Crónicas | Julius - Por Muna 

En noviembre se reestrenó Julius, el unipersonal de Rubén Pagura Alegría en el teatro El Rayo. Hablar de Rubén es hablar de un Señor Artista, de un Peso Pesado. Sí, así, con mayúsculas. Cada obra suya es una clase magistral no sólo de teatro, sino de humanidad por sobre todo. Es actor, cantautor, dramaturgo, director. En su cuerpo y su voz aparecen el eco de incalculables seres, culturas, historias y tiempos. Esta vez se inspiró en Julius Fucik, periodista checo, líder del partido comunista, y responsable de la prensa clandestina durante la invasión alemana en la segunda guerra mundial. En 1942 es detenido por la Gestapo. Un año más tarde muere asesinado en la horca por ser hombre que no calló, ni sus ideas, ni sus verdades.


«He vivido para la alegría y por la alegría muero. Agravio e injusticia sería colocar sobre mi tumba un ángel de tristeza…»
Julius Fucik

Maese de las mil voces

Aún preso siguió escribiendo, siguió dándole batalla al nazismo. Pagura decide comenzar su relato a partir de las horas previas a la detención de Fucik. Ahonda en los detalles que implicaron el arresto, la tortura, las confesiones, los momentos en prisión, los amores y los enemigos, la psicología interna, y el perder todo, hasta la vida, pero jamás la esperanza. Pagura compensa tanto espanto dedicándole una canción noble de agradecimiento y memoria, colmada de dicha, como seguramente a Julius le gustaría que lo recuerden. Sería algo así como volver a traer al presente lo valioso de aquel ser humano que fue ejemplo de valentía y amor hacia la vida y la libertad. Tarea más que necesaria la de este actor, y más aún al ver cómo estamos viviendo: tanto alboroto, tantas alimañas depredadoras dentro de los poderes políticos, tanto caos informático y tecnológico. Todo parecería volverse banal y superfluo, descorazonado… y lo intenso y profundo no invaden terreno porque a veces parece no alcanzar la vida para decodificar ciertos mensajes.

Pagura se encarga de cachetearnos suavemente, con dulzura, para despertarnos, característica fundamental de todo arte como herramienta de transformación. Nos pone un espejo delante como sociedad: recordándonos lo que somos y abriéndonos el abanico de posibilidades de lo que podríamos ser si alzamos la voz. Nos enarbola un entramado repleto de sencillez y profesionalismo para que entendamos que nos olvidamos, a veces, de lo verdaderamente importante de este juego. Nos advierte sobre la inmensidad del altruismo y la lucha por el otro, dentro de un nosotros inacabable en el cual resulta indistinto el color de bandera que se lleve. El actor tiene la versatilidad de meterse en todas las pieles, de cumplir el rol de todos aquellos que desea, en este caso, del mismísimo Julius y su entorno durante la última pincelada de su vida: es héroe, antihéroe, cómplice, amigo, verdugo, camarada… Fucik, gracias a la ayuda de un carcelero nazi, pudo escribir un último testimonio desde la cárcel, detallando su vida preso, sabiendo que se aproximaba a una indudable muerte. La recopilación pudo dar origen al libro Reportaje al pie de la horca. Este relato refleja la crudeza de la guerra contra el régimen nazi y el padecimiento en primera persona del último testigo vivo, clave y fundamental, de lo que implicó ser la resistencia del enemigo más atroz de la historia de la humanidad. Grandeza de espíritu la de Fucik que a pesar de estar destruido y con muerte anunciada, siguió manteniendo la alegría por la vida y soñando que el regocijo sea para todos posible. Rubén tomó la narración de Julius y comenzó un laboratorio de trabajo actoral que dio como resultado una impecable obra que lo sigue consagrando como actor lúcido y comprometido. Como artista de verdad, de los que sirven a la sociedad toda para despertar de la ilusión de la cual estamos presos.

El actor da prueba viviente de la entrega del artista, donde su cuerpo es abordado por las infinitas posibilidades de su ser. Es presentarse ante los espectadores como voz de lo real, a través del mensaje de reivindicación política y poética que legó Fucik, donde la importancia radica en saberse compañero del otro y no su rival. Nos recuerda que lo importante siempre será la construcción colectiva por encima de la destrucción egoísta que resulta tan moneda corriente últimamente. ¿Cuántas veces lo olvidamos?

En Julius se observa a Pagura en soledad, pero colmado de presencias simbólicas dentro del espacio escénico. Se lo entrevé atiborrado de singularidades, gestos y voces que construyen cada rol. Similar al juglar y al payador de lo auténtico, condimentado por cierta dulzura en el modo de contar. Parece no tener edad. Posee dinámica experta para enlazar acontecimientos, personajes, espacios y verdades. Y lo hace con atinada rigurosidad, prolijidad y precisión. Su cuerpo en escena es una bandera colmada de ideales, flameante y vigorosa, que ora por la fortaleza, el dolor y la angustia, pero sobre todo ora por el amor a la vida y la liberación. Da cátedra del espléndido oficio del actor y sabe cómo atrapar en un vaivén de emociones al público, muy escaso por cierto, sumergiéndolo en una atmosfera de relato juguetón dentro de lo horroroso. Posee un ápice de inocencia prístina que sólo la experiencia te otorga, como bien diría Blake, y también se la brinda el querer buscar con su actuación, la esencia misma del asunto.

Las cuestiones más sorprendentes de la obra y de la forma en sí de trabajar de Pagura, son los recursos y la utilización del espacio escénico. Los elementos que utiliza en la puesta en escena son mínimos. Una silla, una pantalla blanca, un papel y un lápiz serán todo su arsenal. Y la luz… ni música, ni nada más. De ellos exprime las diferentes posibilidades que brindan y los va transmutando en objetos muy disímiles del original, dándonos idea de su imaginación desbordante. El espacio también plantea un cambio constante; se transforma junto a las tramas construidas en el relato del actor.

Esto del minimalismo y la transformación constante del espacio me recuerda la concepción de teatro pobre de Grotowski. El actor debía valerse de la mínima cantidad de recursos externos, así, la actuación y la atención del público recaían sobre él mismo. Me saco el sombrero ante quienes lo logran.

Julius es aquel hombre que ante la pena más dolorosa de la guerra y el cautiverio, no claudica ni pierde la alegría. Sigue amando a su tierra, a sus compañeros, a Gustina… Es un faro de luz dentro de la miseria más depravada y oscura del hombre: la ambición desmedida. Fucik es ejemplo; luchador nato que pasará desapercibido para la mayoría. No importa, él sabe que vivirá en la disputa de cada derecho conquistado y de los que quedan aún por conquistar. Fue una valerosa chispa dentro del fuego de la rebelión. Mentor que ejemplifica al héroe anónimo, vislumbrado en el pueblo de pie, y en todos los que no permanecen condescendientes ante lo injusto. Aun en su estrepitosa debacle de tortura y dolor, siguió fuerte: escribiendo, cantando. Por ser periodista, artista y pensante era un alma considerada peligrosa o subversiva. Indistinto es el color político. Fue un guerrero alegre que aún derrotado, nunca se sintió así. Pagó con su vida por semejante osadía. Pero él sabía: su cuerpo iba a desaparecer, jamás sus ideas, que seguirán vivas en cada grito revolucionario.


Contacto
El Rayo Misterioso

Ficha técnica
Dramaturgia y actuación: Rubén Pagura


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