Crónicas | Amateur – Ficción de Mutaciones - Por Bianca Sentinelli | Fotos: Magalí Drivet

Me estoy yendo a tomar el cole. Punto. Nos encontramos en Maipú y San Juan, ¿te parece?
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Mientras espero el colectivo me llama una amiga, le comento que estoy yendo a ver una obra de danza contemporánea.

—¡Ah! La de Lechuga —me dice— debe estar buena.

Confío en su palabra, no sé si porque hizo danza en la Nigelia o porque valoro su percepción artística. Probablemente por ambas.

—¿Lechuga?
—Sí, la directora.
—Me llamo Lechuga me dicen Elisa Pereyra.

Bromeo recuperando un chiste que le hacíamos a un amigo en la secundaria, que época nefasta.

Hay algo del folklore del antes y después de un espectáculo que me encanta que sea compartido. Me dí cuenta que ya no disfruto de ir sola a este tipo de lugares.

El antes es charlar mientras caminamos en dirección al bajo. Me había olvidado del calor que hace en los quioscos en verano. Entramos a uno de esos que tienen cuatro heladeras a medio llenar con bebidas de primeras marcas y un chico sentado en el fondo cargando datos en una computadora. Me parece una postal decadente pero representativa.

Fotografía: Magalí Drivet

Llegamos veinte minutos antes de la función. El río está manso. Dos barcos anclados se espejan en el agua. Al parecer, el saludo típico entre taxistas o colectiveros no es exclusivo del transporte terrestre. Suenan un par de bocinazos que inundan el aire. Mientras miro al pescador que está en el banquito de madera a mi derecha, Gea me dice:

—No sé a dónde estamos yendo.

Se me hace un nudo en la garganta. Trago. Le frunzo el ceño como demostrándole que no entendí y me devuelve un:

—Que no sé muy bien qué estamos yendo a ver.
—Ah.

Mientras compartimos los últimos tragos de cerveza caliente leo en voz alta lo crucial. Amateur: Ficción de mutaciones: cuatro mujeres en escena. Danza ficción contemporánea. Propuesta estética narrada desde la oscuridad, inspirada en Isaac Asimov y películas de ciencia ficción de los ’70 y ’80.

Veo como en el borde del CEC (Centro de Expresiones Contemporáneas de Rosario) se van sentando pibxs jóvenes con atuendos coloridos y estampados. Son las 20hs. Entramos al hall, nos ubicamos en la fila. Me escapo para ver pedacitos de la muestra que está expuesta. Nos cortan los tickets y entramos. La sala está oscura pero logro ver que está llena. El piso donde bailarán es un cuadrado negro y las sillas también. Las barras de luz negra, que están a los lados de cada uno de los cuatro frentes, se encuentran al ras del piso.

Continuum:

Se apagan las luces. La música y los sonidos futuristas-espaciales comienzan. Florencia Alvarez se ilumina, está parada con un máscara para gases. Nos da la espalda. Quiero ver su cara o su expresión, me genera mucha intriga. El rayo de luz permite ver cada uno de los músculos de la espalda que se le marcan. Me sorprende la prolijidad de sus movimientos, la precisión. Me brota una sensación de admiración. En ocasiones lo único que se puede observar es el color verde de su indumentaria. Las otras tres bailarinas permanecen en la oscuridad.

La mutación llegó para quedarse. Los láseres proyectan formas geométricas y paredes de las que hay que escapar pero a las que también se vuelve, hay una constante sensación de encierro. El sonido es abrumador, el ritmo frenético. Las tres bailarinas tienen atuendos de estilo espacial, como si fueran reactivos que dan lugar a nuevas y diferentes sustancias. Cada tanto siento que la música me oprime el pecho. Hay entre las protagonistas marcada similitud. Independientes y autónomas, aunque conocidas.

La primer mutación la goza Juana Torres. Le quitan su atuendo para dar lugar a su nueva y resplandeciente piel violeta.

Las bailarinas vestidas de verde y violeta están en el mismo ring. En un intento de acercamiento y reconocimiento, la lucha se vuelve evidente. La mutación y metamorfosis también. ¿Quién domina a quién? Se juega un juego de seducción y dominación con movimientos envolventes.

Fotografía: Magalí Drivet

Destacado: en un lenguaje no verbal, que tampoco es bailado, Juana logra hacer sentir un increíble dolor. El duelo se percibe. Julieta Traferri y Aldana Mistretta comienza a mutar, a quitarse los trajes, a «poner lo de arriba abajo», a quedar en sus nuevas pieles. No hay cambio sin duelo ni variación sin despojo.

Todas las bailarinas están luchando como cuerpo social. Aquella que invade lo monótono y conocido pone en jaque a todas las demás. Las alborota. Poco a poco las cuatro se transforman. A esta altura el movimiento se vuelve rizomático. Ya no hay un centro porque el encuentro es con todas. Aquí no cabe ni cabrá «lo propio», «el origen», ni la «esencia». Hay, a mi parecer, una figura abierta donde lo heterogéneo juega ininterrumpidamente con «lo otro», deslizándose unas por encima de las otras.

Brazos en alto, cuerpos amontonados. Lo único que triunfará será aquello que muta. Fin de obra.

***

Escribo esto desde el otro lado del Paraná. Mis amigos están escuchando el partido por la radio. Sorteamos el Ludueña turbulento y una espina clavada en la garganta. Ahora es la hora en la que el sol vuelve plateado el río y la piel comienza a soportar los rayos. El río se calmó y los ojos me pesan después de almorzar a un horario poco usual. Me acuerdo de una conversación que tuve hace un tiempo: una familia te toca y otra te armás.

Yo también muté. No estoy segura de que no sobrevivamos si no cambiamos, pero quién puede mirar para atrás en el tiempo y afirmar que es le mismx. Miro a Rosario y pienso que hubo un tiempo donde los edificios más altos de la ciudad eran las iglesias. Ahora se ven las Dolphins, signo de época. Lo nuevo no termina de nacer y lo viejo no termina de morir. Como los pibes escuchando la radio.

Hay una leyenda harta conocida entre los habitués del Paraná (en guaraní: padre de ríos) , es la historia de un joven llamado Yasí-Rata (estrella) quien estaba enamorado de la luna. Su anhelo lo llevó por largas caminatas hacia el ocaso con la esperanza de poder rodear a la luna con sus brazos cuando ésta tocara el horizonte. Un día, ya agotado y con sus pies en el río, vio a la luna reflejada. Ante la ilusión de semejante cercanía se arrojó de cabeza. El reflejo desapareció junto con él. Esa noche brotó la flor más bella que vive en el agua, la Flor del Irupé. Comentan que fue Tupâ, la deidad suprema de lxs guaraníes y creador de la luz y el universo, quien al sentir una gran congoja por Yasí-Rata decidió concederle la posibilidad de estar junto a la luna todas las noches. La flor cambia de color blanco a rojo con el paso de los días.

Fotografía: Magalí Drivet

En «Amateur: ficción de mutaciones» hay algo que se fuga y fluye, un movimiento que arrastra a la una y a la otra. Ya no hay contradicción o antagonismo sino conjunción. Parafraseando a Deleuze: un arroyo sin principio ni fin que socava las dos orillas y adquiere velocidad en el medio. Entonces, cada una renace y se transforma a su manera. En las plantas siempre mueren las partes más viejas de las raíces en la misma medida en que se renueva en sus extremos. Por ello, el pan de raíces no llega a tener grandes dimensiones aún luego de muchos años; se ha vuelto entre tanto otro. En la obra, claro está, no hay nada del orden de la naturaleza o las plantas. Pero sí algo de lo propio de la existencia. Emergerá, al final, una Flor con los brazos en altos que no estará libre de haber resistido y mutado. No somos hoy más que el devenir del tiempo y las batallas ganadas y perdidas. Lo vivido será siempre lo propio.

Nota (¿de color?): si existir es resistir, ¿será casualidad el verde y el violeta del vestuario? Expresión de deseo: ojalá que no.


Ficha Técnica
Idea: Creación colectiva de Proyecto Sincro
Dirección general: Elisa Pereyra
Intérpretes: Juana Manuela Torres, Florencia Alvarez, Julieta Traferri, Aldana Mistretta
Diseño de iluminación: Flavia Cisera
Música: Elisa Pereyra
Asistencia teatral: Mauro Lemaire
Diseño de vestuario: Larisa Luciani
Diseño gráfico: Pablo Parma
Confección de vestuario: Taller Lisa
Fotografía: Barbara Marzetti