Cuentos | Marchantes - Por Severino Jauregui

Avanzar, caminar, desplazarse, no indica necesariamente movimiento; estar quieto puede implicar un corrimiento, pasar de un estado a otro, idéntico o similar, sin causas diversas, con apariencias distintas, siempre influido, nunca autónomo. La calle, el recorrido, la vereda, los edificios, las vidrieras, son llamadas, indicadores, materia sólida que se extiende en la materia viva, que casi se va desvaneciendo en la marcha; siempre hay otros que se quedan afuera, la ven pasar. 


Van caminando. Voy. Camino. Un paso tras otro: primero apoyo el taco, después la planta entera; y el otro, de nuevo: también taco, planta, suspensión. A todos, alguna vez, nos acusaron de ladrones de pasos, de fracciones, de formas de andar. Cuando miramos las vidrieras a la pasada, estamos conjugando nuestra amenaza. Todos robamos, en definitiva. ¿Quién puede dudarlo a esta altura? Si caminamos, robamos. Avanzando vamos viendo y dejando atrás vidrieras, otra vez, frentes curtidos, antipáticos, fachadas con su dentadura de zócalos arruinada, huecos, puertas enormes, algarrobadas, enrejadas, otra plancha de vidrio translúcido, atrapando los ojos, chupándolos hacia su centro y escupiéndolos, para que sigan sus pasos reflejantes.

Tengo entendido que caminar es avanzar, acercarse a un lugar, al río, quizás, camino hasta llegar al río, hasta beberlo. Caminar, así, es tomarse el río. Arrastrarme o reptar, congeniar algún tipo de equilibrio que me lleve de un punto al otro de una forma
asimilable, complaciente, dulce, matizada, pero paladeable. Dar un paso tiene gusto. No se puede, entonces, caminar sin rumbo: todos estos años han estado mintiéndonos.

Nos engañaron con desconexiones (los que antes fueron llamados trastornos) y episodios fantásticos, exuberantes de heroísmo. De un tiempo a esta parte fueron quedando sólo reflejos, impresiones automáticas superponiéndose sobre las veredas, que también adquirieron sus rasgos de monotonía y uniformidad, para que parezcan un corredor largo e interminable, para que las paredes de las casas y los locales fueran tabiques de una pista prefabricada. En una pista, sabemos, se corren carreras. Hay que estar apurado, correr y trotar alternativamente, esperar, sopesar los trayectos, estimar los fragmentos por recorrer según el tiempo distribuido, dar una zancada.

Las vidrieras ayudan porque irradian el camino, imitan los pasos de los andantes, o son los andantes los que imitan los pasos que ven en las vidrieras. Sin embargo, son coordinados, se siguen y simulan mutuamente. Nos hicieron salir de la minoría de edad, dejar de reír tanto y sin sentido aparente, porque desgasta el aliento, o provoca el cansancio, quisieron hacernos ese héroe de los caminos, el que pone un pie delante del otro, y avanza. Camina, en efecto. De esta forma, resultaría imposible quedarse quietos: no es real, al fin, la nave de papel que surca océanos y desenlaza batallas a través del charco que hizo la lluvia. Ninguno de los dos entra en consideración: son fenómenos aparentes que no sirven a ninguno de nuestros principios. No hay teoría de la realidad en el barco empapado hundiéndose como un puñado de fibras débiles, una forma acuosa que se deshace en el agua. Nos dejaron sin todo eso, tuvimos que tener algo, no podíamos estar en esas estaciones secundarias. Ese barco y el agua, para nosotros, tuvieron que ser la misma cosa, o un accidente.

La fatalidad, por el contrario, se resuelve en nuestros pasos; en todo caso, en la corrosión de las suelas y en la goma comida por los bordes y la punta. El calzado, en consecuencia, nos define, descubre los pasos que hemos dado, la calidad de nuestro tranco, hasta el ingenio de nuestro andar, nos dice hasta dónde hemos llegado. El zapato, su fenomenología, es la instancia sucedánea al nuevo lugar del camino. Estar descalzo es estar muerto, o cercano a su momento; es casi lo mismo que vivir sin vida, que queda toda atrapada en los zapatos.

Decir que ningún zapato es igual al que anticipó su paso, es una obviedad. La existencia del hombre es, para nosotros, una consecuencia del camino, o del zapato, según el grado del análisis. No podemos entender cualquier gesto creativo por fuera del recorrido y del zapato que pisa, por los pasos que son dados. No hay probabilidad en su ocurrencia ajena a ellos, o carecen de toda validez que nos conforme. Tenemos que saber las leyes de nuestros pasos con una precisión exhaustiva para descifrar las regularidades del camino (una calle, que tiene noche y día, y se funde con el horizonte, tiene que ser difusa, por necesidad): nos dividimos entre la estática y la dinámica, y agrupamos todo lo referente a cada una de ellas, hasta que tuvimos una idea lo suficientemente autónoma como para describir nuestros zapatos con justeza y calcular los que debemos dar, sabiendo que avanzamos, que la baldosa que sigue no es la misma que la rezagada, que la distancia se achica como un fuelle, y si sopla algún bufido, podamos adjudicarlo fácilmente a alguno de los efectos esperables que su causa propicia, que son nuestros pasos.

A veces lo llamamos un ir y venir, por pura modestia. Con el tiempo aprendimos a vocalizar nuestra franqueza y a saber utilizar algunos ocultamientos para inflar de valor nuestras ideas. Es lógico, el paso de los años las fue afectando, las volvió dubitativas, demasiado permisivas. Perdimos firmeza, como dijeron algunos. Tuvimos que repasarlas una a una, corregirlas, someterlas a tratamientos costosísimos para que no desfallezcan. Son ideas, al fin, y también mueren. Si consideramos que todo lo que nos han dicho es mentira, tenemos que pensar en la muerte de una idea. Y podemos darle muerte a la idea. Supimos estirarle la vida, a pesar de los hombres, pero su perduración, sabemos ahora, no será infinita si no estamos atentos a nuestros pasos y ponemos cuidado al levantar un pie y seguirlo con el otro.

Por momentos olvidamos que sólo tenemos que caminar y llegamos a distraernos con algún detalle nimio del camino. Ese corredor perpetuo se vuelve tortuoso, nunca es posible observar algún fin, siempre extrayéndose como espejismos, saltando hacia adelante, deslizándose con nuestra velocidad, aprovechándose de nuestro impulso. Tenemos que mirar, en algún momento, una de las minucias que se destacan en el plano liso de nuestra mirada y del pedazo de vereda que está justo debajo de nosotros. Por eso las calles tienen que ser cada vez más grises y aburridas, llanas, sencillas, minimalistas. Nosotros, caminando, somos minimalistas: expresión mínima de un paso que va detrás de otro.

Si lo único que importa son los pasos, la contemplación ensimismada de los pies y del suelo que nos aprontamos a pisar es la única curiosidad. Para qué medir otra cosa: apenas nos interesa el largo del calce, la porción de espacio que cada paso ocupa. Ir de atrás hacia adelante sería innecesario: todo comenzó con nosotros, que para eso fabricamos nuestra regla de la diferencia y nuestros zapatos y comenzamos a fijar los perímetros de las calles y las veredas, aplanar el asfalto, establecer niveles, acumular hechos (o pruebas) y compararlos y sacar deducciones, atentos a los pies, midiendo cada paso. Es inevitable, está en nuestra condición, es la forma final de la maduración: uno tras otro los pasos se agregan y llegan, en este caso, al río. Es poético, si necesitamos conmovernos, imaginarnos de rodillas lamiendo el agua.

En todos los hombres se repiten los pasos, ese es nuestro patrón primigenio. Después de eso, le hacemos algún lugar a la fantasía y al juego entre los signos, las escrituras y las menciones de los objetos, del río, otra vez. El río y nuestros pasos, por ahora, entran en un zapato. En todos, por ende, está el río: caminar esta calle lo involucra. Todos estarán, en un momento o en otro, mojándose la cara y la boca al final del recorrido: van a tener sed y calor y ansiedad por el cansancio. Todo quedaría justificado: en el río, llegado el caso, bracearían, aflojando los músculos, estirándose en partículas que se desanudan y se propagan bajo el brillo de la luz en el agua.

Pintura: Susana Millán

Ir es agotador, dar paso tras paso, mirando abajo, con los ojos redondos y disecados, la boca pastosa por esa fiebre de alerta, el pánico que produce la posibilidad del error, equivocar un paso, perder el tiempo, fallar. No es bueno permitirse meandros, desviaciones, tenemos que responder eficientemente a la necesidad del camino, esa pulsión lactosa de las calles lineales extendiéndose, eso sí, hasta el río.

Es azul y fresco, tal como lo alucinamos; le da el sol desde un costado y lo hace naranja, después sube y lo acentúa opaco y profundo, como si la temperatura del viento lo hubiera endurecido, fijado una capa impermeable que lo cubre, y adentro se conservara todo el río como una pasta viscosa, de la que, si nos tardamos demasiado, no podremos beber. Con eso explicamos muchos de nuestros apuros y de nuestros espantos, y paulatinamente los hemos ido generando para aplicárnoslo como si fueran dosis de un veneno, cuando requiriéramos un poco del terror, porque nos fue llevando la temeridad, o porque nos dejamos dominar por alguna ensoñación perturbadora de los pasos, que nos hiciera tropezar.

Para nosotros el sueño y todos los elementos de su campo, eran el tropiezo. Un paso bien dado tenía que prescindir de ellos por completo, ser estable y mirado; evaluados y notificados, esos pasos, casi como dígitos, numeraciones decididas que pudieran clasificarse, de los que pudiéramos hacernos plenamente responsables. Los pasos y la conciencia eran un único significado. Así debía ser: también forjamos una férrea moral del caminar que nos obligaba a seguir marchando, darles a nuestros pasos un ritmo y una modulación, como si fueran algo separado de nosotros, una articulación extraña y melodiosa que sonaba en la realidad de la vereda y su acontecimiento. Los hicimos lo más parecidos que pudimos a nuestro paso ideal.

Podríamos recordar los pasos realizados, tenerlos archivados como máquinas armadas con precisión, que supieran todo de los trayectos y de los recorridos, pasos que dimos y que pudieran hablarnos de los que daremos, pasos premonitorios vivos en ese pasado que contenía todo el porvenir de nuestra caminata. Después los fuimos asimilando, como todo, y hasta inventamos sueños y formas de dormir coherentes con nuestra marcha, sin detenerla, como un entrenamiento o una amplia sala de experimentación, donde buscábamos todo aquello relativo al paso, a su sustancia, para darlos en plena vigilia sin tener que recapacitar en ellos.

Hicimos que nos sirvieran: pudimos soñar carreras perfectas, largas caminatas, competencias de velocidad y destreza, innúmeras fortunas para la ligereza, celestiales adoraciones a la fugacidad, saltos inmensos que ahorraran cientos de pasos, que ya no valían más que en su plano acumulativo.

Hubo que aprender a levantar correctamente las rodillas, flexionar las piernas y dar la zancada larga, sin apurarse, siguiendo un registro criterioso de los movimientos realizados y de los fragmentos del espacio que debían ser ocupados, reducir al mínimo los influjos de fuerza negativa y favorecer la inercia de la marcha. Naturalmente, los métodos se fueron actualizando a medida que alguno encontraba un mejor modo para el desplazamiento, el aprovechamiento de la energía, el rendimiento del impacto del pie sobre la calle. Llegamos a la conclusión de que nos convenía tener una voz de mando, una indicación sonora que nos avisara cuando hacer cada gesto, grito unánime de nuestra técnica depurada, y así cada uno se fue marcando los pasos con un ruido grosero y torpe, pero eficaz para mantener la consecución modulada del tranco.

No quisimos hablar sobre la naturaleza de nuestro tranco, buscar definiciones sobre su condición, pero sabíamos que había quienes lo hacían mejor que otros. Algunos se fueron agrupando alrededor de uno con voz ronca y despreciable para que les avisara y los contuviera en la caminata; otros se daban una voz ruin a sí mismos; pero todos de manera semejante, educados o guiados por una ronquedad uniforme, que era el único fundamento de nuestra disciplina.

En la calle hubo árboles, pájaros, florecimientos y hojas secas envolviendo semillas en el otoño, ahora a lo lejos resuena alguna chicharra en esporádicas noches, todo lo que se escucha son esos graznidos estomacales que van señalando el deber de cada paso. Es horrible, por momentos se vuelve desesperante, un hábitat horrible poblado de gangoseos abominables, jadeos guturales incapaces de conformarse en una voz, gruñidos aterradores que interfieren la melodía de los pasos y se las apropian, volviéndolas una vuelta dentro de su música bestial que nos aterra y nos hace seguir caminando, como temblando, escapados, asustados.

Sin embargo, los gritos saltan por todo alrededor, como si fuera imposible la escapatoria. Y lo es: ésta es la calle que caminamos, la única que abrimos y alargamos. En eso somos pesimistas, tal vez, hasta algo quietos.

No dormir no es un problema, le llamamos insomnio al que no aprendió a dormir caminando, y no puede cerrar los ojos porque caería en la trampa embriagante del sueño, se soltaría a sus flujos imparables y se le debilitarían las piernas y terminaría cayendo, por no tener los pies afirmados al suelo.

El dolor que sentimos es por el cansancio, o por los que han ido sucumbiendo, abandonando, derrotados por el caminar. No es tan sencillo, todo pasa muy rápido, sin darse cuenta uno se encuentra marchando a ritmo acelerado, empieza a sentir un pinchazo en los muslos, la dureza en las pantorrillas, un pellizco horrendo en las plantas de los pies, las ampollas inflamadas en los talones, como si los huesos quisieran salirse y cavarse en el cemento. A eso quisieron darle explicaciones metafísicas, pero nosotros confiamos tanto en nuestro saber anatómico que estamos dispuestos a soportarlo, a seguir caminando acarreando el dolor, sumándole un rasgo al cuadro de nuestro heroísmo. Al final, sabemos, está el río. No tenemos del todo claro si nos alcanzarán las piernas para llegar hasta él, nunca lo estudiamos muy bien. Tenemos en cuenta algunos motivos de la fatiga para evitarlos, pero no pudimos todavía encontrar un tramo donde el desgaste sea mínimo y podamos avanzar sin erosiones ni padecimientos. El roce nos persigue como una condena, que procuramos ignorar mientras calculamos las formas para disminuirlo hasta su desaparición, hasta que todo fuera una especie de flotación, un andar liviano y sin deterioros. Ese momento sería terrorífico, en verdad, pero sabemos que nunca estaremos en él, y quizás tampoco en el río. En definitiva, no tenemos argumentos para seguir caminando, pero son mecánicos nuestros pasos, un pie siguiendo al otro, y nuestra ideación del río. Avanzo, entonces, pongo un pie delante del otro y luego sigo.

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