Cuentos | La nube - Por Marcelo Britos | Foto: Ariel Hermann

►‖ Me imaginé que ibas a comunicarte. Puedo decirte que estoy bien, por ahora, pero bastante aterrado. Con respecto a tu pregunta, es imposible saber cuándo va a llegar. Nadie sabe cómo ni a qué velocidad se mueve. Lo único que sabemos con certeza es que vino derecho para acá. Por lo que escuché, hace más o menos una hora, estaba llegando a Santa Fe. Pero no te fíes ni saques cuentas, a veces hace giros inesperados y vuelve al curso de antes, como un cardumen lento. Lo seguro es que va de sur a norte. Y si hace una pequeña variación hacia el oeste o se agranda en el camino, es posible que llegue Tucumán. Dios quiera que no.

►‖ Acá llegó a la mañana, bien temprano. Al principio, por la radio y por la tele, hablaban del tema como si fuese una curiosidad. Mostraban cómo iba invadiendo las calles, tragándose los edificios como si fuera la ola del tsunami de Tailandia o Japón, que vimos tantas veces en ese video. Ya al mediodía, cuando ya todos éramos conscientes del daño que podía llegar a hacer, cuando ya no era una de esas noticias como para que el movilero mirara a la cámara como un imbécil, sonriendo y haciendo comentarios graciosos, todo cambió. Las caras cambiaron, la música que ponen de fondo, también cambió. Ahí también empezaron a aparecer los videos caseros y las fotos que la gente había sacado con los celulares, mostrando la espesura blanca como una pared en medio de la calle, como si alguien hubiera bajado un telón entre veredas para no ver más a sus vecinos, para partir a la ciudad en dos. Pero hay una foto Caro, una en particular, que es impresionante. La sacaron desde la terraza de una de las torres Dolphins, unas colmenas de departamentos para millonarios que tienen hasta piscina y gimnasio. Están en el norte, sobre el río. Son las más altas de la ciudad y están rodeadas de una zona de pocos edificios, entonces desde ahí se pueden ver todos los puntos cardinales. En ese video puede distinguirse bien lo que te digo de la ola, devorando edificios y antenas, un muro que en la parte de abajo se adelanta como la espuma, la barba de una locomotora, y a medida que crece hacia el cielo se hace más espesa. Buscala por internet y mirala. Yo no te la puedo mandar, algo pasa acá con las señales, se hacen débiles o directamente no existen. En algunas zonas ni siquiera hay luz.

►‖ Los canales de Buenos Aires se quedaron con esa primera impresión, seguro vos los estás viendo. Es probable que no sepan qué está pasando ahora, que no hayan podido comunicarse más con las autoridades o con los corresponsales de acá, porque si supieran, no estarían diciendo las estupideces que dicen. Supongo que salvo nosotros, los demás deben creer lo que ven en la pantalla, sólo imágenes espectaculares de esas montañas de algodón móviles, esa oveja gigante que camina torpe entre las manzanas. Los canales y las radios locales ya no transmiten. Y los de allá, como te decía, insisten con la foto esa y hablan de un fenómeno extraño. Nada más que eso. Que hay algunos heridos, que hubo choques en la autopista por la niebla. Pero no es niebla. Si la vieran de cerca, no repetirían eso. Cuando escucho lo de la niebla es imposible que no me venga a la cabeza el cuento de Stephen King. O la película. ¿Te acordás? Esa cosa de la que salen monstruos con tentáculos y arañas gigantes. Creo que era por un experimento militar. La escena en la que un tentáculo se lleva a un tipo por debajo de la cortina metálica es desesperante. Acá no hay monstruos. Sí hay tipos a los que los agarró con el auto en la calle y se metieron en cualquier lado por miedo. Como el que mató a la mujer por subirse a la vereda para cuidar la chapa del granizo, en la tormenta del dos mil seis. Supongo que varios de los accidentes de hoy han sido por eso.

►‖ Esa tormenta fue tremenda. Ese día fui a buscar una nota a la facultad, después de la pedrada, y había gente caminando, agarrándose la cabeza, con sangre en la cara y en los hombros, como en los documentales de las ciudades bombardeadas. Y nunca falta un pelotudo que después de ver eso te dice que a nosotros nos hace falta vivir una guerra, como los europeos. Tocar fondo, así dicen. Uno de los periodistas porteños recordaba esa tormenta. Y la nevada del setenta y tres. Pero no es posible compararlo, aun cuando esto no fuera lo terrible que es. Aquella nevada fue algo que se celebró, algo que ha quedado como un hito, una parte nuestra. Yo he retenido cosas muy parciales de ese día; tenía tres años. En una película de Gustavo se ven imágenes, en blanco y negro. Los autos tapados de nieve, los cordones blancos. Tengo en la cabeza la imagen de algo suave cayendo en el patio de casa, mis viejos y mis abuelos felices, saliendo de las habitaciones. Quién te dice que no sea un invento y yo ya me lo creo como si fuera un recuerdo.

►‖ Lo importante, y grabatelo bien en la cabeza, es que estén en grupos cuando llegue. La diferencia entre sobrevivir o no, depende de eso. Si esto los agarra solos en la calle, las posibilidades de que no te pase nada son cada vez más nulas. Si no te atropella alguien, o si no te roban o te matan, es por suerte. Una vez que te cubrió ya no es posible volver, por la sencilla razón de que no se puede ver por dónde ir. Ni aunque estés a dos cuadras, es imposible.

►‖ Las víctimas empezaron a llegar temprano a la guardia. Eran los accidentados de la autopista, la mayoría de gravedad. De las primeras oleadas llegaron cincuenta; cuarenta y dos ya están en el subsuelo. Después los de la ciudad: fracturas, contusiones por caídas. Ninguno de esos está en el subsuelo, por ahora. Hay tres que están graves. Un atropellado, con pérdida de masa encefálica, un infartado que está casi irrecuperable y un nene que se cayó por las escaleras del anfiteatro. Nadie sabe qué carajo hacía ahí a las ocho de la mañana. Supongo que los que viven en la calle son los que están más jodidos. Están siempre solos, a merced de cualquier cosa.

Foto: Ariel Hermann

►‖ Cuando la nube llegó de golpe ya no se pudo ver nada. Si salís a la calle y estirás el brazo, ya no te ves los dedos. Es así de gruesa. No es vapor ni humo, si la mirás bien de cerca es como si fuera un rocío, un mantra minúsculo que no moja, pero que de tan denso y pesado, permanece quieto. Pero a la vez, se mueve. Aun cuando no hay viento. A la tarde, a eso de las tres o las cuatro, se levantó viento del sur y todos creímos que iba a pasar, que se iba a mover para las islas, como todas las tormentas. Pero no fue así, el viento atravesaba la nube, como si no fuera materia. Es todo tan extraño. En los corredores de aire, a campo abierto, parece avanzar con velocidad, pero entre cemento se va filtrando entre las paredes y ahí se queda, como si nos buscara. La gente se pierde. Muchos han caído al río. Antes que las comunicaciones empezaran a tener problemas, la gente de Pueblo Esther y Arroyo Seco llamaba a los canales diciendo que veían vehículos flotando en la correntada, muchos autos, bicicletas, camiones e incluso algunos cuerpos.

►‖ Se acaba de cortar la luz también acá. Arrancaron los generadores de emergencia, pero el tema es que cuando se queden sin combustible, no vamos a poder ir a buscar más para cargarlos. Las ambulancias ya no pueden circular, no podemos salir a buscar heridos, que deben estar tirados por ahí. Con suerte podés cruzarte con alguno y tratar de atenderlo, si sabés cómo. Los últimos que llegaron fueron preocupantes. Ahora en la guardia hay una mujer que trajeron en coma. La recogieron en Córdoba y Laprida, pleno centro. No sabemos cuánto tiempo estuvo ahí, pero si sacás la cuenta no pudo haber sido más de tres horas. Sin embargo ya tiene parte del cuerpo mordisqueado, como si la hubieran agarrado los perros o algún otro bicho; están enloquecidos desde que llegó la nube. Tiene los dedos y los muslos despedazados. Antes de eso llegó un viejo, un hombre de unos setenta años. El cuerpo era un solo moretón, Caro. Tenía fracturas en los miembros, en varias partes, pero lo curioso es que lo encontraron tendido en un parque, rodeado de árboles. Por ahí es imposible que haya pasado un auto. Estaba como si lo hubieran pateado entre muchos o pisoteado. No creo que pase de esta noche.

►‖ Nube es una palabra hermosa como para usarla en estas cosas. Estar por las nubes, ya sabés a lo que me refiero. O ese juego infantil de encontrar formas en los contornos. Uno encuentra lo que quiere ver. Se pueden forzar las formas de las nubes, a nivel consciente si es preciso. Basta que a uno le gusten los contornos de los continentes, los dibujos de animales, las olas de los mares, las caras. Creo que con todo pasa lo mismo. Uno ve lo que quiere ver. El odio te hace ver lo suficiente para poder odiar. El odio te hace creer incluso en lo que no existe, en lo que no se ve. Pero esta nube no tiene ninguna forma. Salvo que alguien haya podido sacar una foto aérea, ahora debe verse un manchón blanco en medio de la provincia, una sombra, como debe verse el tumor en una radiografía. Quizá sea forma de mano o de pelota desinflada.

►‖ Hace un rato uno de los enfermeros tuvo una idea excelente. Había dos ambulancias en el estacionamiento y llevamos una a la puerta del hospital. Para ir a buscarla nos agarramos de una soga atada a una de las columnas de adentro. Y encendimos la sirena. No se puede ver, pero se oye. Y los que andan por la zona saben que por ahí está el hospital. Y se pueden acercar. Al principio nos daba un poco de impresión, con esto que parece humo y la sirena, como si fuera un ataque aéreo, como te dije antes. Pero ya se fue acercando gente y pudimos asistirla. Una de las cosas que no sabíamos es que te seca la garganta. La gente que viene está desesperada por la sed. Suponemos que cuando están agitados, caminando de acá para allá, buscando una salida, ese vapor les entra por las vías respiratorias. Son cada vez más los que llegan con hambre también. Hace muchas horas que vagan por la calle, quizá desde la mañana. Ya está oscureciendo. Los relojes funcionan todavía, sólo por eso lo sé. Porque si fuera por ver el exterior, no se nota nada. Ni luz ni oscuridad. Sólo la nube con su brillo opaco, su blanco plomizo.

►‖ La última novedad es que llegan más heridos por mordeduras. Son perros, definitivamente. Es increíble la cantidad de animales que puede haber en una ciudad, nunca habíamos pensado en eso. Hay millones. Imaginate si viviéramos al lado de un monte o de un bosque. Hubo algún ataque de gato, pero muy aislado. Supongo que el gato, al ser un bicho solitario, territorial, sólo ataca al que se le acerca. Pero los perros se mueven en jaurías. Y cuando se te vienen encima lo hacen con una saña inusual. No quiero contarte los detalles porque son escalofriantes. A esta hora la gente que está perdida en la calle, si sigue viva, tiene que cuidarse no ya tanto de los autos, sino de los perros. Y de las otras jaurías también. Las humanas. Salen en grupo a saquear. Creo que es la desesperación. No se trata de salir y buscar un supermercado. No sabés ni a donde estás yendo. No sabés con qué te vas a cruzar. Supongo que los que viven en espacios en donde hay más de dos o tres personas, se organizan para salir a buscar víveres como sea.

►‖ No sé cuánto hace del último audio que te mandé. Tampoco sé si este va a llegar. Tengo la batería casi muerta, así que voy a tratar de ser prolijo y sintético en lo que te cuente. En lo posible, porque ha pasado mucho. Nos quedamos sin gaza, sin antibióticos y sin suero. Estamos cortando sábanas para hacer vendas y cualquier cosa que tenga alcohol para desinfectar las heridas. El subsuelo del hospital, donde funcionaban algunos departamentos y la morgue, ahora es morgue completa. Y te juro Caro que la gente llegó viva, nadie trajo cuerpos, no tenía sentido traerlos y era casi imposible hacerlo, con lo que pesan y con lo difícil que es avanzar por la calle. Los que están en esa morgue han muerto acá, y son miles. Es una verdadera tragedia. Hemos tenido que tapiar algunas ventanas y reforzar las puertas, porque los perros huelen los cuerpos y quieren entrar. No sé hasta dónde saben ustedes en Tucumán lo que está pasando. No tenemos idea, estamos desconectados del mundo. Hemos oído helicópteros y muchos vehículos circulando juntos, suponemos que de gendarmería, porque con esos ruidos aparatosos, también se oyen tiros. Ráfagas de armas largas y estallidos. ¿A qué le tiran? Al ruido. A lo único que le pueden tirar, porque lo demás no se ve. Te imaginarás que tuvimos que apagar las sirenas. Ya no podemos atraer más a nadie, aunque ya no teníamos mucho para asistirlos, al menos les podíamos dar agua. Quedan muchos por cuidar, algunos con poca esperanza de que sobrevivan, pero hay que hacer lo posible. Mientras tanto, con algunas enfermeras y un par de colegas, vamos a hacer un último intento. Sabemos que no se puede ver nada estando dentro de la nube, pero nunca pudimos comprobar, salvo por esas fotos de la mañana, cuán alta es. El hospital está en medio de otros edificios, vamos a llegar hasta la terraza con la esperanza de comprobar que estamos más altos que esa mierda. Si es así, podemos, con suerte, cruzar a otros edificios y buscar comida, medicamentos, abrigo y lo que haga falta. De los laberintos se sale desde arriba. Siempre me pareció una porquería esa frase, porque es una incitación a la trampa. Además, ¿cómo carajo salís por arriba de un laberinto? ¿Trepándote a qué? En fin, en este caso parece que el dicho encaja. Ojalá esto no haya llegado hasta donde estás vos. Y si tenés la suerte de confirmar que va en camino, no te olvides de lo que te dije: júntense en grupos, en los hospitales sería lo ideal, con alimentos y medicamentos suficientes. La morgue que tenemos acá abajo se llenó con gente que estaba sola.