Cuentos | El último suspiro del pensamiento - Por Federico Oña | Fotografía: Ariel Hermann

No soy Éste ni soy Aquel. Soy el Otro, el que escribe sobre un pibe que trabaja de barman en un club nocturno del barrio Gótico. Argentino, tenue, avispado de que conseguir chicas en ese lugar es más fácil que hacer la «O» con el culo de una botella. A las seis de la mañana, cuando los bostezos que la sustancia ya no puede contener caen sobre los trapos en remojo, se acerca alguna bailoteando, tocadita, borracha y risueña y se van a dormir juntos, tan desconocidos y humanos como todos.

Al otro día abre los ojos, corre a pegarse un baño, escucha Ellioth Smith o Alice in Chains, refriega un toallón por las pecas de su espalda y sale a caminar un rato por la rambla antes de volver a trabajar. Guarda, yo sé que se podrían preguntar que carajo tiene que ver todo esto, y aclaro: el Otro escribe porque fue en una noche de esas que tomaron más chicas para la temporada alta que vio, todavía medio voleado, definido por ese aturdimiento hueco que queda entre las paredes cuando la música rebota fuerte, entre otras, aparecer a la Uruguaya.

Mirada hundida en el peso de un abismo: flaco, tranquilo, su manera de expresarse es melancólica, tanto como para dar aires de inteligencia. Así lo describe Éste, que lo mira desde lejos como a un espejismo que se disipa con cada suspiro… y contando. El Otro, en el medio de los dos, rasquetea su cráneo para sacudir un sintagma. Tiene que ser punzante, piensa. Su máxima aventura es ir al baño.

Ella, putarraca y simple, es proyectada en la memoria de Éste para que Aquel entre en un trance magnético. El Otro escribe: «para la mayoría de la clientela es la que menos llama la atención, la última en ser arrastrada hasta el fondo, mientras zumba que te zumba una obscenidad contra su oído con el traqueteo de una cifra engañosa. Aquel pibe, cuando la ve entrar, siente una sensación de belleza y desasosiego secos, como si se hubiesen boxeado adentro suyo Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Esa noche y las siguientes se va a dormir solo y sobrio».

Foto: Ariel Hermann

La ve bailar en el caño: traje, corbata, sombrero de hongo a lo Chaplín. Pero ahí no están sus ojos apesadumbrados llenando el club de misterio. La impostura lo asusta. El Otro relee, tacha, escarba. Éste no se quita las ganas de cagársele de risa en la cara, por las dudas lo provoca:

– Largá todo a la mierda- le dice, desde un rincón.

El Otro no ve ni escucha. Se encuentran ante un espejo empañado que distorsiona nariz, boca, ojos. El Otro sigue, no le importan un carajo los huesos de la máquina. Va a chupar hasta el caracú. Lo apuran sus órganos vitales como látigos filosos.

Aunque son compañeros de trabajo no llegan a cruzarse una sola palabra. Ella nunca va a la barra a pedir un trago ni pide que se lo lleven al camarín como hacen las otras bailarinas. Cuando lo hace, raras veces, encara a su compañero que mira a los strippers poseído (porque también un par de grandotes en zunga zarandean un falo cósmico) para pedir una botella de agua mineral. «Éxtasis», piensa

El estado es crítico, pero sigue sin dejarse internar. A diario una enfermera le pasa una sonda. Acostumbrada, se encuentra con el fastidio del Otro; los medicamentos revuelven mucha tripa, mucha molleja.

La Uruguaya hace varios días falta al trabajo. El Otro escribe: «migra, como un pájaro negro, de antro en antro». Aquel pibe la busca en el aire para respirarla. Cuando la imagina aparece como un holograma de la Uruguaya en la atmósfera. Un sustantivo gentilicio. Lo único que conoce.

Así viene la mano, aferrada contra la cara del Pibe que se hunde en el abismo porque extraña a su tierra: a ese río evaporándose sobre la ciudad con una música canoera, humedeciendo su esquizofrenia de autos, colectivos y semáforos puteados como a un presidente. Y a sus amigos, vagos o desempleados, juntando monedas en la esquina de Tucumán y Lima para un vino que les curta todavía más el cuero y los ayude a entonar, porque siempre cuando se emborrachan cantan.

Esto es así, sobre todo porque la colombiana café con leche de ojos pardos y culo tallado a la medida de los sueños de los dioses y los hombres que ahora duerme como una ninfa bastarda a su lado, era lo que tenía más a mano para zafar de la angustia.

La Uruguaya vuelve un martes que Éste busca como un perro en almanaques corrugados. El Otro, obsesivo, necesita precisiones. Aquel parece tranquilizarse. Retorcido, desencajado y secreto, la vuelve a ver colgada del caño, pero nota una resignación arañándole los nervios. Eran los kilos que había dejado en lo que supone son vómitos (en el mejor de los casos), ya que su hipótesis central a esta altura pasó de ser la droga a la práctica de abortos, tercero o cuarto de su carrera, que, como un truco de magia barata, la hizo diluirse en el tiempo.

El siguiente faltazo es definitivo.

Cantado. Vuelan los ahorros que el Pibe junta a duras penas para empezar algún día un emprendimiento en Rosario. Deja de trabajar, revistiendo en su neurosis la justificación que el ambiente sórdido del pub es su problema, pero empieza a pisar y oler lugares más miserables todavía como cliente. Su melancolía ahora inspira piedad. Se da con todo lo que le arriman a la nariz. Tiene relaciones con hombres, mujeres, travestis, ocupas, traficantes, putas de todos los precios y calidades, sin discriminar por nacionalidad, sin pedirle Visa a la mirada: moras, africanas, haitianos, paraguayes, rumanis , vietnamitas… Todos hundidos en una Barcelona paralela donde no hay papel que poner sobre la mesa. Todos con la esperanza de un futuro idiota, signados por el desprecio y la explotación.

Éste no da más, le pide al Otro que baje un cambio, que pare de torturarlo, que no sea tan hijo de puta.

– ¡Un cuento de mierda no vale esta agonía absurda! – le grita.

Para Aquel Pibe mambo negro. Sin embargo, guarda cierta cordura. Se impone dos límites, solamente dos, los que respeta religiosamente. Nunca jeringas, siempre forros. Los cuales pide en la farmacia «f-o-rrrrrr-o-s», hasta que se cansa de la cara de gallega vocabulario cosmopolita licenciada en despachar jarabes y pastillas anticonceptivas y pide «condones» con tonada catalana y todo.

Amanece congelado, pus de resaca, mar, oleaje turbio, adrenalina espiritual.

– Tranquilo. Soy yo, Gabriela.

El nombre no le suena, la voz sí.

«Transpiro transpiro transpiro, me calmo me calmo me calmo, o no sé, todo junto. Sangre corre a fondo, vena oxidada, pantano de formas torcidas, parpadeos humeantes. Salga una mano dulce salga, tóqueme la cara, duérmame tras las máscaras de cemento que el destino me pone, me saca, me pone y me saca, una arriba de la otra».

Despierta. Tranquilidad, olor amarillento en todo el departamento. Hambre, sed, estómago desfigurado. Ella salió. Ojeada a los tumbos. Nada. La mugre pica como sarna y en algún momento se comió las uñas. Tiene el impulso de meterse a bañar, el Otro tiene la obligación de meterlo a bañar. Pero ser un confianzudo no da. Sentado en el piso, con la idea de que el olor podía manchar hasta a las sillas piensa en rajar, volver otro día. Agradecer, con regalo y todo. Arriba de la mesa hay un juego de llaves. «Las dejó porque quiere que las agarre y se piante, o las dejó para que no se sienta ahogado». No sabe dónde está, la ciudad es grande. A los cinco minutos se abre la puerta.

El Otro trabaja cada día con más intensidad. Sabe que el tiempo se termina. Hace un año que labura en el asunto, desde que volvió de España labura en el asunto. Éste chancletea y vomita.

La conversación fue breve. Lo invita a que se bañe, coma, se quede todo en la medida que lo necesite. Se niega con cara de encendedor gastado. Ella pone una pava que hierve hasta hacer tamborilear la tapa. Le da las gracias y en un impulso lúcido, en medio del atolondramiento, la invita a cenar esa misma noche en su casa. La Uruguaya acepta.

Nervios. Por una especie de inercia, y con una voluntad que vaya uno a saber de dónde saca, limpia el departamento. Después cocina, tratando de reconstruir adonde anduvo, que hizo, como llegó a ese lugar donde ella, de milagro, lo encontró. Recién cuando se baña capta algo. En ese mismo departamento había gente, gente desconocida, mucha cocaína, la misma que se tomó sobre una edición de la Biblia abierta sobre la mesa ratona. También muchas botellas: ginebra, cerveza, vino. Pero eso es fácil, alcanzaba con ver los cadáveres desparramados.

A las ocho de la noche Gabriela aparece con una botella de vino en una mano y helado en la otra. La ve menos hermosa de lo que recordaba. Cargada de maquillaje y ojerosa. Se nota alborotada. Beso en la mejilla, timidez, la profundidad de un eco sordo.

– Qué raro el vino, siempre tomabas agua – afirma
– Qué memoria, no seas botón, cada tanto me puedo dar un gustito.
– Mirá Gabriela, te agradezco mucho, pero no quiero vino. Tomalo vos.
– Botija boludito.
– ¿Qué te pasa?
– Nada, si me preguntás no me pasa nada.

Esa noche y las siguientes dormimos juntos. Estábamos confundidos pero ilusionados, perplejos ante los signos que el silencio manoseaba en la elasticidad del tiempo. Todo el día tirados en la cama, meditando. Barajaba la certeza de que mi tristeza temblaba en lo palpable de la historia, pero de que a ella le crecía desde lo más salado del universo. Nos entreteníamos viendo la evolución de las telarañas en el techo, al mirarnos en el espejo y encontrar una lengua verde, escuchando discos, leyendo, estudiándonos el uno al otro las ojeras, reconociendo esa soledad ajena, oscura, inabarcable que teníamos cada uno para poner sobre la mesa, partir al medio y compartir como un pan. Resignado confirmé que la felicidad es un paradigma del absurdo, que a esa paz desafinada era a lo máximo a lo que se podía aspirar.

Foto: Ariel Hermann

Ahora, por fin, Éste y el Otro pueden escucharse. Todo termina. Aquel pibe vive, está más vivo que nunca, piensan. Y ninguno de los tres se arrepienten de nada y sienten el valor de agarrar el teclado hasta arrancarle los dientes a trompadas a la verdad que nos trajo hasta acá.

Tres años después, años en los que nos arrastramos por la vida juntos, como pájaros mutilados por la misma tijera, ella va a morir, no lo sé todavía, pero va a morir. Sé que está enferma, que la enfermedad que tiene es letal.

«Bicho mundo loco bicho sucia sangre bicho duro bicho puto culo roto bicho drogón nariz agujereada bicho semen mala leche bicho puta menstruación hereje bicho violador de vírgenes tibias bicho agonía muerte joven bicho ochenta noventa dos mil y estamos forcejeando cogemos con tanto miedo que parece que vamos a la guerra y ésta vez ya estoy harto y temblamos y estoy adentro tuyo al límite del delirio y salgo un poco me saco eso que no es tuyo ni mío y está en el medio de nosotros como el escudo del Arcángel Miguel en las puertas del cielo y me decís que no que no lo haga por una calentura pero no es calentura es otra cosa misteriosa mezclada con calentura es la calentura de un santo y de una santa nuestros pellejos serán reliquia y ahora en lo profundo de tu carne explotan los planetas los soles los enigmas y te amo tanto que no puedo despertarme sin amar ahora en este instante el último suspiro del pensamiento dispara todo este derrumbe de palabras que se agitan y rompen contra mi corazón».