La dignidad de las putas (Parte I) - Manifiesto Contra Comenzamos la serie de artículos dedicados a explorar los intersticios de la moralidad y a preguntarse desde otra perspectiva sobre los fenómenos que tenemos a cada lado. Para arrancar, la prostitución. Promete… Por Ha-Shatán No buscamos aquí hacer un credo de la marginalidad, ni santificar a aquellos que allí viven, tan sólo, estas […]

Manifiesto Contra

Comenzamos la serie de artículos dedicados a explorar los intersticios de la moralidad y a preguntarse desde otra perspectiva sobre los fenómenos que tenemos a cada lado. Para arrancar, la prostitución. Promete…

Por Ha-Shatán

No buscamos aquí hacer un credo de la marginalidad, ni santificar a aquellos que allí viven, tan sólo, estas líneas proponen repensarla y, a través de ello, repensarnos. ¿Cuánto de lo que empujamos a la marginalidad es realmente natural de allí y no centralidades de nuestra cultura, moral y hasta sistema social que simplemente buscamos soslayar en una impostación socialmente estructurada? Cuándo nos proponemos desandar este camino quizás el primer punto que se nos evidencia radica en la prostitución y su figura protagónica: la trabajadora sexual, meretriz, prostituta, ramera o, aún más descarnadamente, la “puta”.

Pero, a veces, lo verdaderamente escabroso es escapar a la obviedad y el ritmo dulzón que impone la guitarra del rosarino Piturro Rodríguez a la canción “Me llaman calle” del francés Manu Chao se nos urge insoslayable, y es lógico que así sea, la “puta” es y ha sido desde tiempos remotos una predominante entre las figuras trágicas femeninas de todas las expresiones artísticas. La historia de la griega Friné remonta esta historia de incidencia cultural hasta el siglo IV antes de Cristo y desde allí veremos desgranar una constante donde la “puta” surge como fuente de inspiración hasta llegar a June Mansfield Smith, inmortalizada cinematográficamente en “Henry y June” por ese inagotable derroche de sensualidad que es Uma Thurman, es que June, aquella bailarina bisexual, promiscua y frecuentemente prostituta, es el motor que impulsó la pluma quizás más brillantemente controversial del siglo XX, es decir, la de su esposo, Henry Miller.

Sin embargo, esta incidencia de las “putas” no se ha limitado al papel de musa inspiradora ni tampoco al de una figura cuasi retórica como lo es en “Nana” de Emile Zola. Las “putas” han influido en la historia por peso propio, desde la amante y concubina de Pericles, Aspasia de Mileto, pasando a Madame Pompadour y llegando a, quizás la más influyente de todas, la emperatriz bizantina Teodora, lo cierto es que las “putas” han demostrado ser estadistas tan brillantes como perseverantes en sus objetivos. ¿Olvidamos que a nuestra María Eva Duarte, “Evita”, se la intenta descalificar con acusaciones no del todo infundadas de haber ejercido de algún modo la prostitución? Dejando atrás los resabios politiqueros que siempre han entorpecido el desarrollo de la historiografía nacional en favor de esta mitomanía anecdotaria que despliegan nuestros supuestos historiadores, cabe preguntarnos, si Evita hubiera sido “puta”: ¿Cambiaría en algo el impacto de la legislación que impulsó o, por el contrario, nos serviría para darle una valoración aún más alta de la que actualmente tenemos? Seguramente, la respuesta se aproxima bastante al último término expreso, pero… ¿Por qué?

¿Por qué? Porque las “putas” nos fascinan, siempre nos han fascinado, ya como modelo controversial, ya como antimodelo, pero surgen como una imagen recipendaria de la más diversas virtudes y defectos. Aparecen desde urgidas como símbolo de una peculiar rebeldía ante el mundo masculino hasta ser vituperadas como la esencia misma de la indignidad femenina, y, es, inevitablemente, que en la “puta” están ambos aspectos. Por un lado, se reducen ellas mismas, o más precisamente su sexualidad, al rango de mercancía y, de algún modo, es la femineidad lo que se torna objeto mercantil, empero, a su vez, también son quienes rompen de manera expresa las reglas sociales de tipo patriarcal que vivimos, su relación hacia el varón es de “usufructo” y no la “sumisión” que ha edificado la institución matrimonial. Las “putas” nos fascinan y lo hacen porque con idéntica intensidad enfrentan y reafirman los parámetros morales que socialmente nos imponemos, ellas, de algún modo, son la expresión más palpable de la contradicción con que aceptamos convivir mientras fingimos que ella, la contradicción, no existe.

Pero, decíamos, lo escabroso es escapar de la obviedad y la prostitución es una actividad comercial que nos acompaña desde los albores de la historia y, a la vez, está en constante crecimiento. Este número cada vez mayor de “putas” incluye mujeres mucho menos trascendentes que un modelo de belleza femenina como Friné o una brillante estadista como Teodora, son mucho más terrenales que ellas y no existe aquella grandilocuencia que nos advierte a los gritos de nuestra contradicción, y, sin embargo, la contradicción sigue tan presente como en ellas… ¿Cómo? ¿Por qué? Hay que desandar más camino para saberlo, pero, aunque sea una obviedad, esos versos de Adrián Abonizio en la voz de Juan Carlos Baglietto no dejan de repiquetear en nuestros oídos. “Yo sé que una mujer valiente se inclina igual” dice el cantor y la cabeza busca ver ese inducido más allá.