Tratado aprincipista - Manifiesto Contra Una exposición en repudio de los insistentes e insoportables principistas que orgullasamente tratan de impugnarlo todo desde su pretendida moral que se cree unívoca y universal. Un humilde rezo para que los sabihondos y biempensantes no nos digan más qué hacer. Por Furibundo Contreras A la gente le gusta hacer las cosas más […]

Manifiesto Contra

Una exposición en repudio de los insistentes e insoportables principistas que orgullasamente tratan de impugnarlo todo desde su pretendida moral que se cree unívoca y universal. Un humilde rezo para que los sabihondos y biempensantes no nos digan más qué hacer.

Por Furibundo Contreras

A la gente le gusta hacer las cosas más sofisticadas de lo que verdaderamente son. Para eso se inventaron los principios, que son algo así como el chaleco salvavidas de los cobardes: allí donde hay una situación engorrosa que requiere de valor y gallardía, se apela a los principios, y los problemas parecen resolverse mágicamente.

No cuesta encontrarse con quien diga:

-Discúlpeme, no es que no quiera, pero no puedo hacerlo por una cuestión de principios.

¿Acaso es posible concebir que un concepto abstracto se superponga a lo concreto de un hecho? ¿En serio piensan que es digno privarse de determinadas acciones simplemente “por principios”? Es, en cierto sentido, bastante absurda la situación:

-Quisiera hacer aquello pero un elemento fruto de la imaginación colectiva que acepté tácitamente sin siquiera cuestionármelo en lo más mínimo me lo impide.

La farsa es clara. Si existe gente capaz de realizar tal afirmación, se entiende por qué no hay mejor clientela para Dios que la propia humanidad.

Es difícil imaginar a un perro diciendo:

-Me encantaría cagar en aquel jardín, pero mis principios me lo impiden.

Los seres humanos se han tomado la curiosa molestia de inventarse ellos mismos las excusas más sofisticadas para no asumirse como unos irreversibles perdedores. ¿O creerán que los principios morales no son otra cosa que la manifestación de una cobardía?

En realidad, lo que los hombres dicen cuando apelan a sus principios es:

-Estaría gustoso de acostarme con la mujer de mi amigo, pero no tengo el suficiente valor para afrontar las consecuencias.

-Sería fabuloso quedarme con aquel dinero, pero temo las repercusiones que tal acto me acarrarían.

Los malvados, en el fondo, no son más que hombres que se animan a hacer lo que ninguno de los “hombres buenos” haría por su irrevocable pavor.

Ustedes me dirán:

-Pero vivimos en democracia, eso demuestra que la sociedad humana ha progresado con el paso del tiempo y ha avanzado hacia formas de tolerancia mutua y respeto de las diferencias.

Sin embargo, la ciencia política se explica muy sencillamente: a usted le gustaría tener a todas las mujeres del mundo, pero es imposible. Por lo tanto, elige una y se casa. Pues bien: a usted le gustaría asesinar a una buena parte de la humanidad y someter a la otra, pero eso imposible. Por lo tanto, se hace demócrata. La democracia y Dios se parecen. En definitiva, la democracia es como Dios: nadie lo vio jamás, pero todos confían en que existe por temor a las represalias

Quizás sea algo pesimista, pero creo que internamente todos los hombres sueñan con convertirse en tiranos implacables y someter al resto de sus congéneres. Si no, ¿Para qué harían falta las leyes, “la moralidad”, las normas éticas? Un dictador es alguien como el señor de la esquina pero que se anima a hacer lo que piensa. Ni más ni menos. ¿O no observamos cotidianamente gestos de vulgares emperadores? Tipos que regañan todo el tiempo, que gritan, que intentan imponer sus opiniones, que discuten, que compiten, que intentan ser más bellos que otros, más inteligentes, más famosos, más llamativos, más deseados, más admirados, más atendidos, más interesantes… simplemente más que el resto.

Y cuando digo gestos de tirano, ni por asomo pienso en el terrorismo o las diversas formas de sacrificios humanos –de los cuales, por lo demás, las distintas religiones han hecho escuela-. Pero nos encontramos ahora que los “hombres buenos” sancionan esas prácticas… y la mayoría de las veces lo hacen en nombre de Dios y los “buenos valores”. Pero, ¿No fue Dios el precursor del terrorismo fundamentalista? ¿O acaso no envío a su hijo a la tierra en una misión suicida? ¿No le pidió, tampoco, al pobre de Abraham que apuñale a su propio hijo simplemente por el placer egocéntrico de comprobar que creían en él? ¿No es eso el comportamiento de alguien que está complemente borracho o drogado? Algo así como si dijera:

-Voy a ver si estos hombres creen verdaderamente en mí… por ejemplo, aquel… Eh, Abraham, soy Dios y, para demostrar tu fe, te ordeno que acuchilles a tu hijo.

¿Un ser que hace tales cosas puede decirnos cómo debemos comportarnos? ¿No está la humanidad en mano de seres –los diferentes dioses- misóginos, autoritarios, impotentes, holgazanes y absolutamente desquiciados? De hecho, ¿No es eso lo que Dios encarna: un tipo que se la pasa mirando lo que los otros hacen, dando órdenes absurdas, imponiendo normas ridículas y, cuando alguno se rebela, castiga y reprime? ¿Puede concebirse un ser más terroríficamente dictatorial?

Se entiende por qué luego suceden las cosas que suceden sobre la tierra.

Cada cosa que los seres humanos hacen es simplemente para manifestar poder sobre sus pares. El problema es que no se atreven a asumirlo. Los animales, en ese sentido, son mucho más sinceros: ellos directamente lo resuelven peleando: no invocan ni ideales, ni creencias religiosas ni valores morales lastimados para agredirse mutuamente.

El ser humano ha generado la idea del Dios Todopoderoso para no hacerse cargo de sus miedos y despachar las restricciones en otro. Con Dios es simple: él indica que no hay que hacerlo y se acabó. En cambio, si Dios no existiera, las personas deberíamos andar saciando nuestros apetitos y satisfaciendo nuestros instintos. Y para eso hace falta coraje.

-Quiero acostarme con esa mujer, cueste lo que cueste… ¿Quién me lo impide?

-Voy a robar aquel almacén… ¿Por qué no lo haría?

-De ninguna manera voy a cederle el asiento a aquel anciano; que se quede parado hasta que se le venzan sus rodillas… ¿Quién me dicta lo contrario?

Tal vez sería todo demasiado caótico, pero ¿Quién puede dudar que también fuera todo mucho más sincero?

Los buenos, aunque en voz baja, están mal vistos. Nadie quiere ser bueno, porque desde el momento en que uno es considerado “bueno” está expuesto a que se abusen de él. Un hombre bueno es alguien al que todos miran con admiración, pero ninguno quiere parecérsele. Si uno quiere triunfar, tiene que despojarse de todas las actitudes de bondad: aunque, de ninguna manera, debe dejar de aparentarlo nunca. Esa es la síntesis de la historia de la humanidad: hacerse el bueno, pero utilizar todos los recursos para cumplir los objetivos. No seamos ingenuos: ¿Alguien conoce a una persona considerada exitosa que pueda mostrar un prontuario de bondades? ¿Existe un ser así? En ese caso, no quiero ni imaginar la neurosis que debe acumular con sus represiones.

Yo, particularmente, no puedo ser bueno, por la sencilla razón de que no puedo dejar de obedecer a mis deseos. Obviamente que algunos debo contenerlos, si no andaría desnudo persiguiendo mujeres por la calle y robándole la cartera a las viejas en las puertas de los bancos. La civilización me impone –triste de mí- algunas limitaciones. Pero otros deseos son incontenibles. No hay quien pueda reprimir todos sus deseos, incluso la mayoría de ellos: los curas lo saben muy bien.

¿Se imaginan lo que debe ser estar encerrado en todo el santo día en un monasterio rodeado de hombres achacosos y parcos que hace años que no tienen contacto directo con una mujer desnuda? Yo temería por mi salud, sobre todo la de mis partes traseras.

No entiendo cómo alguien puede brindarle respeto a alguien que niega de tal forma la vida. Me resulta muy poco respetable un tipo que viste sotana y rechaza los placeres por recomendación de alguien que ni siquiera conoce.

La mayoría de la gente, aceptémoslo, no goza de los lujos de la inteligencia. Es, por el contrario, más bien estúpida. Quizás por decisión del Dios Creador. Es indudable: Dios inventó al hombre estúpido: no hay otra explicación para que Adán se la haya pasado juntando manzanas teniendo a Eva semidesnuda y con todo el Edén a disposición.

Ese es el mayor legado del Edén: la humanidad actual se la pasa negando sus placeres y buscando manzanas podridas por ahí. No hay dudas: casi todo lo que hacemos es una forma más o menos refinada de canalizar nuestros bríos pasionales. El arte, por ejemplo, es para la gente que se masturba o, mejor dicho, para la gente que quiere descansar después de masturbarse y antes de volverse a masturbar. Esto no es nuevo: en eso se va nuestra felicidad. Concepto singular que algunos han querido revestirlo de áureas espirituales cuando es algo mucho más terrenal. ¿Cuál es mi descripción de la felicidad? Una mujer bajándome la bragueta.

Pero los hombres se empecinan en inventar ideas abstractas que rijan sus vidas y se someten a ellas como esclavos. Y todo ello, teniendo como horizonte la imagen de Dios. El hombre es tan ingenuo que cree que Dios creo la humanidad con sumo interés: la única intensión por la que Dios –en caso que sea así- creo al hombre, es aquella por la cual nosotros hacemos pelear a dos langostas.

Ahora bien, Si Dios existe, ¿Por qué existen niños hambrientos, enfermedades incurables o moscas que zumban en el oído cuando uno trata de dormir? Ante preguntas como esta surgen las excusas:

-Es que Dios nos da el libre albedrío- nos dicen.

-Es que el hombre mal utiliza las habilidades que nuestro Dios generosamente le proveyó.

-Es que la humanidad ha perdido el rumbo divino.

Entonces, cuando yo me equivoco o cometo alguna infracción, contesto:

-Como esperan que elija correctamente mi destino si Dios es Dios y es incapaz de elegir un buen papa.

Esa es mi única certeza respecto a la problemática de la divinidad: no sé si Dios existe o es solo una idea, pero lo que es seguro es que elige pésimamente a sus representantes. ¿Por qué no debería de equivocarme, con todas las cosas que tengo en la cabeza, si aquel tipo, que solo tiene que estar sentado mirando lo que hace la humanidad y señalando con el dedo, ni siquiera acierta a elegir a un hombre que se ponga una sotana blanca y haga las cosas más o menos bien? ¿¡Qué sería de nosotros, entonces, si Dios tendría que pensar en pagar los impuestos, alimentar a sus hijos y soportar a un jefe que le hiciera la vida imposible, aceptando humillaciones y maltratos para poder llegar a fin de mes!? Acaso Hitler sería el nuevo Papa. Aunque Hitler existió y todo eso Dios lo permitió…

De todos modos, la Iglesia misma impone el pecado, por ejemplo: si a los curas hay que llamarlos “Padre” pero a las monjas no les decimos “Madre”, entonces es evidente que no fue el Espíritu Santo el que se acostó con María…

Entonces, ¿Por qué el adulterio es castigado si María tuvo un hijo con otro y José no pudo sin siquiera reclamar? ¡Si en las propias Escrituras se promueve el adulterio! ¡Si el propio José fue el primero en padecer tener que hacerse cargo de un hijo que su esposa engendró con otro! ¡Cómo no vamos a intentar acostarnos con todo lo que nos cruzamos! ¡Cómo la humanidad no va a estar corrompida! La posición de las religiones es demasiado facilista: nos prohíben todos los vicios y licencias, pero no son capaces de proponer algo mejor a cambio. Las religiones se dedican a cercenar, pero sus ídolos evidentemente lo pasaron mucho mejor. Tal vez es hora de que empecemos a disfrutar nosotros.

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