Crónicas | Hugo Lobo | Santo Chango, en Rosario - Por Lautaro Lamas 

Cuentan los que lo vieron que nunca dejó de moverse, sin embargo cumplió y nos mandó el texto prometido. Nuestro cronista levantó el pulgar cuando supo que debía escribir sobre esta noche. Tanto le gustó la propuesta que estudió la biografía de los que subieron al escenario, para después acompañarlos con extraños movimientos que nunca afectarían el equilibrio del vaso. No tuvimos nuevas noticias de él después del recital… algunos dicen que sigue bailando, por el momento a nosotros sólo nos queda leer.


La noche del viernes estaba cálida pero unas rachas del sudeste presagiaban la fresca de Santa Rosa, así que encaramos para la Asociación Japonesa dudando si la habíamos pegado con el abrigo. La zona donde queda es interesante de transitar: frontera entre Agote y Echesortu, es un cruce de calles donde todavía el boom inmobiliario no voló chalets de otras décadas, caserones coloniales, ni ochavas de almacén rosado.

En la puerta del club no encontramos geishas ni samurais, pero sí algunos muchachos con pulóveres canadienses y dreadlocks, y otros con gorras y camisas escocesas. Al hall de entrada lo cortaba una mesita haciendo de boletería, y cuando te ponían la pulserita y podías ingresar al bailongo, todavía quedaba por recorrer un espacio de hall con carteles de disciplinas niponas en las paredes, las puertas de los respectivos baños, un gran espejo y la pequeña puerta que daba al amplio salón de la fiesta. Allí, como en un baile de escuela, los grupitos se resguardaban en los costados oscuros de la pista, dejando vacío el espacio central.

Llevaban casi todos en sus manos vasos de plástico de medio litro con bebidas negras o amarillas que habían comprado en una barra tipo choza con el techo en formato oriental. Los imitamos comprando los boletitos que nos habilitaban a que nos sirvieran dos vasos de rubia, y allí acodados pudimos ver el movimiento, las dos hileras de banderines que cortaban en equis una zona sobre la pista, la fila de ventiladores de techo apagados, unos atados de globos en las paredes, dos buenas pilas de equipos de sonido, tachos de luces, y el escenario al fondo, alto, con el telón bermejo cerrado todavía como escondiendo a los músicos en un espacio imaginario.

A un costado, la música que pasaban unos DJ en la cabina improvisada con tablones, era del mismo estilo que habíamos ido a escuchar: ska. En el otro extremo, prolongado junto al salón, había un patio largo y angosto al cual se podía ingresar por cuatro grandes puertas laterales. Allí se salía a tomar aire o a echar humo. Caminamos un poco como descubriendo la cosa y nos sentamos en unas sillas de madera que tímidamente tomamos de la zona junto a los DJ.

Foto: (Archivo) - Rosarinear

A todo esto, se iba llenando el milongón. Hombres y mujeres de distintas edades y vestimentas charlaban, bebían porrón, vino, o fernet, se besaban, mandaban mensajes o salían al pasillo a cambiar el aire. Se lo veía a Hugo Lobo (la figura musical que a todos nos convocaba) como uno más de los pibes entre la monada; salvo porque alguno le pedía tomarse una selfie, o por su natural porte, no sobresalía del resto y podía él mismo haber ido a ver a Val Douglas, el groso que esa noche se presentaba en la noche rosarina.

Volvimos a recargar los vasos de rubia, y al ratito abrieron el telón para que salga a pista Val y los muchachos que esa noche lo acompañaban en guitarra, bata y teclado. Tocaban los cuatro sentados mientras la pista de poco se llenaba de gente y melodías suaves de ritmos caribeños.

Val Douglas es un bajista jamaiquino que tocó con los más grandes del género reggae, ska, y rocksteady. Tocó con todos, diría León, pero es verdad: Bob Marley and the Wailers, Peter Tosh, Lee Scratch Perry, hoy es el bajista de Skatalites… ¡un groso! Parece que se flasheó con la zona del Río de la Plata y entre los viajes que lo llevan alrededor del mundo anda por los barrios porteños afinando el bajo y poniéndole ritmo a bandas independientes locales: un maestro que transmite su música a la nuevas generaciones con generosidad (palabras de Lobo).

Salimos otro rato afuera y desde allí terminamos de ver su presentación: escuchábamos las notas del bajo haciendo vibrar los vidrios al lado nuestro y lo veíamos recortado a la distancia, con su boina y corbata en pie de pool, teñido de verde, rojo o amarillo según propusieran las luces led.

Con el último tema regresamos dentro, a la pista ya repleta; pero volvimos a piantar del salón por la puertita que antecedía el espejo, para ir a los baños. Ahí escuché un diálogo bastante singular: ¡Qué hacés! – Bien, che, vine un toque a vomitar… – ¿? – ¡Sí, me colé una tripa aunque no quería. Pero éramos cuatro en la mesa, uno lo propuso y yo no quería cortar el mambo…! – Ah, ¿y es una de esas anfetosas? – No ¡al revés…de esas…! – Y veo que le hace con las manitos como diciendo flasheras, y encara al compartimento privado cerrando la puerta tras él.

Nosotros nos reencontramos y volvimos al baile, cambiamos rubia por cerveza negra amarga, y antes de meternos de lleno en la partuza salimos otro toque al patio-pasillo a cambiar el humo.

Cuando volvimos a entrar estaba ya tocando a pleno Santo Chango, banda rosarina que esa noche, junto al bajo, la guitarra, batería, teclado, saxofón y trombón, contaba en su formación con Hugo Lobo en trompeta, un lujo. Según él mismo contó, este es un proyecto que lo lleva por el país tocando con bandas locales. Además de este proyecto independiente Hugo Lobo es un musicazo, líder y trompetista de la gran banda instrumental Dancing Mood. Quienes la conozcan coincidirán en que es de lo mejor en nuestra cultura musical contemporánea. ¡Alta orquesta, papá!

Ahora además como él dijo, anda por el país metiéndole trompeta a bandas de ska provinciales. Aunque dudo que en otros puntos del país se armen «divinos jolgorios» de esta magnitud.

Rosario tiene algo con el ska. Algo moviliza a tanta gente a bailarlo, a tantos músicos a volcarse al estilo. Hay influencias concretas: Scrapps, que te hace saltar hasta el techo; y yendo un poco más atrás, creo que una de las bandas que más influenció en la música under local fueron Los Buenos Modales; intuyo que esa tremenda formación de voz, bajo, batería y puros caños, potenció a muchos pibes y pibas que eligieron los vientos, los instrumentos dorados, para desarrollar su arte.

Foto: (Archivo) - Conclusión

Lo pensaba mientras veía a Val Douglas tomar el lugar del bajista y sumar su impronta a esta orquesta. Porque más que banda, ésta era una orquesta.

No contaban con voz cantante; ese lugar lo ocupaba Lobo, que aunque no canta, ni alardea mucho ante el mic, se la recontra banca por su capacidad con la trompeta y su estirpe musical. Te lo pinto: grandote de casi dos metros, gorra tipo surfer, gafas bien grandotas y oscuras, barba tupida, cadenita de plata viboreando al cuello, musculosa de la selección de básquet con el 5 y el nombre de Ginóbili en la espalda, bermuda negra con tigre estampado en una gamba, mediecitas blancas de esas que se compran tres por 50 en la peatonal, altas llantas blancas, y arriba, sostenida por sus manos, la trompeta de oro reluciente en un costado de su boca.

A su alrededor los pibes de Santo Chango le metían y disfrutaban. Sonaban parejo y cada uno tenía sus momentos de lucimiento cuando Lobo se le acercaba y lo alentaba marcando el tiempo a lo D´arienzo; demostrando que él también es un «rey del compás», sabé.

Nosotros todos bailábamos y bailábamos: lo mejor de estos sonidos de la década del 50 jamaiquino, sonando a pleno en la noche de invierno en Rosario, es que te hacen mover el esqueleto, sacudir las tablas, levantar las rodillas ¡bailar!


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*Imagen de portada: [Archivo] Pablo Coronel