Crónicas | La guarida del zorzal - Por Teober Lorrat

En el preámbulo de la década infame, la miseria y los vicios esgrimieron sus párrafos en las páginas de la historia. Desde abajo y sin reparo, los menos favorecidos se amontonaban en conventillos o taperas donde reinaba el hambre, la peste y esfuerzo diario por callar a la panza. En la vereda opuesta, los poderosos brindaban sobre el excedente que les firmó su perpetuidad en los sillones, mientras desde el barro los desahuciados sobrevivían prometiendo no conformarse.


Ya pasaron varios minutos. La obra, que se anunciaba a las ocho de la noche, está apenas retrasada en tiempo y aprovecho esos minutos que danzan en la incertidumbre para inspeccionar el lugar. Las ventanas como cuadrados gigantes muestran el domingo rosarino en plena actividad y reciben las miradas de los mortales que pisan las veredas de la esquina. Desde afuera, apenas se ven pequeños detalles del universo que esconde este magnífico sitio, al que juré conocer varias veces pero sólo por una casualidad fortuita llegué a caminar.

Es la hora. Bajamos una tímida escalera que no conduce más que a la oscuridad. Desde el murmullo que convida una luz pobre que nace en un pasillo lejano, se oyen voces que indican que vamos por el camino correcto. Esquivamos algunas mesas y antes de pisar la primera baldosa del zaguán que muere en la sala, contemplo aturdido el mural que abraza este rincón del subsuelo. Los colores son inciertos, pero no sé si aquello refiere a la intención primaria del artista o es un condimento nuevo que sirve la pobre luz que aún nos guía.

«No basta con tener la voz más melodiosa para entonar un tango. No. Hay que sentirlo, además. Hay que vivir su espíritu».

La entrada dice: La Guarida del Zorzal. Sentados ya en las butacas, una foto de Carlos Gardel nos mira desde el escenario y sonríe. Está acompañada de un catre, una mesa chueca, cajones que actúan de sillas y una jaula vacía que, colgada cual campana vieja, vigila la tapera de los años ’20 en donde viven tres amigos. A Gardel le decían Zorzal criollo y su cara explica el nombre de la obra porque, segundos después de preguntarnos acerca del título y su relación con el tanguero, Ulises, Ramón y Silvestre nos contestan desde las tablas.

Los amigos, pobres y disimulados – al menos dos de ellos – repatrian los crueles años de la segunda década del siglo pasado en el viejo barrio de Refinería, en Rosario. Agrupados por el amor que los sostiene, tejen y desandan los caminos que la vorágine incrustada en la supervivencia les propone. Con la bebida como aliada y las apuestas como anhelo para vencer a la suerte, se enfrentan – cobijados en el coraje que canta el tango – a un grupo de mafiosos de aquellos tiempos, al desamor ingrato que pincha al fiero y a la vida misma que los ahorca al triste destino de perecer entre la humedad y el olvido.

Torpes y festivos, con los versos de Lepera en las espaldas, bailan mano a mano con la muerte en una obra que se roba la atención desde la primera línea. El relato es inconstante y a veces se pierde en una neblina que intenta, sin gracia ni cometido, desorientar al espectador; ellos, conociendo los casilleros de un tablero inexplorado no descarrilan en las esquinas y acomodan el timón a tiempo, con tres actuaciones memorables.

«Solo en la ruta de mi destino sin el amparo de tu mirar, soy como un ave que en el camino rompió las cuerdas de su cantar».

Ramón, el líder del trío, esboza en cada paso un nuevo plan para escaparle al destino. Irrumpe con su voz y se aprovecha de los faroles que lo sirven, para llevarnos con su garganta a los adoquines que vieron nacer el tango. Silvestre lo mira. Admira su inteligencia y envidia su buena figura. Reconoce su lugar y entiende que una camiseta sucia dice mucho más de él que un chaleco perfumado. En el piso yace Ulises, víctima de una borrachera juvenil tardía. Inexperto y locuaz, representa en sus nervios la propia indecisión que llevó a los tres a enfrentarse con los poderosos. El amor, la fortuna y el desengaño le pintan un final osado pero inevitable. Preso de su imprudencia, está condenado a pagar con lágrimas la distancia que lo espera en el futuro. Allí quedan los tres, sostenidos por la historia y separados por la realidad.

Un grito cierra la noche y el espesor de la efímera oscuridad se rompe con el primer aplauso. Alguna vez, en un teatro europeo, alguien dijo que el aire que vuela entre la última palabra y el primer golpe de palmas se come la carne del artista. No hubo tiempo para ello, sólo pudimos felicitarlos y agradecerles porque, durante un puñado de minutos, nos llevaron al magma del teatro auténtico.

Integrantes:
Dirección: Valeria Rico
Actúan: Renè del Sol, Leonardo Oliva y Lautaro Lamas
Vestuario: Romina Coletta

Diseño de Luces: Paola Costamagna
Objetos: María Emilia Gómez

Fotografías: Leo Galletto
Dramaturgia: Chakaruna Teatro


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