Cuentos | Las milicias emplumadas - Texto: Brusco Marechal | Ilustraciones: Disculpen la molestia

La conciencia opera su obligación con lógicas de vigor ostentoso, cuyo efecto entre los hombres se conoce como reglamentos y controles; ese y no otro es el vicio primordial de los protagonistas del relato. Se trata de seres mundanos, rendidos al vanidoso culto de sus propias explicaciones. Modestias fatuas en el concierto de lastimoso enfrentamiento.


Texto e ilustraciones publicadas en el segundo número de nuestra revista.

El embelesado Roberto Melaño (como todo escritor que se precie) era un hombre afín a la ilustración de ideas a partir de historias y parábolas. También decía, nuestro extraviado hombre, conocer experiencias que la memoria colectiva había olvidado por completo, incluso, es imposible hallar rastros documentales de algunas de ellas (la mayoría), razón por la cual muchos le endilgaron a Melaño el ser víctima de arrestos de mitomanía o simplemente dijeron que se trataba de un incurable mentiroso.

Una de esas historias relatadas por Melaño versaba acerca del adoctrinamiento y la homogeneización mental de las comunidades. Según nuestro fatídico autor, existió un lugar en donde hasta los pollos fueron adoctrinados. Contaba el recusado escritor que en aquel sitio –que él ubicaba en lo que hoy conocemos como Medio Oriente – las gallinas y los pollos habían sido sometidos a un intenso trabajo de domesticación, logrando regimentarlos en base a firmísimas normativas y costumbres militares. Semejante militarización no respondía –explicaba Melaño – a ningún capricho irracional, sino que guardaba una razón importante: aquella comunidad dependía pura y exclusivamente de la producción de huevos, por lo que apuntalar las técnicas y reducir los márgenes para el error era una necesidad que los gobernantes concebían de primer orden. De ese modo, las granjas fueron organizadas de acuerdo con criterios militares. Desde el comportamiento de los hombres vinculados al negocio directamente –y, en consecuencia, también el de aquellos vinculados indirectamente, que eran casi todos – hasta el de los propios animales, fue moldeado en función del perfeccionamiento de la producción de huevos. De tal forma –argumentaba Melaño – se había llegado a producir huevos con forma cuadrada («la biología nunca podrá rebelarse al inmenso poder de las inteligencias del hombre, capaces de doblegar y supeditar a sus voluntades aun lo que parece inconmovible», afirmaba sentenciosamente nuestro apresurado escritor). Las gallinas, luego de un intenso entrenamiento, habían sorteado las trabas biológicas y modificaron la estructura de sus productos.

No es necesario destacar que en aquella sociedad se habían extinguido las gallinas reproductoras, habiéndose dedicado todas a la producción de huevos comestibles. Esto era, evidentemente, un tope para su desarrollo, ya que la muerte de la última gallina ponedora significaba que la comunidad se quedaba sin medio de subsistencia. Sin embargo, los teóricos y especialistas argüían que tal problema no emergería tempranamente y, en todo caso, siempre intervendrían factores externos que recompondrían la situación o, en todo caso, se le pedirían a algún vecino bondadoso algunas gallinas para reactivar el ciclo. La certidumbre de tales afirmaciones podía ser cuestionable, pero no así su verosimilitud: casi todos confiaban en ella y se volcaban al ejercicio avícola. En los relatos (siempre variables según el espesor etílico) de Melaño, había algunos productores que se habían rebelado al mandato avícola e intentaron desarrollar la industria de las carnes, viéndose rotundamente fracasado su afán por la indiferencia del mercado, órgano compuesto por cinco granjeros que se encargaban de comprar la mercadería y repartirla entre los habitantes. Melaño relata que el desplante que el mercado hiciera sobre los productores cárnicos se debió a una inquina personal entre uno de los principales referentes del movimiento rebelde y uno de los socios granjeros que controlaban el mercado. Sin embargo, estas referencias son francamente incomprobables (casi tanto como toda esta historia).

Continuaba sus relatos, el bueno de Melaño, contando que en aquel pueblo los gallos no poseían crestas –tan ridículo atavío – sino que habían sido remplazadas por gorros militares, mucho más acordes y complementarios a la rigurosidad y la pulcritud disciplinar de la comunidad. Los gallos de más alto rango –nos dice Melaño – eran solemnemente respetados por el resto a tal punto, que los subordinados que infringían alguna normativa podían ser ejecutados por sus pares mediante un furioso ataque colectivo, siguiendo la orden de un superior o, en todo caso, eran notoriamente segregados, de modo que el granjero de turno lo notara y generosamente pasara a degüello al sublevado. Esos dramáticos y frustrados pollos rebeldes eran los comestibles. De cualquier forma, existieron casos de infortunio, en los que pollos disciplinados y obedientes eran encontrados circunstancialmente en soledad y hechos a la parrilla. Recuerda el memorioso Melaño que hubo una larga lista de denuncias de miembros de la comunidad que provocaban emboscadas o instigaban la desobediencia en los pollos para conseguir motivos y ultimarlos y llevarlos a la mesa. También nos dice Melaño que la justicia estableció algunos parámetros para acabar con estas provocaciones y que esas leyes fueron conocidas como el «Estatuto de Protección de las Aves». Pero las mentadas experiencias no fueron demasiado resonantes y –como todo – se olvidaron en beneficio del orden general de la comunidad.

Las milicias emplumadas | Ilustra: Disculpen la molestia

Las costumbres –nos apura Melaño – también seguían una inquebrantable lógica militar. De hecho, Melaño remitía a los especialistas en el asunto para graficarlo: «es imposible –decían estos ignorados estudiosos – lograr la transformación de las conductas sin una férrea disciplina y la repetición mecánica de las rutinas». De ese modo, en aquel pueblo, los pollitos se levantaban más temprano que en ninguna otra parte. Cerca de las tres y media de la mañana, los gallos de guardia se posaban sobre el poste de aviso y emitían su particular canto, cuyo significado era el deber despertarse para toda la tropa laboral. También tenían otros anuncios especiales, como el de alarma ante la inminencia de peligro o el que llamaba a reunión. El tradicional cocoroqueo sólo se ejecutaba en las ceremonias de gala, cuando los granjeros celebraban algún acontecimiento trascendente para la comunidad. Luego del despertar –detalla el aguzado Melaño – los pollitos llevaban a cabo una exigente práctica de ejercicios físicos y marchaban ordenadamente por toda la granja, ante la adustamente atenta mirada de los superiores. Melaño decía que aquella era la forma que encontraban para moderar las conductas, única vía para el mejoramiento productivo y la convivencia pacífica.

En ese contexto, los granjeros tenían un lugar secundario, pese a ser quienes tomaban todas las decisiones y hasta eran capaces de remover a los gallos jefes si estos no respondían correctamente a las directrices o promovían condiciones espirituales inoportunas en sus subordinados. Tal es el caso de algunos gallos rezagados por la historia que, habiendo sido generales, intentaron organizar a los pollitos y las gallinas para lograr comportarse a voluntad y abandonar los corrales asfixiantes. Todos ellos –nos cuenta Melaño – fueron delatados y, como su carne vieja y maltratada es poco apetitosa, fueron lanzados a los perros.

Ciertamente, no sabemos si aquel pueblo existió de veras o es sólo producto de la imaginación de Melaño, incentivada por la necesidad de tener siempre algo que contar en las reuniones para no perder el centro de atención. De todos modos, el propio Melaño, tan volátil el magnánimo, aseguraba que la existencia real del lugar carecía por completo de importancia y lo que sí tenía sentido era su existencia imaginaria, como un pueblo fantasma que se presenta en nuestras mentes y por ese simple hecho cobra realidad. Aunque esto quizás sea dicho por Melaño únicamente como un elaborado subterfugio, dado que tales rimbombancias le permitían robar las miradas de las mujeres que compartían con él la mesa.

Las milicias emplumadas | Ilustra: Disculpen la molestia

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