Historia colectiva. Parte X: Los fantasmas de la soledad - Excitado por lo acontecido, esa noche le fue imposible conciliar el sueño. Abrió el cajón de la mesita de luz, extendió la mano y sacó una vieja libreta cuyas hojas eran más amarillas que las caídas de los árboles una tarde otoñal. Buscó una lapicera sin vida y entre garabatos casi invisibles escribió algunos interrogantes: […]

Excitado por lo
acontecido, esa noche le fue imposible conciliar el sueño. Abrió el cajón de la
mesita de luz, extendió la mano y sacó una vieja libreta cuyas hojas eran más
amarillas que las caídas de los árboles una tarde otoñal. Buscó una lapicera
sin vida y entre garabatos casi invisibles escribió algunos interrogantes:

-¿Por qué rosas
blancas?

– ¿Habrá sido
la casualidad de un viaje lo que encontró a Eduardo con esta misteriosa mujer?

– ¿Estarán
conectados Dyna, Eduardo, los taxistas, Luis y el mismísimo bar?

Dejó de anotar
y comenzó a caminar por el departamento, parecía muy muy lejano el amanecer.
Sentía que estaba en medio de una historia cuya trama surgida de la fantasmal
nada era fantástica, irreal y casi alucinatoria.
Quizás seguir a
Agatha Christie me hace pensar estupideces, murmuró en voz alta.
Fue al baño. Comenzó
a matar el tiempo afeitándose, una de esas cosas que no solía hacer con
frecuencia. Si bien no estaba desarreglado tampoco era muy meticuloso con su
imagen. Frente al espejo sus años se dejaron notar: algunas arrugas, la cara de
cansancio y esos ojos experimentados que ven todo o no ven nada. Que saben y
callan, que dicen y mienten.
Tantos años al
servicio de esta profesión sin descanso sin nada bueno. Tal vez la mente le
jugaba una mala pasada tejiendo mitos y uniéndolos con personajes frecuentes de
un bar. Quería saber que tan loco estaba o lo cerca que podía estar de
descubrir una historia que fuese la historia de su carrera.
La mañana se
hizo presente, el día era fresco y eso no ayudaba a la delicada salud de
Ernesto. De igual modo, no iba a dejar que una tosecita arruinara su encuentro
con la dependienta de la florería, aquella que podía armar el misterio o
simplemente confirmarle sus sospechas de señor mayor.
Caminó algunas
cuadras. Cuando llegó a la florería, la señora lo reconoció de inmediato:
-Buenos días, ¿ha vuelto por las rosas blancas para su
amiga, verdad?
-Si, claro que si. Ella es una fanática obstinada de las
rosas blancas, nunca supe por qué.
– Son flores maravillosas, salen de lo común. Pocas personas
las compran, es un sello
distintivo.
– Pero las rosas rojas son rosas. Sean de cualquier color
siguen siendo rosas.
– No crea. Las rosas blancas simbolizan algo eterno, frágil.
Cada quien les da un valor o significado. ¿Recuerda a la señorita que ayer le
ganó de mano al comprarlas?
– Una mujer muy elegante, bella. Sí, recuerdo. Su nombre era
Dy…Dy…
– Dyna Pessini, una muchacha que las compra todos los
jueves. Es como una tradición hace ya cinco años. Es exigente, nunca pueden
faltarle sus doce rosas blancas. Una vez comentó que son algo especial. Como un
recordatorio o una muestra de afecto para alguien.
– Ah, es una clienta de años. ¿Nunca contó nada en
particular sobre su gusto floral? Digo, quizás así entienda a mi amiga.
– Jamás interrogo a mis clientes, no es de mi incumbencia su
vida privada. Muchas personas regalan flores por amor, otras por decoración y
otras las llevan al cementerio para sus seres queridos. Por favor, señor, no es
un crimen o un misterio el comprar flores. Aquí tiene las suyas, son 32 pesos.
– No quise ofenderla, son cosas que uno pregunta de viejo.
Ya sabe.
– Que tenga buen día, debo seguir trabajando.
Ernesto arruinó
su única oportunidad para conocer más la vida de la misteriosa Dyna. Caminó con
las rosas blancas que luego tiró en un cesto de basura. Se paró un instante y mentalmente
recordó ciertas palabras que dijo la dependienta: “cementerio, crimen, misterio.”
No, esto si que
no. Seguro son disparates de un viejo que ya no tiene que hacer, se dijo.
Caminó un largo
rato hasta llegar a una plaza. Ese polvo anaranjado que mancha los calzados se
levantaba con los soplidos del viento. La tos atacaba un instante, la caminata
se tornaba pesada. Otra vez no, decía para sí.
Si ese Marcos,
medicucho de veintitantos me agarra de nuevo, no podré soportarlo. Lo único que
me falta es escuchar un sermón de ese pendejo, 
exclamaba con cierto enfado.
Algunos
instantes después divisó un banco verde. Pensó  llegar hacía él a sentarse para descansar la
agitación del momento. Podía distinguir algo sobre el mismo, pero sucede que la
visión lejana no es la misma que tenía en sus años mozos.
Cómo una broma
del destino, cuando por fin se acercó, vio una rosa blanca apoyada sobre un
pañuelo de hermoso bordado. Miró alrededor, quizás estaba Dyna…
Para su
sorpresa no había nadie. Solo y confundido, sentía no entender nada.