Cuentos | Los cazadores - Por Lautaro Lamas | Ilustración: Buscatus

Llegan y ahí esta lo otro, la selva, un horizonte indescifrable, vegetación y sospechas, sonidos incognoscibles, ausencia. Una misión, el destino, los hombres en la tierra prometida, y el pantano lleno de maldiciones y misterios desesperantes. La historia temblando, el tiempo que no importa, no se sabe qué. 


I

La mirada ve un río que corre como si fuese una nube, aparentemente calmo y homogéneo, pero en realidad es un torbellino de partículas que no dejan de trasladarse infinitamente. Como la nube, avanza hacia el sur, y en su ir se lleva a sí mismo. A los costados se ven riberas pobladas por sauces verdes que remojan sus barbas en el río, pequeñas barrancas limosas, llenas de yuyos, ramas y enredaderas. El riacho allá lejos parece encajonarse porque se lo come el verde de la orilla. Pero si uno avanza hasta allí, antes de llegar ve que el río se curva hacia el oeste y sigue su marcha eterna, marrón y abundante. Tiene en el fondo, siete metros más abajo, lecho de barro donde duermen las rayas, por eso el agua es oscura. A esta hora que el sol pega de arriba y el cielo esta azul y claro y es una gloria, el agua se ve marrón, y si uno sacara el brazo por la borda y lo sumergiera, vería su mano hasta unos veinte centímetros por debajo de la superficie, después sí, más abajo ya no la vería por el exceso de liquen y barro diluido, pero arriba se ve que es agua limpia, clara, y cuando el brazo sube la mano emerge brillante y fresca como una mañana de otoño. La mirada ve ahora que avanza por ese riacho un bote de madera, pequeño y firme, técnicamente un esquife. A bordo navegan tres hombres: uno en el medio remando, otro sentado en la popa y un tercero de pie en proa, avistando como un pájaro el entorno. Parecen fantasmas o barqueros del Hades, por lo rotos y maltrechos; llevan armas, pedazos de armaduras y cascos de metal. La barba les ensucia la cara a los tres y sus rostros denotan la mala alimentación y la mucha fatiga. Son fuertes y silenciosos y la imagen tosca de su figura choca con la armonía del lugar. Buscan una ribera baja para amarrar el esquife y hacer tierra en busca de caza. En el río abierto ha quedado la nave mayor, al mando de su capitán Don Cortés de Alvarado. La orden fue clara: carne de caza. El jefe de la expedición es hombre cumplidor y soberbio: Alvar Castilla de Fonseca. Salió de Salamanca una mañana fuyendo de las autoridades, y las vueltas de los días y las encrucijadas de los designios de Nuestro Señor lo llevaron a embarcarse hacia los mares de las Nuevas Indias, donde el oro reluce en la mañana y las mujeres bañan sus cueros en las aguas de los ríos. A pesar de ser hombre huraño, la crueldad con que obstinadamente consigue sus propósitos le ha dado mote de caudillo, entonces cada expedición de esta índole le es encomendada a su mando. Los otros dos son Nicolás Villagrande, quien rema con brazos de toro, hombre nacido en pueblo madrileño que se soñaba torero o a lo poco picador, pero su ojo bizco y supurante y su dedo amuñonado en batalla lo fueron alejando del ruedo y acercando a las naves; sentado en la popa más aburrido que hastiado es quien todos conocen como «el Vizcaíno», así sin apellido ni estirpe, solo historias de soldado y una enorme cicatriz que le surca el rostro. La mano izquierda de Fonseca se eleva hacia la costa y Villagrande rumbea el esquife en dirección al claro que muestra una parte más baja de la barranca. La proa toca la arcilla y la embarcación se acomoda a la correntada. Fonseca en proa sujeta una rama de un sauce de la rivera. Desde atrás surge el Vizcaíno, toma el cabo, hace tierra, y lo amarra en un tronco grueso del mismo árbol de donde se sostiene Alvar. Lo sigue Villagrande y entre los dos arremeten la maleza a machetazo, luchando con la maraña y el enredo como si lo hicieran contra una corte de moros. A los pocos minutos abren un claro. Desde el esquife Fonseca los mira realizar su faena, huele el aire cargado de vida, oye insectos, pájaros, ramas que crujen, pareciera oír hasta el mismo sol que cae oblicuo desde el cielo y se topa con las copas de los sauces y los ceibos y a duras penas entra en el monte, dibujando de luz y sombra la mañana. De un salto Alvar Castilla de Fonseca hace tierra y sin hablar otea en derredor. Sus movimientos son lentos, y a pesar de ser hombre ágil y rápido en batalla, se mueve con pesadez, con un sopor que le nace de adentro y le influye una mirada hostil e inquietante, que habla más que el lenguaje entreverado de silencios con que se comunica. Gira su cabeza como búho y continúa observando: selva enmarañada y mezquina, río manso, marrón y arrebujado. Camina unos pocos pasos de rey ebrio. Se clava en el centro del claro, saca el pesado casco de hierro de su huesuda cabeza y se pasa la mano por el cráneo, rascando y hundiendo las yemas en el cuero. Como si esa acción le influyera facultades en el habla escupe secamente: –Id a investigar a poco el terreno, hallad la huella de algún cerdo, gamo, o de endriago si es que os place–. Conociendo la poca paciencia y la mucha violencia en las reacciones de Fonseca, Villagrande y el Vizcaíno se meten monte adentro, a fuerza de machetazos y golpes de bota. El terreno es duro de atravesar, la maraña se afirma y entrevera de tal modo que en ciertos golpes el machete rebota como si golpeara una cota de malla. Sudan goterones que atraen mosquitos y las caras se les rasgan por el roce de las espinas. Allá en el claro Castilla de Fonseca observa, presiente. Mira el esquife amarrado en la orilla, mira el río que avanza imparable, y enfrente, a unos treinta metros, mira la otra costa, idéntica pero opuesta, y por lo tanto de otros verdes y otras sombras por el corte de la luz. En una esquina salta un pez en el agua. En el cielo los pájaros rayan el aire en todas direcciones. Hay de muchos tamaños, formas, cantos y colores. Fonseca no tendría inconvenientes en cenar cada noche estofado de pajarillos, pero su capitán Don Cortés de Alvarado es hombre acostumbrado a las cortes y a las mesas de los señores, por eso la orden fue clara: carne de caza. Y él es hombre de cumplir y saciar a sus superiores. Es consciente que no volverá a la nave sin un cuadrúpedo lo bastante pesado como para que se luzca Emiliano Galmaroni, el cocinero de a bordo. De esa especie de abstracción lo sacude el sonido de la hojarasca pisada en el monte.

II

En un trecho del terreno donde la maraña baja su densidad, el Vizcaíno y Villagrande caminan como extraviados en un laberinto. Villagrande va detrás, avanza sujetando con sus dos manos el machete, intentando descifrar entre las infinitas marcas del suelo, la huella o el rastro de algún animal. El vizcaíno unos pasos por delante es invadido por las bestias de su imaginación, los minotauros de sus laberintos mentales. Le susurra a su compañero sin darse vuelta para mirarlo: –Que nada hallaremos en estas tierras más que hambre y ponzoña. Ya he escuchado yo que las bestias de estos andurriales son más feas que las mil caras de Belcebú; escupen el fuego por los ojos, que ya tanto vuelan como se arrastran e infectan con el mal de la locura. Es sabido que la gente del capitán Mendoza, por la mucha hambre y lo poco que llevarse a la boca, no teniendo ya ni correas ni zapatos para roerle los cueros, han bajado de la horca a un ajusticiado para comerle las carnes más tiernas. Debemos tornar a las naos antes que nos devoren los demonios de la noche…–. Villagrande lo llama a silencio llevándose un dedo extendido a su boca y con su mano izquierda señala un punto de fuga en el monte.

III

Castilla de Fonseca gira su cogote con bruteza y ve que del monte cerrado emerge el Vizcaíno, pálido como cerámica de la China. Trae las ropas rasgadas y en la cara lleva impreso el mismo terror que se les pega a los que vieron el rostro de Lucifer. Desencajado y jadeante llega hasta los pies de Fonseca. –¡Ha desaparecido Villagrande, mi señor! ¡Venía en junto a mí pisándome las espaldas y cuando he volteado para hablarle ya no estaba él ni la madre que lo parió al mundo!– Fonseca masculla –Pues habrase vuelto a vaciar las heces, soldado. –¡Que no, mi señor! Que veníamos hablando y en cuanto he volteado casi delante mío desapareció… fuyamos mi señor, por el amor de la Santa Virgen, que estas comarcas están malditas y las pueblan demonios que no temen ni al diablo ni a Jesucristo Nuestro Señor. –Pues habrán de temerle al fuego de mi arcabuz, soldado. Villagrande ha de haber hallado una buena huella con esa nariz de zanahoria que él tiene. Levántese y recoja leña que haremos aquí la noche–. El Vizcaíno enmudece. No sabe si el hombre se burla de él o le habla en serio. Un instinto de conservación ante los golpes y el calabozo lo hacen levantarse y obedecer. Fonseca mira el monte como si mirara su cara en un espejo. Luego se vuelve y observa el río. El esquife amarrado a un tronco. La corriente pareja. Los sauzales de enfrente. La luz hecha ceniza sobre las hojas. De atrás del monte de donde ellos están avanza una pesadez nocturna. Los mosquitos zumban despavoridos. Las chicharras aúllan. Las lechuzas desperezan sus alas y los últimos pájaros diurnos rajan el cielo buscando sus nidos.

Relatos Sudamericamos | Autor: Lautaro Lamas - PIALC Ediciones

IV

La noche es tan cerrada como la de Castilla, la de Lepanto, o la de altamar cuando se cierne un toldo de nubes. La oscuridad parece la del vientre de un lobo o la de cualquier fiera de estómago estrecho. El monte late oscuros presagios. Surgen extraños vientos de la maraña. Entre tanta negrura la luz del fuego de los españoles brilla como el oro que tanto sueñan. Una fogata alta, de llamas amarillas, baila sobre unos troncos apilados. El vizcaíno duerme tirado en la tierra tibia. Castilla de Fonseca clava la vista en la hoguera, sentado sobre un tronco macizo. La luz lo baña de dorado y dibuja entre sombras su rostro surcado de arrugas, de grasa, y de malos presagios futuros y pasados. Entre sus piernas sostiene el arcabuz cargado. A su lado tiene más pólvora, municiones y un machete de hoja turca. El fuego parece su amigo. Calienta la noche y sus ojos. Al lado el río sigue avanzando y la mirada posada en frente ve el claro, ve la hoguera, los dos hombres y la línea de luz que viene desde la orilla bailando en el agua. La noche transcurre como el río, oscura y fangosa, mientras Fonseca alimenta las llamas con troncos que tiene a su lado. Ruido de leña que cruje, luz dorada que baña su perfil. Detrás el monte y toda la obscuridad, todos los ruidos del mundo.

V

El frío del amanecer despierta los dos cuerpos tirados junto al tizón. El Vizcaíno continúa en la vigilia la pesadilla que soñara dormido y que empezara el día anterior: sueño de bestias extrañas que devoran el espíritu y la carne de los hombres. Alvar Castilla de Fonseca ha soñado como vive: parca y pesadamente. Apoya su espalda contra el tronco macizo y se saca las botas; observa cómo el Vizcaíno se dirige al esquife, aborda, y en la popa se agacha para lavar su cara reseca y barbuda. Los pájaros atestan el aire de cantos. El sol todavía es un presagio. Sobre el agua del río, plateada, se disipa una fina bruma. La costa de enfrente se ve más verde y negra mojada por el rocío. Los peces que saltan dejan su rastro concéntrico en la superficie. El vizcaíno vuelve al claro con las galletas agusanadas, se tumba junto a Fonseca y las comienza a roer. El jefe se incorpora como asqueado y se adelanta hasta la orilla. Respira. Sueña su oro, sus mujeres de senos mojados, murmura. –Si Villagrande no retorna para la salida del sol debéis ir a encontrarlo.– El Vizcaíno tal vez temiendo menos su ira que a los espíritus malditos se anima a responder. –Entrad en razón, mi señor. Villagrande ha desaparecido junto a mis narices, debemos retornar a las naves por la gracia de Nuestro Salvador. –Soldado, he venido a estas tierras a hastiarme de oro y no de calabozo. No seré yo quien regrese a la nave sin carne de caza ni despierte la ira de nuestro Capitán–. El Vizcaíno entiende su derrota, su destino de hombre ruin que ha cruzado los mares para morir en las sombras. Fonseca camina descalzo por la tierra mojada. Se dirige a la derecha del claro donde las matas permiten adentrarse unos metros. Se detiene ante un árbol y orina. Escucha despertar al monte. Luego vuelve sobre sus pasos y nota la ausencia del Vizcaíno en el claro. Mira el esquife vacío, con los remos cruzados, mira el agua, la costa de enfrente, alrededor. Pregunta –¿Soldado?–. Silencio cargado de viento y canto de pájaros. Alza la voz. –¡Vizcaíno!–. Da vueltas lentamente en el claro como un perro encerrado. Todo igual: el humo de la hoguera apagada, el esquife amarrado en el árbol, el río lamiendo la orilla, ni una huella ni un sonido ni un rastro. Grita –¡¡¡Vizcaíno, soldado!!!–. Vuelve a meterse en el paso donde orinó. Nada. Vuelve al claro. Todo igual sin un rastro. Mira el río. Falta el esquife con remos, cabos y todo. Se le agrandan los ojos como platos de oro macizo. Salta para ver la orilla pero el bote no navega ni río arriba ni río abajo. Vuelve espantado sobre sus pasos, toma el arcabuz. Se mete en el monte. Huye como de sí mismo.

VI

Trota en el monte como un extraviado. Descalzo, asustado y con el arcabuz empuñado. La maraña le corta la cara, le lastima las partes del cuerpo donde no lo protege el acero. El sol cae diagonalmente y estruja las sombras que se enredan entre las ramas. De a momentos corre, luego camina, salta o se detiene paralizado. Lo consume la más fiera de las fiebres. Es hombre desacostumbrado al miedo por ello el pánico lo devora como llamas a la paja. Cae al piso en su marcha de embriagado. Se levanta y corre. Suda como sentenciado a la horca. Busca. Se lastima, enloquece, ve las formas enredadas con las sombras, fugas con puntos de luz, calor. Carrera de toro herido por la zarza erguida. Un claro que da al río. Ultrajada su carne y sus huesos por los golpes y los rasguños salta como un poseído la barranca y cae al río entre las ramas que rompió al saltar. Sonido de agua muda, oscuridad.

Ilustración: Buscatus

VII

Por un momento solamente escucha agua y siente el alivio del líquido refrescando las heridas, vaciando de fantasmas sus cienes. Flota a la deriva de la corriente agradecido de no tener las botas puestas aunque sienta las plantas de sus pies heridas. Con bruscos ademanes y enredado con sus propias ropas logra acercarse a una orilla antes que el peso de los aceros lo cansen y lo hundan. El arcabuz duerme para siempre en algún barro del fondo. Tantea como un perro con las manos y las piernas y siente firmeza donde apoyarse. Hunde sus pies en el barro. Se yergue, el agua le llega al pecho. Como si le hiciera falta mojarse otro tanto lleva agua en el hueco de sus manos y se frota la cara. Camina paralelo a la costa, a favor de la corriente. Descubre más abajo una orilla arenosa y tras bañar su cabeza, su rostro y sus cabellos, balanceándose hacia atrás en el agua, se dirige a tierra. Cuando el río le llega a los muslos ve extraños movimientos en el monte que lo espera. Se mueven las hojas y los contornos con extraña persistencia. Es como si reviviera la selva. Se detiene paralizado. Su olfato de hombre que conoce el olor de la muerte descubre antes que su mirada las figuras que ya salen tras los árboles y la maraña. Son hombres. Aunque parezcan rellenos de la sustancia de los sueños. Son hombres. Cuerpos desnudos, elásticos. Son hombres con ojos profundos y encendidos. Llevan el cuerpo adornado para la guerra. Los rostros pintados, los torsos dibujados, los cabellos embadurnados con barro y las narices u otras partes del rostro perforadas con plumas o huesecillos de pájaros. Portan terribles y silenciosas armas. Fonseca empapado y rígido no llega a comprender. Los arcos se tensan. Lo apuntan. Las flechas vuelan y rajan el aire antes que la noche caiga para siempre sobre Fonseca. El río baja imperturbable. El sol dibuja la mañana. Los gritos se elevan cuando ya el extranjero no puede oírlos.

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