Cuentos | La enfermedad oculta - Por Agustín Peanovich

Se encontraba allí, postrado en una cama, con una enfermedad desconocida. Algo fantasioso lo ponía estupefacto. Su cerebro, el centro de organización (o caos), es la intromisión de la vigilia en el sueño y viceversa.

Con lentitud, un minucioso, repentino, estremecimiento lo adentraba en el sueño. Empezaba a divagar con aleatorios destinos; éstos, maravillosos y orgásmicos, se ubicaban en el punto máximo de excitación, en de repente, asomaba la enfermedad: entrabase en el juego la vigilia, mezclándose enfermiza con el sueño.

Su cuerpo dormita, se eleva a purgatorios de almas inconexas que sucumben antes de llegar al hado, la realidad lo derivaba a la perversión y terroríficas cosas, éstas se agravan con una leve pendiente de pesadilla. En tiempos sin descubrir en el tiempo, el hombre vociferó con alguna languidez en descomposición: “El infierno no ha de apagarse”. “Viviremos aquí y el mal será plasmado con el rigor que merece la humanidad”.

Sucumbió uno de los vientos la ventana que resguardó la seguridad del altillo y prosiguió: “debes matar al de al lado” y sentenció “tu cómplice es el más peligroso”.

El delirio lo fustigaba, daño tras daño lo conducían a construir un mundo mórbido y pernicioso, nocivo e irreversible, que ni los médicos de la época pudieran alumbrar solución posible.

Una vez en trance, el espesor de la coyuntura, que creaba la sublimación del choque entre el sueño y la vigilia, tomó precariedades y decidió eliminar a la hija y a los hijos de la hija. Se había atrincherado en el baño de su casa, hacía tres días que permanecía ahí con un cuchillo y una máquina. Había dos muertos nadando en un líquido amarillento de podredumbre. Se atenuaban las líneas de la casa, una densidad vino a colapsar con rigor el hundimiento del trastorno, sin poder erradicarlo ni el más místico de los demonios que todavía aguardan clemencia.

Una puntada en el ojo lo promovió del operando nervioso que inmutaba su cuerpo, se disparó el vientre. El terror se había vuelto el torno con el que se agujereaban sus pensamientos. El sueño había comenzado a difuminarse. La realidad confundida, tal era el enredo distorsivo de consecuentes males vertiginosos.

Se encontraba allí, postrado en una cama.