Crónicas | «Noticias desde la ruta panamericana del activismo» Entrevista a Kazembe Balagun - Por Ezequiel Gatto

Son días intensos en Estados Unidos. Las movilizaciones se han multiplicado a una velocidad sorprendente. Pero no son el único indicio de vitalidad política. Innumerables discusiones, debates, elaboraciones, están buscando traducir las rabias en proyectos, organización, objetivos. La posibilidad de entrar en diálogo con el activista e historiador nacido en Harlem, Kazembe Balagun, tiene que ver con escuchar de primera mano lo que una parte del activismo afroestadounidense está pensando. Balagun fue militante estudiantil en los años noventas, luego miembro del reconocido Brech Forum, un centro social y educativo situado en Brooklyn y, actualmente, es el Director de Proyecto para Estados Unidos/Naciones Unidas de la sede newyorkina de la Fundación Rosa Luxemburgo. Ha publicado artículos sobre marxismo y negritud, luchas anticoloniales y sobre la historia del Movimiento por los Derechos Civiles y el Black Power.

En esta entrevista breve, Balagun, que también participó del movimiento Occupy y ahora forma parte de colectivos que integran la vasta red de Black Lives Matter (cuyo carácter distribuido busca descentralizar las decisiones), responde sobre tres aspectos fundamentales de lo que está ocurriendo: una caracterización histórica y política del movimiento actual; la estrategia y los objetivos de Donald Trump y las articulaciones posibles con el activismo y las organizaciones políticas fuera de Estados Unidos.

¿Cómo ves las relaciones entre la calle, los movimientos sociales, las organizaciones y otros tipos de expresiones políticas, por un lado, y el Estado en sus varios niveles? En los últimos años, mucha gente criticó a los representantes afroamericanos por no haber sido lo suficientemente fuertes. ¿Esta situación abre un escenario para nuevos liderazgos políticos?

Para poder entender lo que está pasando hay que ver el contexto más amplio. Durante muchos años, el movimiento ha estado dividido en tres segmentos.

El primer segmento sería la vieja guardia de los movimientos de los derechos civiles de los 50 y 60s, en la época del Black Power, algunos de cuyos líderes lograron convertirse en alcaldes de ciudades e incluso gobernadores, y fueron sobre todo grandes dentro del Partido Demócrata. Ese sector tiene vínculos con los elementos más conservadores del Partido Demócrata: en el ’92 tendieron a apoyar a Clinton; fueron también claves en la elección de Barack Obama en 2008, y para bloquear a Bernie Sanders, con Joe Biden en estas elecciones de 2020. Tienden a ser mayores, a tener su base en el Sur.

Pero también hay una franja media, gente alrededor de Organizaciones Sin Fines de Lucro, y también los llamados Non Profit Industrial Complex (Complejo Industrial de las ONG), o las organizaciones que están mediando entre un trabajo directo con la gente, ofreciendo servicios, y un liderazgo político. Yo creo que este también es un sector importante de las experiencias negras. Están en asuntos como las campañas para que la gente se registre para votar, campañas por la justicia reproductiva, por la justicia económica. Y en gran medida terminan proveyendo mucho apoyo institucional para las organizaciones. Pero también están, en gran medida, limitados por la naturaleza de sus recursos, que suelen venir de fondos filantrópicos privados, y por ende tienen menos inclinaciones por cambios radicales o revolucionarios.

Imagen: EFE

El tercer segmento es el de las calles, gente no organizada que tiene estas expresiones espontáneas de bronca masiva. Entonces lo que se ve, desde Ferguson en 2014, y con lo que pasó ahora en Minnesota, es que muchas de las personas que llevan la voz cantante en estas manifestaciones es gente que está fuera del sistema, que ha sido marginada de y por las estructuras políticas y la vida política. En particular hay una generación de gente joven que tiene un enorme nivel de deuda, gente joven que padece la supresión de su derecho a votar, gente joven que sufre la disparidad económica que existe entre el uno por ciento y el noventa y nueve por ciento. Y de esto, además, nacen de otros movimientos masivos. Uno es el movimiento Occupy, un movimiento de democratización que apareció en 2011. También el movimiento Black Lives Matter, que tiene sus relaciones con Occupy, y que empezó con los levantamientos en Ferguson. Y también, hasta cierto punto, la coalición que llevó a Barack Obama a la presidencia. Porque esta es una generación, para muchos blancos y negros, que vio al primer presidente negro. Entonces, para la idea de la solidaridad interracial, eso sin dudas hizo una diferencia.

Si pensás en los levantamientos de 1992 en Los Ángeles, o en 1968 en varias ciudades negras tras el asesinato de Martin Luther King, o en 1994 en Harlem, estaban todos circunscritos, en su gran mayoría, a gente negra. Pero los levantamientos actuales son distintos porque ocurren en los centros de las ciudades y están liderados por un grupo de gente multirracial que aspira a una coalición y una visión que Barack Obama sofocó en 2008, cuando adquirió todos sus ropajes neoliberales. En ese momento hubo bastantes tensiones y podés verlas todavía. Esta es la misma coalición multirracial que apoyó a Bernie Sanders contra Joe Biden. Entonces, hay como un desafío arrojado a la vieja guardia, o una tensión entre la vieja guardia y la nueva. Pero yo trato de no pensarlo así, porque en gran medida, lo que estamos viendo en los últimos días es una atención cada vez mayor en el carácter masivo de las manifestaciones, y ves gente más grande, de la vieja guardia, expresando su apoyo político a las manifestaciones. En muchas de las marchas en las que yo estuve, podías ver gente grande también. Pero creo que eso salió de acciones desde abajo, que forzaron que se abriera esta conversación, una conversación que la vieja guardia no estaba preparada para tener, o no querían, pero que tuvieron que tener, por las acciones masivas desde abajo. Y yo creo que eso es muy poderoso.

¿Qué pensás sobre la estrategia de Trump en relación a este movimiento? ¿Cuáles creés que serán sus próximas jugadas?

Yo creo que la estrategia de Donald Trump fue la misma desde el principio, que fue tratar de movilizar a su base usando una retórica de extrema derecha y de nacionalismo blanco. Creo que usa términos revanchistas, como «Make America Great Again» [Que América vuelva a ser grande]. En la escena nacional se trata de oponer una visión blanca colonizadora sobre el electorado americano. En el nivel internacional, está usando las políticas de aislamiento de Estados Unidos, y está exportando racismo, y usándolo para cubrir su forma de gobierno ilógica e iliberal. Su decisión de abandonar la Organización Mundial de la Salud, sus provocaciones constantes a China, o las sanciones contra Cuba y Venezuela: todo lo que ha hecho estuvo enmarcado en el intento de establecer una república colonizadora blanca. Y no sólo eso, sino que además, lo más atemorizante es el uso de las armas, de milicias blancas armadas que atacaron palacios legislativos, como sucedió en Michigan, desafiando a los gobernadores que habían instalado cuarentenas por el Covid-19. En gran medida, lo que estoy viendo, y también otros activistas con los que estuve hablando, es que esto es bastante diferente del movimiento Black Lives Matter en 2015. En 2015-16, estábamos todavía con la alegría de haber elegido al primer presidente negro de los Estados Unidos y existía una promesa de una nueva sociedad, más allá de las limitaciones de Obama. Lo que vemos ahora es Black Lives Matter, con una visión de una sociedad multirracial y multicultural, versus el etno-Estado blanco de Donald Trump. Y pienso que los contrastes son mucho mayores en términos de visiones de la sociedad y del país.

También es muy interesante que Trump, al principio de la crisis del Covid, intentó castigar a las ciudades-santuario, las ciudades que apoyaban y protegían a inmigrantes, a la gente indocumentada. Trump quiso recortarle el presupuesto a esta gente y estas ciudades. Es interesante pensar en las maneras en las que la retórica de las ciudades santuario fueron un baluarte a la hora de pensar en formas de organización, porque muchas de las marchas más importantes se dieron en ciudades santuario que tienden a ser un poco más «liberales» socialmente, si bien no más socialistas. Igual eso tiene sus problemas, porque ahora que aparecen demandas como desfinanciar la policía, eso va a trazar una línea divisoria entre los movimientos más radicales y abolicionistas, y los más liberales, que quieren conservar los fondos de la policía. Yo creo que hay gradientes en el espectro político. Pero la gente del polo más progresista está de acuerdo en que Donald Trump es un peligro enorme; es una amenaza, en términos no sólo de sus políticas aislacionistas, sino en sus ataques radicales contra la gente de color y de otros países.

Imagen: RTV

En mi opinión, las relaciones históricas entre el activismo en Sudamérica y el activismo afroamericano estadounidense no han sido tan fuertes como podrían. ¿Cuáles son los obstáculos que habría que superar para reforzar estas relaciones? ¿Qué significa la «solidaridad» en nuestro mundo digitalizado?

Primero diría que las revueltas actuales en Chile han sido un ejemplo muy claro para nosotros. Hay grupos que estuvieron activos en marchas y movimientos como Decolonize This Place. Y en particular en Nueva York, hemos observado a Chile como ejemplo de luchas por el transporte público, porque nosotros tuvimos nuestras propias batallas por el transporte público, en relación con el racismo. Específicamente cuestiones como evasión de tarifas, no pagar los boletos y en pensar los medios para llegar a un transporte público gratuito. Y para eso tradujimos muchas de las lecciones de Chile, a las que les prestamos mucha atención. Pero si vos hablás de organización, no hubo mucha organización; gran parte del movimiento se ha dado sin líderes, con una base fuerte en Internet, por eso hay muchos conflictos respecto de las tácticas. Pero más que otra cosa la gente que está organizando esto, los que salen de Occupy, están usando técnicas masivas para organizar las marchas.

Por otro lado, yo soy un historiador cultural, así que me gusta remontarme al pasado, a los años cincuenta y sesenta del Siglo XX. El movimiento de los derechos civiles ocurrió al mismo tiempo que el movimiento de descolonización y los movimientos de izquierda en Latinoamérica. Los ejemplos de gente como el Che Guevara, Fidel Castro, y también la habilidad de revolucionarios negros de encontrar inspiración en Latinoamérica, reforzaron los vínculos entre nosotros y ellos. Eso hoy no es tan fuerte. Yo creo que una de las razones principales es que no hemos tenido una conversación importante sobre lo que implicó la globalización para nuestras comunidades; conocemos el aspecto negativo de la globalización, pero también debemos revivir el proyecto internacionalista. Y siento que eso es algo en lo que tenemos que trabajar y hay muchas formas de pensarlo. Creo que una es pensar que el Pueblo Negro está sufriendo una encarcelación masiva, arrestos masivos y brutalidad policial. Muchos en Latinoamérica están sufriendo detenciones en la frontera, abusos en los campos de encierro en la frontera del sur de los Estados Unidos. Es importante pensar esas cosas juntas. También las formas en las que Donald Trump ha exportado el racismo. Si pensás en Bolsonaro en Brasil, o Modi en India. Allí donde hay líderes de derecha, hay racismo. En Brasil hay un entendimiento cada vez mayor de que hay un vínculo entre las luchas de liberación negra en Estados Unidos y en Brasil. Pero también lo que vemos en estas marchas es que la gente negra de los Estados Unidos están cerca de algunos de los medios más grandes del mundo, pero también tienen mucho valor numérico, hay 40 millones de negros en Estados Unidos. Nosotros somos un micrófono grandísimo y este micrófono puede entrar en una conversación mayor con gente negra de Europa y en Latinoamérica. Y creo que este es el momento de tener esa conversación.