver a la planta baja. Antes pasé por el cine pero descarté que hubiera entrado, daban una de Bergman.

Estuve con una mina, dijo, así, de sopetón, ¡No! ¿te desvirgaste? dijo el Tito. Bueno, desvirgarme, no sé, vos sabés que yo ya había estado con mi prima. Dejate de joder, Mario, eso fue cuando tenías ocho años, jugaste al doctor como hacíamos todos con nuestra prima o alguna vecinita, no me vas a decir que te desvirgaste ahí, dije yo. No, bueno, está bien, sí, fue la primera vez con una mina de verdad. Y quién es la mina, pregunté. La mujer del Cholo, el verdulero ¿Qué? ¿El Cholo está casado? preguntó el Tito. No, Tito, hace poco trajo una mina. Vive con él pero creo que no es la esposa, para mí que la hace trabajar pero él la presenta como su mujer. A mí me avivó el Américo, viste, el mecánico de motos que vive al lado de mi casa. Él me consiguió la cita. Che, Mario, me dijo, ¿Querés debutar? Y cómo no, dije yo. Hace tiempo que veníamos hablando de eso, él me contaba de su primera vez, viste, a él un tío lo llevó a un quilombo en Rosario, pero yo no tengo tío, así que… Tengo la mina, me dijo, se llama Estela, la que vive con el Cholo. Estás loco, le dije, el Cholo me mata. Tranquilo, la mina labura, me dijo. Le dicen la comehombres ¿te animás?

Happy Hour | Por Agostina Bertolotti

En la planta baja volví a revisar todos los negocios, uno por uno. No estaba. Para colmo me encontré con Julián, otro amigo de la primaria, una hora me estuvo hablando de los problemas del negocio inmobiliario, que para qué me metí en eso, decía, y me colmaba la paciencia con todos sus etcéteras y sus quejas, qué tipo imbancable, vos sí que tenés la vaca atada, me dijo, cómo la pegaste con la farmacia, Juan. Ése sí que es flor de negocio. Si no te compran se mueren, elegí: la plata o la parca, je. Para colmo con el tema del sida te debés cansar de vender forros, jajaja. Te acordás cuando éramos pibes el quilombo que hacíamos para conseguir uno. Yo le afané uno a mi viejo y lo probé esa misma noche en el baño. Me hice una higiénica ¿te acordás que le decíamos así? una paja higiénica, qué pendejos guachos. Sí, Julián me acuerdo, cómo no me voy a acordar. Y hablando de forros, pensé mientras despedía apresuradamente a Julián con la excusa de que Gaby me estaba esperando en la vereda, hay que conseguir forros, recuerdo que dijo el Mario, porque ustedes quieren venir ¿no? Venir a dónde, dije yo. A verla a la Estela, la comehombres, a desvirgarse ¿o tenés miedo? ¿Miedo? ¡Cómo miedo! ¿Estás en pedo? Si es lo que más quiero. Además, alguna vez hay que empezar ¿no? Y a vos te fue bien ¿Bien? Ni te imaginás lo que es eso. Yo no sé, dijo el Tito, si me agarra mi abuelo. Mirá, para el jueves a la noche yo puedo arreglar una cita, mi viejo tiene que llevar unos gallos a Venado Tuerto y mi vieja lo va a acompañar, así que decídanse, dijo el Mario. El jueves mi abuelo tiene guardia, podría ser. Yo no tengo problemas, dije, mi vieja, que se había separado de mi viejo hacía unos meses, se había pasado los días llorando y tirada en la cama durante un tiempo, pero ahora, que había conseguido novio, estaba siempre alegre y de fiesta. Casi nunca paraba en casa, el tipo le llevaba toda su atención y su tiempo, a mí ni bola. Creo que no se daba cuenta si yo estaba o no estaba, si iba a la escuela o no iba, si comía o no comía, si dormía o no dormía. Démosle para adelante, dije. Bueno, hecho, dijo el Mario, yo consigo los forros, por eso no se hagan problemas, se los pido al Américo ¿Ustedes saben por dónde vive el Cholo? Cerca de la ruta, dije. Sí hay que cruzar la ruta ¡cuidado con eso! Ojos bien abiertos, no quiero volver con un muerto, eh. Yo la esperé en una esquina donde hay una casa abandonada, es fácil entrar, ahí ella tiró un colchón en el piso ¿Un colchón en el piso?, dijo el Tito. Y qué querés, cama de agua y aire acondicionado, dale, no seas maricón, lo desafió el Mario. Eso, el Mario tiene razón, hay que empezar, dije yo, mirá si después sin darte cuenta te hacés puto. Un poco de julepe me da, Mario, para qué te lo voy a negar, agregué tratando de ser sincero, pero capaz que si uno se demora mucho le entra el gustito por los machos. Tenés razón, Juan, y esta es la edad justa. Vos, Tito, remató el Mario, agradecé que podés empezar tan temprano, ojalá me hubiera pasado a mí.

Dejamos las bicicletas apoyadas en la pared y nos sentamos en el umbral de la puerta que está en la ochava de la casa, umbral alto, listo para soportar inundaciones cada vez que al arroyo le daba por desbordar. Era una casa de paredes de ladrillo sin revocar, en los huequitos entre ladrillo y ladrillo, donde la argamasa se había ido cayendo producto de las lluvias y el paso del tiempo, proliferaban los nidos de araña, yo los miraba y pensaba lo lindo que estaba para meterles unos petardos de los gordos. Para año nuevo, que era la época en que me daban unos pesos para comprar algo de pirotecnia, buscaba ese tipo de paredes y me entretenía con eso, le tenía una bronca a las arañas… y aunque no les hubiera tenido bronca, igual me resultaba muy divertido hacerles la guerra mientras fantaseaba que estaba combatiendo con los nazis. Pasaba el tiempo y la Estela no aparecía, nos pusimos a hablar de fantasmas y de aparecidos. Decían que la llorona había vuelto a salir por el lado del parquecito Argentino. El Tito temblaba de miedo de sólo pensar en encontrarse con ella, se acordaba de una vez que el abuelo le contó que lo había perseguido la luz mala y otra el hombre sin cabeza, pero yo no le creía nada, ese viejo se divertía asustando a los pibes, ya me había tocado escucharlo contando esas macanas y, por algunas noches, había perdido el sueño. Había pasado más de una hora y la Estela no llegaba ¿Y si nos vamos?, dije yo, me parece que ya no va a venir. De pronto de entre las sombras de los plátanos de la vereda apareció el Cholo, traía un palo grueso como un garrote en la mano ¿Qué hacen ustedes acá, pendejos? ¿No estarán esperando a la Estela ¿no? El susto y la sorpresa fue terrible, sin decir palabra el Tito y yo nos montamos a las bicicletas como si fuéramos expertos jinetes de una película de cowboy y salimos rajando, pero casi llegando a la ruta mi bici patinó en el barro de la banquina y caí sobre el asfalto. El colectivo alcanzó a frenar apenas a unos centímetros de mi cabeza. El Cholo tiró el garrote a un costado y vino corriendo a mi lado. Qué hiciste, pibe, decía mientras me ayudaba a levantarme, mirá cómo te pusiste, estás todo embarrado. Despacito, no tengas miedo, vení conmigo, dijo. El colectivero al ver que estaba bien siguió su camino. El Tito escapó a los santos pedos, me dijo después que se pasó como una hora rezando y llorando ante la estatua de la virgen que está en la plaza frente a la iglesia. Del Mario no supe más nada. El Cholo me llevó hasta la casa, me hizo lavar la cara y las rodillas que tenía lastimadas y sucias. Tranquilo, pibe, no te voy a hacer nada, era una joda del Mario, él me convenció, es un guacho este Mario, qué pendejo atorrante, jejeje, reía aspirando la carcajada, como con vergüenza pero también con deleite. Pero vos, me dijo muy serio mientras me señalaba con el índice, mejor que aprendas a andar bien en bicicleta, no seas pelotudo, así te vas a matar.

No pasó ni una semana hasta que mi vieja hizo las valijas y me trajo con ella y su novio a vivir a Rosario. Todavía estoy acá, y la verdad es que me fue muy bien, siempre hay algo que agradecerle a la madre ¿no? Al Mario no había vuelto a verlo hasta hoy.

Salí del shopping por la calle paralela a la que había entrado. Fue pisar la vereda y ver, a una cuadra, a un tipo que me pareció que era el Mario subiendo a un Mercedes, corrí con todas mis fuerzas, corrí al borde del calambre, corrí como no corría desde mis tiempos de puntero derecho en la sexta de Defensores de Alumni, pero cuando me estaba acercando y ya le gritaba, Mario, Mario, hijo de puta, esperá, puso primera y aceleró perdiéndose el tránsito.

 Junio 2019-