Crónicas | La máquina invisible - Bajo la sombra de un sauce llorón se esconde la magia del tango que, inoxidable y eterno reúne, sin siquiera despeinarse, la poesías que escriben las calles al ritmo del viento. Quizá la vida sea entonces un melancólico dos por cuatro en donde bailan – no sin pisarse – los recuerdos perdidos de lo que […]

Bajo la sombra de un sauce llorón se esconde la magia del tango que, inoxidable y eterno reúne, sin siquiera despeinarse, la poesías que escriben las calles al ritmo del viento. Quizá la vida sea entonces un melancólico dos por cuatro en donde bailan – no sin pisarse – los recuerdos perdidos de lo que fuimos y las erráticas quimeras de lo que quisimos ser.  

Por Ernesto David Sánchez – Especial para El Corán y el Termotanque

Es una noche normal en Rosario. Mientras me acerco al corazón del macrocentro, se van iluminando las paredes internas de La Sede a través de los ventanales. La silueta del doctor se dibuja con brea contra los garabatos de colores del bar-café. Ya cumplidas las formalidades fraternas, entramos.

Bajamos las escaleras mirando para todos lados como nenes; es la primera vez que venimos, pero todavía es temprano para el show y el comedor está oscuro. Parece que estamos en la boca del lobo. Wolfgang, como quien diría. Las pantallas de las lámparas de techo están decoradas con partituras en color sepia y sobre el escenario flotan varias notas musicales sobre un pentagrama en clave de Sol.

Nos ponemos a charlar mientras esperamos que termine de llegar el público. De a poco, las mesas se van ocupando con algunos adultos disfrazados en sus mejores ropas de salida, y algunos otros adolescentes, ya mimetizados en sus ropas usuales de previa de boliche. Seguramente todos familiares de los músicos, que vienen a apoyarlos. Una noche normal en Rosario.

 

Eterna y vieja juventud

Llega la comida y llegan los comensales. Sobre el escenario, un teclado eléctrico da la cara al público, rodeado por cables, algunos micrófonos y cinco sillas vacías. Como quien no quiere la cosa, un grupito de chicos sale caminando de una de las mesas y se suben al escenario. Lentamente caemos en la cuenta de que llevan instrumentos en las manos, aunque tienen la misma cara de tranquilidad que tendrían si estuviesen tomando una gaseosa en un kiosco. Para ellos, es una noche normal en Rosario.

Arranca la vorágine. Las luces se adaptan al escenario al mismo tiempo que los pendejos le dan una patada al reloj de arena de sus cuerpos y crecen de repente diez, veinte, treinta años. Las notas musicales se desprenden de los decorados y nos cruzan el pecho sin tener respeto por nada. Así; adolescentes. A veces, tan irrespetuosas como habrán sido las de Astor, Edmundo u Osvaldo. Otras, sucias y desgarradas, como las que salían sopladas del tórax de Hugo.

Garganta con arena 

Ahora es el turno de Agustina Roldán, que sube para reivindicar el lugar que la mujer supo ganarse en la garganta del tango, y su participación está muy a nivel de la situación. Sin caricatura ni exageración, solo polenta. El doctor me mira atónito. «Nunca pensé que iba a sacar esa voz». Y, no, hermano; yo tampoco.

La máquina invisible rebosa fuerza, precisión, nitidez, hermandad. La calidad en el sonido va mucho más allá de la mera disciplina y práctica. En cada nota se juega el alma. Cada giro armónico es una historia, de esas historias que nos regalaron los músicos románticos, las que se cuentan sin palabras, solamente con dibujos en el estómago. Y ahí están pintando los pendejos, remasterizándonos en HD el recuerdo monocromo que nos heredaron los discos de pasta de nuestros abuelos, recordándonos a todos por qué el tango es reconocido en todo el mundo como una de las manifestaciones artísticas más hermosas y profundas que haya dado el siglo XX.

Como yapa, una adaptación muy particular de «Giros» de Fito Páez cierra por hoy el puente generacional, y el juego de armonías es reemplazado por el contrapunto del aplauso mientras los chicos vuelven a ser chicos y los grandes también.

Una noche extraordinaria en Rosario.




Integrantes


Bandoneón: Guido Gavazza
Piano: Manuel Martinez
Violín: Pablo Galimberti
Guitarra: Julian Cicerchia
Bajo Eléctrico: Mauro Rodriguez


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5 Comments Join the Conversation →


  1. Anónimo

    Tito es muy hermoso eso que escribiste, sinceramente nunca pensé que alguien se hubiese tomado la molestia de escribir tan lindo texto.
    https://www.facebook.com/Maurisirijillo Este es mi facebook, soy el bajista del grupo, y el facebook que ha puesto no es el mío, igual me alegra saber que hay otro Mauro Rodriguez que toque el bajo.
    Muchas gracias por haber escrito lo que termino de leer que fue muy lindo.

    Reply
    1. coranytermotanque

      Corregido! Gracias por pasar… abrazo grande!

      Reply (in reply to Anónimo)
  2. Tony

    Estuve allí! increíble! Maravilloso!

    Reply
  3. Marilina Negri

    Son geniales!

    Reply
    1. Anónimo

      Usted es un alma noble

      Reply (in reply to Marilina Negri)

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