Cuentos | El hombre que no moría - La necesidad de exterminio se presenta como un hecho erótico: cada una de las partes se desenvuelve con un repertorio particular, todas conducen a un mismo instinto confuso, una prédica desoída, un acorde indistinguible volviéndose un caos, o un sonido de silencios incómodos pero inconfundibles. Todos pervierten un orden, todos despiertan al deseo. La muerte misma es una de las manifestaciones de esas búsquedas, un frustrado cometido del goce.

La necesidad de exterminio se presenta como un hecho erótico: cada una de las partes se desenvuelve con un repertorio particular, todas conducen a un mismo instinto confuso, una prédica desoída, un acorde indistinguible volviéndose un caos o un sonido de silencios incómodos pero inconfundibles. Todos pervierten un orden, todos despiertan al deseo. La muerte misma es una de las manifestaciones de esas búsquedas, un frustrado cometido del goce. 

Gilbert Ferreyra

Sr. Mobuck se despertó atormentado por el dolor de cabeza. Su piel brillaba por la grasitud: la noche no lo había dejado en paz. No comprendía con total precisión su estado. Pero bien sabía que no tenía demasiadas ganas de nada. Cualquiera de las actividades que alguien le propusiera, por más tentadoras que pudieran resultar en cualquier otro contexto, entonces no serían otra cosa que pesadas cargas, actividades que requerían una cantidad de energía inexistente en su fatigado cuerpo. Sus ojos estaban demasiado rojos: Sr. Mobuck sentía un intenso ardor, como si le hubieran echado algunas gotas de una sustancia ácida. No era el ardor del llanto: Sr. Mobuck hacía ya tiempo había dejado de llorar. Se restregó los ojos una o dos veces. Se tironeó de los pelos descargando su modorra e intentó levantarse. No pudo: una inusitada fuerza lo empujó con ferocidad sobre el colchón. Sr. Mobuck se sentía aplastado como por cientos de toneladas. Su cuerpo había cobrado una increíble independencia: no respondía a ninguna de las órdenes que su cerebro le enviaba.Tal pereza duró unos segundos, fastidiosos. Entonces Sr. Mobuck pudo levantarse. Lo hizo con elemental parsimonia. Caminó unos pasos arrastrando los pies. Se tocaba la cabeza. Estaba extenuado, aunque había dormido más de nueve horas. Además, sabía que no tenía nada que ver con el sueño: podría haber pasado la noche en vela y de todas formas se encontraría en aquel estado. Lo suyo era otra cosa. Sr. Mobuck estaba dispuesto a acabarlo con todo. Ese día no iría a trabajar. Tenía una mejor idea: tomaría su pistola y se volaría los sesos.

De ese modo, pensó, los problemas tendrían fin. No era la respuesta más elaborada, pero sí la más satisfactoria. Dudó en ser un cobarde. Al fin y al cabo, se consoló, el acto del suicidio requiere una cuota de valentía que no ostenta cualquiera.

Exitus Letalis | Ilustración: Voogee

Con ese empellón anímico, caminó hacía el cajón donde guardaba la pistola. Cargó las balas y caminó hacía la ventana. Se asomó. Miró los techos de las casas, los edificios lindantes, las personas que pasaban en aquel momento por ahí. Fue como una despedida visual de aquellos paisajes, aunque toda despedida cobra sentido en el momento en que quien se despide se dirige a otro lugar, a otros paisajes. Y a Sr. Mobuck poco le importaba conocer a dónde iba y si es que iba a algún otro lugar.

Con un inexplicable sigilo, escondiéndose de quién sabe qué, Sr. Mobuck levantó la pistola y la colocó a la altura de su sien. Respiró profundo y disparó.

***

Sr. Mobuck despertó temblando. La luz del sol que entraba por la ventana a medio abrir lo incomodaba. También le provocaba un calor que se evidenciaba en las primeras gotas de sudor que comenzaban a resbalar en su rostro. Los recuerdos confusos e inasibles lo agobiaban, aunque no lograba divisarlo con claridad: su memoria se encontraba entorpecida. La situación era particular: el comprendía su estado, el estancamiento de sus recuerdos, pero no era capaz de hacer algo al respecto más que confrontar con esa incertidumbre.

Se desperezó largamente: algo lo invitaba a seguir en la cama. Se levantó entre rezongos. Era temprano y se oían los primeros movimientos del día: extrañamente, esa situación lo angustió. Miró con tristeza por la ventana. No vio nada que le llamara la atención: como si todas las formas del paisaje se disolvieran en una masa amorfa, irreconocible.

Se vistió con discreción. Por alguna razón, a su habitación, aquella mañana, la encontraba hostil. Sin embargo, nada lo incitó a salir de ella. Estuvo parado, inmóvil, durante un buen tiempo. Al verlo, uno concluiría que estaba imbuido en cavilaciones. Pero es poco probable. Su pose era más bien de aletargada espera.

Pretendió ir al baño. Pero no pudo. Casi mecánicamente caminó hacia uno de sus cajones, sacó su pistola y, mudamente, se disparó.

***

Sr. Mobuck estaba en su cama. Sentía como si hiciera siglos que dormía. Sus brazos le pesaban como bloques de cemento y sus piernas yacían en una inmovilidad moribunda. Abrió los ojos y apunto al techo. Estuvo en esa posición, congelado, hasta que logró involucrarse con el mundo que lo rodeaba: hasta entonces, permaneció alienado en un estado soporífero.

Sr. Mobuck se volcó hacia un costado hasta llegar al extremo de la cama. Dejo caer sus piernas al suelo. Luego irguió su cuerpo hasta sentarse. Se estiró y bostezó abiertamente. Estaba agotado. Su cabeza latía en un molesto retumbar. Su boca estaba seca y pastosa. Sus dedos se negaban a abrirse con flexibilidad. Su cuerpo parecía absorber cada uno de los síntomas de su extenuación moral.

Se levantó y fue casi automáticamente a la ventana. Miró por compromiso, raudamente, sin ver, y giró.

Estuvo quieto algunos imperceptibles segundos. Se restregó los ojos. Caminó hacia un cajón, tomó la pistola y disparó.

***

Se despertó. Su cuerpo manifestaba el hartazgo. Sus extremidades estaban en completo estado de tedio. No quería levantarse, pero tampoco permanecer allí. Le dolía la cabeza y lo acongojaba el malestar. Se levantó lenta pero no menos decididamente. Miró de reojo la ventana y paso su mano con la brusquedad del apuro por su cara y su cabello.

Entonces, caminó hacia un cajón, tomó la pistola y se disparó.

***

Despertó abatido. Con dificultad y soltura se levantó. Caminó hacia un cajón. Tomó una pistola y se disparó.

***

Despertó. Se levantó seriamente. Caminó hacia un cajón, tomo la pistola y se disparó.

***

Despertó. Se levantó. Abrió un cajón. Tomó la pistola. Luego la dejó. Regresó a su cama. Sabía que todo lo que hiciera sería inútil.