Ensayos | La democracia de lxs niñxs mierda - Por María Antonela Pierotti

I

Escribir este texto es ya una irreverencia, soy una niña mierda nacida con la muerte del ismo del comunismo. Si a esto se suma el haber corrido la carrera de ciencia política, se entenderá al final de este intento de reflexión por qué enfrentarme con Los espantos. Estética y postdictadura, de Silvia Schwarzböck fue por lo menos, inquietante y perturbador. Y es que no podría ser de otro modo cuando encontramos un pasaje que hace referencia a la ciencia política como disciplina que se nutre de las ciencias duras para dar forma a un Pueblo estudiado en términos numéricos bajo las técnicas del marketing. Nada de medias tintas con la autora, docente de Estética en la UBA, quien cree que a la postdictadura, el período iniciado en 1984, por pertenecer al género de terror, hay que entrarle a través de la estética.

Schwarzböck toma la metáfora de los espantos de un diálogo que se establece entre Vero y Lala, dos personajes de la película La mujer sin cabeza, de Lucrecia Martel. La postdictadura estaría marcada por su presencia, expresada como una imagen borrosa, imprecisa, pero sin embargo presente como trasfondo, representada por la imagen que se proyecta en la TV desde un VHS, de un casamientos que la protagonista rememora junto a su tía. Y de un niño en segundo plano, específicamente el hijo de la empleada doméstica, de ascendencia en los pueblos originarios, cuyas características hacen recordar, sabemos lxs espectadorxs, al joven que probablemente atropelló Vero. Y digo probablemente porque la mujer no se detuvo a socorrer a su víctima luego de sentir el golpe en su auto.

Pienso en la imagen de la ruta, en su contexto, el noroeste argentino, y recuerdo otra película, contemporánea también, pero en ésta, a diferencia de la anterior, los protagonistas desatan su furia salvaje a partir de una concatenación de hechos que los lleva a cada uno a buscar la muerte del otro. En este relato no se trata de hombres sin cabeza, incapaces de sensibilizarse ante el dolor, hombres cuyas cabezas despegadas del cuerpo ruedan de manera monocorde, son hombres conscientes, uno podríamos decir, un hombre de negocios, el otro, un trabajador, ambos expresando un instinto destructivo indomable: el ¿fracaso? del proyecto civilizatorio manifestado no en medio de una ciudad cosmopolita sino a los bordes de un puente que hoy en día no puede ser cruzado por sus condiciones de abandono. Lo reemplaza una ruta alternativa, signo del progreso.

24 de marzo | 40 años | Fotografía Eva Wendel y Brenda Galinac

Para quienes nacimos después de 1984 resulta más perturbadora aún su lectura pues nos plantea este período como aquel en que es imposible pensar una vida de izquierda, en otras palabras, la vida de derecha como única vida pensable. Más aún, vida vivida sin ese título dado que no hay un antónimo que oponerle. Somos lxs niñxs mierda de Lux Lindner y Mariángeles Fernández Rajoy dice la autora para describir nuestro lugar asignado en la postdictadura, el lugar de quienes sólo somos capaces de asociar la vida de izquierda a la vida aniquilada en los centros de concentración. Somos lxs que mientras se torturaba tomábamos el Nesquik y que hoy visitamos esos centros donde la vida de izquierda fue cancelada como museos de los derechos humanos. Tal como dijeron los All Blacks cuando recorrieron el sitio de memoria ex ESMA.

Y si la tradición de los derechos humanos aparece pocas veces en el libro no es casual dado que forman parte de la tradición burguesa de conformación del Estado moderno que la vida de izquierda como vida verdadera por la que muchxs estuvieron dispuestos a poner en juego el cuerpo, suplantaría. Basta recordar la advertencia del Che a quienes se internaron en la selva salteña como militantes del EGP (Ejército Guerrillero del Pueblo): de ahora en más consideren que están todos muertos. A eso Oscar Del Barco respondería con un imperativo moral («No matarás»), León Rozitchner con los errores de concepción de la izquierda y Schwarzböck, con la estética.

II

Tenemos el ojo educado para ver una y mil veces Guantánamo y en este invierno macrista, cuerpos descartables muriendo de frío en la puerta de nuestros edificios porteños. Y ya ni siquiera se trata de ocultar, como durante la dictadura, la ilegalidad. La pantalla de masas entrenó nuestro ojo para que estas imágenes perduren en una memoria portátil, liviana, externa al cuerpo. Y que los poderes del Estado que permiten la sistematicidad del ejercicio de las violencias sobre los cuerpos de las mujeres, los jóvenes, habiliten los mecanismos para, simultáneamente, vehiculizar las denuncias. Podría decirse que si durante la dictadura los habeas corpus eran rechazados, durante la democracia, la desaparición y las violencias ejercidas desde el Estado, conviven con la presentación de denuncias.

Pienso en un caso y lo cito por la repercusión que ha tenido a través de las redes sociales en la apropiación que hemos hecho lxs usuarixs del mismo, la desaparición de Santiago Maldonado durante un operativo de Gendarmería en Chubut, la misma fuerza que ahora es premiada y elegida por Patricia Bullrich para educar a lxs hijxs de nuestras clases populares. Imposible que no resonaran en las palabras de lxs funcionarixs que pusieron en duda la presencia de Santiago en el corte de ruta, las palabras de Videla: No están ni vivos ni muertos, están desaparecidos. La democracia puede convivir con la desaparición de personas. Esto aterra.

Parte importante del texto la autora la dedica a pensar los 70 y cómo este período debe ser abordado desde el presente, un presente que no tiene nada de corte, sino más bien de síntoma. Se enfrenta en ese camino a otrxs pensadorxs que lo abordaron a partir de juzgar de modo equivocado la relación que las organizaciones de izquierda peronistas y no peronistas establecieron con el Pueblo. Ese lazo no se habría establecido en términos de un juicio de conocimiento, sino en términos de un juicio estético. El Pueblo al que se dirige Montoneros luego del secuestro y muerte de Aramburu es un Pueblo irrepresentable, sublime. No es el pueblo medido a través de focus groups, encuestas y mediciones de raiting que se consolida en la postdictadura y sobre todo durante el menemismo. Y desde este planteo los derechos humanos se vuelven un reclamo poco ambicioso. Sin embargo, las instituciones que buscan hacer memoria en torno al llamado pasado reciente suelen hacerlo desde la perspectiva de su violación.

24 de marzo | 40 años | Fotografía Eva Wendel y Brenda Galinac

El libro está lleno de citas de películas, ensayos, poemas, libros de ficción, testimonios, y se convierte a partir de la novedad de su planteo en un abordaje importantísimo para seguir pensando aquel período caracterizado también a partir del lugar del cuerpo de aquellxs que decidían integrarse a las organizaciones guerrilleras. ¿Qué pasa con el cuerpo si pensamos hoy en las muertes por gatillo fácil, en las muertes descartables, en los cuerpos de mujeres arrojados en bolsas de basura? Punzante por antonomasia, Schwarzböck deja en claro que en la concepción del Che se puede prever la mirada de derecha en torno a los mismos. ¿Qué es sino el sometimiento del cuerpo a las condiciones de productividad y eficiencia de la vida en postdictadura?

No matarás en ninguna condición y bajo ninguna circunstancia habría planteado como imperativo categórico moral Oscar del Barco en 2004. Un mandato que resuena en lo más profundo de las entrañas de la tradición cristiana occidental y que pareciera quitarle densidad a unos años tan complejos y por momentos sospechosamente inaccesibles. La autora discute radicalmente con esta afirmación y propone analizar las condiciones de clandestinidad en que se dieron las decisiones de los mandos de las organizaciones guerrilleras a partir de considerar su relación con el Pueblo. Resta importancia por lo tanto a las hipótesis que giran en torno a la discusión sobre el cuestionable rol de Firmenich y a aquellas que ponen el ojo en lo erróneas que fueron, en términos estratégicos, las decisiones respecto de la contraofensiva teniendo en cuenta el número de bajas que se producían.

En contrapartida, la postdictadura como retorno a la democracia, no fundación, habría establecido como única violencia posible y legítima, la de una interpretación contra otra. Es decir, el retorno a la democracia con el alfonsinismo se construye como no verdad en contraste con la verdad que representaba para las organizaciones guerrilleras, la vida de izquierda, para llegar a la cual había que aceptar vivir de prestado. A partir de la lectura de Nietzsche, Freud y Marx, de Foucault, lxs nacidxs en la postdictadura nos acostumbramos a vivir sin fundamento en un mundo de interpretaciones cuyas disputas entre unas y otras es lo único que podemos aceptar como violencia y relaciones de fuerza. Cualquier otra violencia, sin embargo, es satanizada, esa sí, en términos de verdad.

Resulta sumamente perspicaz su mirada respecto del modo en que esta democracia que retorna ha juzgado la dictadura en términos del acento puesto en lo que ésta tenía de terrorismo de Estado y no de victoria económica y cultural. No llama la atención de este modo que el abogado defensor de Blaquier haya sido uno de los jueces que firmó la condena a los ex Comandantes en el Juicio a las Juntas.

Constituyen el Nunca Más y la concepción de Alfonsín en torno a qué hacer con el pasado inmediato, expresada en términos jurídicos por Carlos Nino en Juicio al mal absoluto. ¿Hasta dónde debe llegar la justicia retroactiva en casos de violaciones masivas a los derechos humanos?, un terreno fértil sobre el cual fueron posibles las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y los indultos. O, en otras palabras, el cumplimiento de la autoamnistía que no pudieron los mismos militares consolidar institucionalmente. Se hace allí una distinción entre quienes dieron las órdenes, quienes las cumplieron siguiendo su deber, y quienes cometieron excesos al ejecutarlas que sería el hilo del cual se tira para llegar a los 90 con un gobierno democráticamente electo por un pueblo representable que profundizará y llevará a cabo los mismos objetivos económicos que se planteaba el Proceso de Reorganización Nacional.

Siluetazo | Fotografía: Eduardo Gil

Por otra parte, decir terrorismo de Estado es quedarnos cortos, o en palabras de Feierstein, contribuir a la realización simbólica del genocidio. La noción de terrorismo de Estado deja a toda la sociedad civil, incluso a quienes desearon la dictadura del lado de lxs buenxs en oposición a un mal absoluto que es desmarcado, es decir, puesto por fuera de todo entendimiento humano. Si lo humano es la regulación de las conductas, el mal absoluto encarnado en el terrorismo, es extra humano. El planteo de la autora corre de la mano de la postura de Feierstein, para quien en el caso de Argentina deberíamos comenzar a hablar de práctica social genocida en relación a la dictadura, pues identifica en ella el propósito de reconfiguración de las relaciones sociales, de transformación identitaria, no meramente de aniquilamiento de un sector de la población.

Schwarzböck habla de la derrota en la postdictadura, de la derrota sin guerra. Siguiendo la descripción de León Rozitchner en Acerca de la derrota y de los vencidos, somos invitadxs a pensar que la democracia postdictatorial no fue una conquista, es decir, un cambio en la correlación de fuerzas que obligó a las Fuerzas Armadas a ceder poder, sino el correrse a un lado de las mismas habiendo cumplido ya su objetivo. Se trataría entonces de una «democracia aterrorizada», según Rozitchner. El autor toma la hipótesis de Carl von Clausewitz acerca de las apariencias de la política, y plantea que dictadura y democracia son dos aspectos que la misma va asumiendo. La postdictadura podría explicarse así como la ficción acerca de la vida colectiva donde los conflictos se resuelven de manera pacífica y consensuada y donde gobierna la voluntad de la mayoría, pero en realidad la misma es vivida no como una conquista, sino como una gracia otorgada por los militares a lxs sobrevivientes del genocidio. Y según Schwarzböck, de una democracia nacida de la derrota sin guerra, la derrota de las militancias atravesadas por el sentimiento de una vida en términos de verdad, y el retorno a una vida donde todo es convertido en mercancía.

III

Esta democracia se caracteriza por su estética explícita. Ya no es necesario ocultar los centros de concentración, aunque como plantea Pilar Calveiro, su eficacia durante la dictadura estaba en dejar ver una parte de su realidad para generar terror en la sociedad en su conjunto. Ahora lo clandestino se volvió explícito. Esto fue obvio durante el menemismo, el delito de manera explícita se articuló al Estado, la política a la farándula y todo fue convertido en mercancía. La vida de izquierda muere a contramano entorpeciendo el tránsito.

«El método es la economía, pero el objetivo es el alma» dijo Margaret Thatcher. Menuda sentencia, no hubo mejor definición para explicar el proceso de reconfiguración mundial política, económica y subjetiva. La vida de derecha nos constituye. Con la caída del ismo del comunismo ya no fue necesario ocultar nada. Si bien el libro fue editado en 2018 la autora no aborda el macrismo, pero nos deja las puertas abiertas para preguntarnos por la profundización de la lógica de la imagen explícita durante este gobierno: Obama visitando el Parque de la Memoria el 24 de marzo, celebración del 9 de julio teniendo como invitado de lujo al Rey de España, condonación de la deuda del Correo, Macri en el Congreso de la Lengua diciendo que somos hijxs de los barcos que atravesaron el Atlántico, Aldo Rico en los desfiles oficiales, Patricia Bullrich celebrando el accionar de un Policía que mató por la espalda, desembarco feroz del FMI.

¿Qué es de la vida de los espantos con un gobierno que pone en cuestión la cifra de desaparecidxs? Si la vida de los espantos fue una imagen borrosa que podía verse pero no representarse, el ascenso democrático de Macri al gobierno nacional es más que la estética explícita de la derecha ordenando la vida en común, es su expresión. Los espantos nos gobiernan sin disimulo.

¿Cómo pensar los linchamientos? Cacerías colectivas que recrean escenas del medioevo donde no intermedia el derecho pero ni siquiera la Ley del Talión. Escenas de exorcismo, la operación a través de la cual una sociedad extirpa el demonio que la posee.

Ya adentrándonos en el siglo XXI la autora plantea el asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en el marco de una opereta que los servicios de inteligencia habrían hecho, es decir, el Estado impulsando la opereta que le interesa crear, la supuesta intención de toma del poder por parte de la organización Aníbal Verón, de la que los dos jóvenes son miembros. ¿Podría decirse lo mismo respecto de los asesinatos por parte de las fuerzas de seguridad de miembros de organizaciones de pueblos originarios que reclaman territorios ancestrales?

Fotografía: Xast.stain

El Estado no es capaz de entender esta militancia surgida en los 90 a la par de la desocupación y los movimientos piqueteros, los cuales se constituyen manteniendo la distancia física y simbólica respecto del mismo. Recién en 2003 esta militancia se vinculará al Estado pero a diferencia de 1984, lo hará con una voluntad fundadora.

¿Cómo entender el kirchnerismo desde su perspectiva? ¿Qué lugar le queda a las políticas de derechos humanos que tanto festejamos? ¿Cuánto pudieron calar las políticas sociales y de reactivación económica en la emergencia de horizontes vinculados a una vida colectiva que recogiera las tradiciones más interesantes de la lucha popular? ¿Cuánto hay de limitación en esta democracia articulada con el crimen para impedir cambios más radicales, lo que sería un indicador del triunfo de la dictadura y de las FFAA volviendo a los cuarteles? Estoy pensando en Brasil y en el pueblo argentino representable votando a Macri en 2015. Pero estoy pensando también en lxs niñxs mierda asesinadxs hoy por el Estado, Santiago Maldonado era un niño mierda, Rafael Nahuel también, Franco Casco otro tanto, los pibes asesinados en barrio Moreno ni que hablar. Y escribo desde la provincia en que se constata uno de los índices más altos a nivel nacional de muertes en manos de las fuerzas de seguridad.

Y cuando pienso en ellos empiezo a creer que esta vida de derecha para mantenerse no necesita sólo de las estrategias de focus group y marketing electoral, sino de la violencia más explícita y directa. La que a su vez tiene su otra cara no menos violenta pero sí más indirecta, el aumento de la desocupación y el hambre, la depredación de las subjetividades, la precariedad, el endeudamiento irremediable. Escribo antes del 11 de agosto, reviso el 12 y pienso ¡qué linda es la democracia!