Poesía | Desnudos - Por Nerina Ariaca

Los raros,
naciendo a la vida para comenzar a morir.
Dicen que somos la figuración de un género muerto,
cargado de balas inquilinas capaces de terminar con el fuego.
Que vinimos a la palabra, desde la palabra insistiendo en el cuerpo.
Que terminamos con la humedad, con la confesión equívoca del desterrado.
Subalternos detrás de la plaga,
entre carcajadas mutiladas nos sangran las encías al grito de ¡bandera!
y cargamos los fusiles de retórica.
Los insulados,
sufriendo la carne para dejar de ser, en el ser, una huella de confesión.
Dicen que pintamos la estación en el delirio de hablar,
que somos trapecistas paralelos
que emergen hacia la soledad para confrontar el duelo.
Los hijos,
momentáneos espejos en la rebelión de los convictos,
el cáncer en todo carnaval flotante de intensa agonía.
Los que luchan desde la ceniza bajo un mismo terrorismo
de pertenecer al estigma polo lengua.
Los asesinos inacabados de la incertidumbre.
Hablan de nosotros cuando nos tildan de absurdos.
Como si fuéramos errores ópticos de la historia,
como si serlo nos alejara de la hoja.
Pero, qué pueden entender ellos de nosotros
si los parlantes del sistema enmudecen al bohemio.
Pero, qué pueden saber ellos de las máscaras
si en el circo del idioma pocos sobreviven.
«Todos de pie que ahí vienen los raros», se oye.
Todos de pie
incluso nosotros, los escritores.

Ni más ni manos - Angela Buron