Historia colectiva. Parte III: El regalo - -¡Ni flores, ni peluches! ¡Te lo advertí!- Descargó ella directamente sobre aquel extraño hombre de pocas palabras y de actitud ausente. Sólo Ernesto la había visto entrar, sin perderse detalle del vestido marrón chocolate, que apenas cubría las rodillas de esas largas piernas hasta el suelo. Los tacones de cuero color caqui, el bolso en […]

-¡Ni flores, ni peluches! ¡Te lo advertí!- Descargó ella directamente sobre aquel extraño hombre de pocas palabras y de actitud ausente.

Sólo Ernesto la había visto entrar, sin perderse detalle del vestido marrón chocolate, que apenas cubría las rodillas de esas largas piernas hasta el suelo. Los tacones de cuero color caqui, el bolso en composé, impecable el cabello castaño, que se deslizaba por su espalda huesuda y con porte. En menos de 5 segundos, escrutó cada uno de los detalles y llegó a la conclusión de que era una mujer de unos 30 años, sencilla, pero con clase y elegancia. Cuando cayó en la cuenta que la dama se dirigía hacia la mesa de los taxistas, no pudo evitar sentirse conturbado, aunque se acomodó un poco en su silla de bar esperando ver de que venía todo.

Dyna Pessini, caminó directo al hombre, evidentemente lo conocía de antes y evidentemente ofuscada redobló el reclamo:

– ¿Acaso no me conoces Eduardo? Te lo he dicho muchas veces ¡no quiero flores ni peluches! Menos aún, si las envías con una mensajería a mi oficina ¿Pero qué es esto? 
El hombre se puso rápida y nerviosamente de pié, intentó tomarla de los brazos y decirle que se calmara. Ella, en un leve movimiento hizo un corto paso atrás y manteniendo siempre las manos en los costados, lo miró fijamente un segundo (él estaba atónito, ella furiosa, casi indignada) y después habló, con un tono de voz más bajo pero mordiendo los dientes: 
-Basta de ridículos regalos. Olvidate de que existo. 
Sin más, se volvió hacia la puerta y se fue caminando rápidamente, con pasos cortos y la espalda recta. 
Ernesto la siguió con la mirada hasta que la perdió de vista mezclándose con la gente de la calle. No dejaba de preguntarse cómo una mujer así, venía a ese bar, nada menos que a hablar con Eduardo Olmedo. Tal el nombre del misterioso y callado personaje de la mesa de los taxistas. 
Todos los presentes en el bar intercambiaron miradas y con un poco de vergüenza ajena, simularon seguir haciendo sus cosas. Los tres amigos de Eduardo, esperaron que tomara asiento, simultáneamente se inclinaron sobre la mesa y como nunca, le prestaron absoluta atención.
Empezaron una frenética carrera de preguntas sobre el incidente de la mujer:

-¿Pero quién es esa tipa que te viene a tratar así a vos? ¡Yo la hubiera sacado de los pelos!- vociferó Mario Gómez.

– Es una hermosa mujer, se veía un poco enojada, no le gustaron los regalos- dijo un poco acongojado Rubén Alondres. 

– ¡Cómo se te ocurre regalarle flores y peluches a una mujer en ésta época! Sos un tarado- sentenció Maximiliano Olavaria. 
Eduardo Olmedo, humillado por la situación y por los comentarios de sus amigos, sólo atinó a decir: 
-Ustedes no pueden imaginarse cuánto me ha costado decidirme a hablar con ella… Cuando lo hice, ella me siguió la conversación, y así, más que llevarla y traerla en el taxi, nos hicimos amigos. Yo creí que empezando con algún lindo regalo, quizás después podríamos ir a cenar, a tomar una copa y luego quien sabe, llevarla a mi casa, besarla… Ella me trató siempre bien, yo pensé que podría darse algo…

-¡Pero no ves que sos un tarado! ¿¡Cómo podés imaginarte que una mujer así te va a mirar a vos!? Yo con mis escasos 23 años me doy cuenta del tremendo disparate que es todo esto… ¿Amigos? ¿Decís que se hicieron amigos? ¿Y para enganchártela le mandás flores y peluches? ¡Sos un salame!

Los tres siguieron criticando la técnica de seducción del amigo Eduardo, él volvió a su silencio de costumbre, con la mirada perdida.
Ernesto no pudo dejar de compadecerse de la humillante situación por la que pasaba Eduardo. Pero igual, no dejaba de agradecer por el acontecimiento de aquel incidente que rompió por momentos la monotonía del lugar.
Incrédulo de todo y como si lo pasado fuera poco para ese día de sobresaltos, alcanza a ver por la ventana, como un móvil de la policía estacionaba frente al bar. Dos uniformados irrumpen en el local y bajo los cargos de acoso sexual, se lo llevan preso a Olmedo, sin que nadie esgrimiera ni una sola palabra.