Ensayos | La muerte y los derechos humanos - Segunda entrega del desafío propuesto por nuestro compañero. ¿Por qué y para qué la defensa de los derechos humanos? ¿Desde qué lugar llevarla adelante? Los invitamos al debate… Por Tulio Mandarín Ledesma ¿Por qué razón erigirse en la defensa de los derechos humanos? ¿A raíz de qué convicciones establecer un plan de acción centrado en […]

Segunda entrega del desafío propuesto por nuestro compañero. ¿Por qué y para qué la defensa de los derechos humanos? ¿Desde qué lugar llevarla adelante? Los invitamos al debate…

Por Tulio Mandarín Ledesma

¿Por qué razón erigirse en la defensa de los derechos humanos? ¿A raíz de qué convicciones establecer un plan de acción centrado en la reivindicación de tales derechos? ¿Cómo sustentar una posición firmemente dentro del plano político sosteniendo esos principios? Estas inquietudes un tanto prohibidas, y algunas otras más, son las que suscita un tema de tanta complejidad. Los derechos humanos están recubiertos de una lámina de santidad que vuelve difícil una aproximación analítica.Hay que hacerse de coraje para poner en cuestión críticamente los derechos humanos. Los epítetos están a la orden del día, a la espera de para ser lanzados. La explicación que más rápidamente se acerca a la conciencia se refiere a la presencia del miedo: el terror inspira desconfianza e, inmediatamente, motiva una reacción de protección, una postura defensiva con contundentes demostraciones aguerridas. No es menos entendible, los acontecimientos históricos espantan en una mirada al pasado sangriento; los crímenes sobreabundan y las muertes sin justificación aparente abren un hueco en las almas de quienes a la distancia lo sufren.

Pero es preciso preguntarse, ¿tiene la muerte, en algún momento, explicación? ¿Puede decirse que un crimen, enmarcado en sus circunstancias concretas, tiene sus razones racionales? ¿Alcanza a la muerte la racionalidad humana? Parte de la respuesta dada a estos interrogantes es definitoria para la cuestión. En ella subyace una concepción metafísica que se vuelve crucial: depende de la postura particular tomada ante el mundo esa respuesta oscilará entre múltiples posibilidades; la consideración reflexiva de esas posiciones es la tarea.

Quizás algún enlentecido proponga la anulación de la discusión y declare a viva voz la inutilidad de cualquier revisación crítica de estos aspectos: hay cierto costumbrismo espiritualista que se rehúsa a remover mediante la reflexión algunos temas bajo el cuestionable argumento de que son profundos y esenciales. Es justamente esa misma esencialidad la que, en este caso, incita su repaso.
Si estamos de acuerdo en la desaparición de Dios y sobre sus restos nos paramos, necesariamente estamos asumiendo, a su vez, la desaparición absoluta de todo valor supremo que rija sobre las existencias humanas. El hombre está suelto a su propia voluntad. La anulación de Dios es una rebelión contra todo fatalismo, si es en verdad una anulación. Sin embargo, en tantísimos casos, la presencia divina subsiste bajo apariencias engañosas, encubierto detrás de postulados de un supuesto ateísmo: la fatalidad se reconvierte en científica y se filtra en mentalidades aún subyugadas a los principios idealistas.

En efecto, si somos conscientes de esa revocación absoluta de los valores superiores y, por lo tanto, rechazamos cualquier sentido previo que posea la vida, ¿apelando a qué valores y a qué trascendencia defendemos la existencia de una partición entre el Bien y el Mal que nos permita enjuiciar a los partidarios de estos últimos? ¿Sobre qué bases creemos sustentar los derechos humanos? Entramos en la encrucijada que nos revela la hipocresía: al hablar de derechos humanos estamos hablando de una invocación implícita a determinados principios, que nos permiten realizar la clasificación de los espíritus, que surgen de un determinado juicio de valor sobre el mundo, especialmente, el juicio de valor que realiza el cristianismo: los derechos humanos no serían, entonces, otra cosa más que la reproducción laicizada del castigo y recompensa cristianos. La consumación de una acción noble merece la recompensa agradecida; la perpetración de una acción errónea y pecaminosa es sancionada con el castigo. En base a los derechos humanos los hombres muestras sus credenciales y se someten a evaluación: es en ese enjuiciamiento moral en dónde se decreta la humanidad o inhumanidad de cada uno.

Se comprende, de primera mano, que la ausencia total de sentido vital nos otorga la justificación del crimen: si no existe Dios, si no hay ningún valor supremo y trascendente que marque el accionar correcto, que me designe mi comportamiento, entonces soy libre de hacer lo que quiera, aún si eso significa asesinar a mi congénere. Esa atrocidad es verdaderamente escandalosa ante los ojos piadosos del hombre culturalizado de Occidente. No es permisible ya que tira abajo todas sus construcciones más o menos firmes. Se necesita el Bien y el Mal para dispone una relativa organización en la existencia cotidiana; los derechos humanos son el surgimiento radical de esa organización ante actos de extrema violencia sangrienta.

Pero la anulación del sentido, la aceptación del absurdo existencia al que lleva el fallecimiento divino y, por consiguiente, la renuncia a todo valor anterior y trascendente, no necesariamente expone al hombre a un campo de permisividad absoluta. Que nada este prohibido significa, a su vez, que nada está permitido. Llevar a cabo una acción necesita de un juicio y una finalidad, por lo tanto, se regresa a la existencia de un valor supremo; la negación de la divinidad, en consecuencia, deja al hombre en un limbo de incertidumbres: no puede correr para ninguno de sus lados, está encerrado en un callejón sin salida. La muerte de Dios impone una necesidad, más bien, coloca al hombre ante el inabarcable reino de la necesidad. A partir de entonces, es la fuerza la que impondrá su sentido y declarará los valores por los cuales se ha de regir el mundo. La expectativa se abre como la amenaza a una guerra insoportable y eterna, un conflicto encendido entre fuerzas opuestas que pretenden imponer su sentido.
Quizás haya quién proponga entregarse al devenir y buscar en la tierra, reconvertida en una especie de divinidad, la salvación humana, aceptando dionisiacamente tanto el sufrimiento como el placer de la tierra, adoptando, de algún modo, la postura de complacencia con el mundo que caracterizó a Cristo y luego el cristianismo degeneró. Esa postura ascética frente una esperada divinidad sin inmortalidad, una confusión con la tierra que es lo único verdadero, ese giro que es, en definitiva, un abandono a la rebelión primera que llevó a la negación de la existencia de Dios y la búsqueda de su reemplazo: el hombre niega a Dios y, una vez seguro de haberlo destronado, busca reemplazarlo. Pero aquel que sostenga su esfuerzo rebelde que ayudó a aglomerar coraje para lanzar aquel ‘no’ que lo cambió todo, se enfrenta al mundo con voluntad creadora: a partir de ahora es el hombre quien asume su responsabilidad de crearse los propios valores.

Esa creación de valores acarrea, por supuesto, la contradicción de fuerzas, el encuentro y la conflagración. La inteligencia del rebelde que supo emitir la justa negación le demuestra que esa negación de la esencia divina es, a su vez, la afirmación rutilante de su propia libertad y del mismo modo que él se vuelve consciente de ese contenido que hasta ahora venía siendo negado por una fuerza ajena, que estaba dentro suyo, latente, rugiendo, a la espera de explotar, conjetura que esa propiedad está presente, definitivamente, en todos los hombres: así como él, en su acto de rebelión, se hace consciente de su libertad, pasa a suponer que esa libertad es condición de todos los hombres. Su rebelión lo pone en un plano de igualdad con todos los demás hombres, es el surgimiento y la exclusiva función de la totalidad humana: solo podemos apelar a ella para mencionar la libertad inherente al hombre, una libertad que puede estar alienada o no, pero que siempre está en el hombre por el solo hecho de existir.

Ese valor, la libertad, que precede a su acción rebelde, es lo que funda un ser colectivo: para la subsistencia de ese ser colectivo, que es, en otras palabras, su propia subsistencia, es necesario que resguarde la libertad ajena, la libertad del otro, de modo que pueda preservar la suya. Si la libertad se pone en riesgo, entra él también en peligro. El reconocimiento y, si se quiere, el respeto a la vida ajena es, en cierta medida, una necesidad, un criterio egoísta de auto-conservación. Es nombre de él que el hombre rehúsa la violencia asesina.
La muerte, en esta medida, depende del sesgo en que se lo mire: puede ser un suceso irrelevante que nos despierta mayor interés y, por ende, no gravita si se la impone violentamente a otro; puede referirse a contenido ritual y causar orgullo en quien la recibe; puede ser una tragedia que perdura en estupor durante años. La criminalidad que se le adhiere a la muerte varía dependiendo aquella consideración metafísica que empuja a aceptar o negar la divinidad y, en tanto, aceptar o negar la subordinación del hombre a valores abstractos superiores.

La impugnación de la muerte estigmatizada con el Mal, se realiza, generalmente, reclamando una esencia intrínseca de la vida que la transforma en inviolable: todo aquel que viole la vida, que la niegue, estará negando esa esencia y, por lo pronto, ejerciendo las prácticas del Mal. La vida se corresponde a la corrección y la muerte, como fatalidad maldita, inevitablemente se la asocia al Mal. La muerte es negada por una perversidad inmanente, inseparable de ella, como si fuera la traición de la vida; a su par, la vida es santificada reconociendo un sentido profundo y permanente que habría en ella y la haría dueña de un destino celestial y un sentido trascendente.

Se necesita de una figura supra-humana y extraterrenal que dictaminen las reglas y parámetros para juzgar; en todo caso, el enjuiciamiento no es más que una arbitrariedad humana y, en efecto, una imposición forzosa que contradice el carácter sacramental y, por ende transcendente, extraterrenal, sobrehumano, de aquella supuesta esencialidad. La condena en nombre de los derechos humanos, así declamados como sustancias innatas y propias de la condición humana, es en sí mismo un acto de violencia, una coacción apremiante de una regla histórica.

¿Significa este desvelamiento de su potencial uso paradójico la refutación terminal de los derechos humanos y el pedido de su cancelación? ¿O acaso se refiere a la asunción del carácter de bien histórico, como producto artificial, humano y, en consecuencia, parcial e inequitativo, como toda elaboración del hombre? ¿Desprestigia a los derechos humanos el reconocimiento de su carácter histórico fruto del resultado de una disputa de intereses materiales, la necesidad de una respuesta humana ‘universalizable’ a acontecimientos catastróficos? Los derechos humanos no son más que el reconocimiento urgente de una necesidad novedosa: el nihilismo extremo había llevado a la historia a sucesos escalofriantes, un mundo bañado en sangre y repleto de campos de concentración.

La fuerza se impuso desbocadamente, arrasando con las más débiles de una manera brutal. Esa búsqueda de respuestas es una búsqueda absolutamente legítima; la observación crítica no se dirige a la búsqueda en sí misma, sino a la apariencia de sacralidad que se le pretende dar. La tempestad de muerte abierta en el siglo XX puso el acento sobre esa necesidad; fue un devenir histórico, el resultado de la confluencia de fuerzas en oposición la que produjo tales sucesos y, en consecuencia, de la que emergió tal necesidad; asimismo, el surgimiento de la respuesta fue una consecuencia de esa tensión de fuerzas antagónicas.

La historia hubiera sido distinta si los ganadores hubiesen sido otros. El desarrollo de la historia y, por supuesto, de los sucesos que en ella se inscriben, depende del desenvolvimiento de esas fuerzas en constante tensión; fuerzas históricas que con su accionar, hacen la historia. El juicio que se vuelca sobre el mundo, del cual se extraen las conclusiones vigentes, la necesidad imperiosa de la declaración de unos derechos universales que aseguren las vidas de los hombres asignándole un valor distintivo, intocable, es una consecuencia del azar de la historia. No hay ninguna línea de fatalidad histórica que buscar por el entretejido de los hechos, desde el momento que caducó el imperio infinito de Dios. Muerto Dios quedan los hombres, se dice, y son los hombres quienes, de ahora en más, hacen y escriben la historia.

¿Es, finalmente, la muerte justificable racionalmente? ¿Cómo puede la razón dar una explicación aceptable de semejante irracionalidad? Si partimos de la abolición de la divinidad jueza que sanciona y recompensa, calificando a los hombres entre buenos y malos y, consiguientemente, en humanos e inhumanos, tenemos que necesariamente rebajar la razón de sus pedestales abstractos y despojarla de su contenido idealista: ya no hay ninguna invocación suprema hacia la que acudir, por lo tanto, la razón debe caer al suelo y comenzar en la tierra, es decir, en los cuerpos.

Lo que tenemos, entonces, es nuevamente la fuerza expresándose, el instinto de poderío extendiéndose, la voluntad al servicio de la complacencia pulsional. El nihilismo, en su período negativo, suprime todos los valores que puedan atemperar los actos: en nombre de la razón de la fuerza todo queda legitimado, todo cuenta con su explicación. La muerte, los asesinatos, los crímenes horrendos que un actor particular comente, entonces, deben ser entendidos dependiendo de sus fines particulares, es decir, como la acción de una fuerza concreta en un tiempo determinado persiguiendo fines específicos. Es en el cuadro de conflicto entre fuerzas que se comprenden sus actos, aunque la comprensión no acarree la aceptación. Y es a partir de ahí, de sus resultados históricos, desde dónde pueden extraerse las conclusiones en el presente.

La política de derechos humanos es, en definitiva, una respuesta, netamente política, es decir, de poder, de fuerza, a lo sucedido durante aquellos años; su lectura requiere ser una lectura política, sin evocaciones espirituales ni adjudicaciones de valores transcendentes que degeneran el carácter estrictamente material de los hechos. Si alguna fuerza histórica llegara, alguna vez, para llevar a cabo un nuevo plan de exterminio, crímenes en serie, salvajadas indescriptibles, no será ninguna personificación maligna, un ser poseído por los demonios, sino que será la fuerza humana actuando en circunstancias concretas, sin violar ningún inexistente valor dado de antemano; su enjuiciamiento y castigo, si se realiza en los mismos marcos nihilistas, tendrá que rebuscárselas para no caer en ceremonias religiosas o demandas de esencias eternas ya superadas; en otros términos, el juicio es un juicio político y no desabridamente humanista.

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