Crónicas | El sacrificio es del pueblo, la Dignidad también - Por Xilene Agustini | Fotos: Juanjo Durán

El humo negro es barricada y el blanco lacrimógena, le explicó Laura a su papá. Le dijo también que ella prefiere el negro. Yo llegué a la manifestación un viernes que ya no era un lugar amable para niños. No pude compartir con Laura sus preferencias. Una semana antes, me contó el chileno, los pacos habían arrojado bombas lacrimógenas en el Parque Forestal intencionalmente en el sector de juegos donde aguardan los hijos de los vendedores ambulantes que arriman a la zona cero de la manifestación.

Caminamos por el parque, los juegos ya estaban desolados, y nos adelantamos por Alameda. Yo tenía ojos de turista. El chileno era un manifestante local. Me dio algunas indicaciones, no te diré más nada, eres latinoamericana no gringa, por fin se calló. Digo por fin porque, yo no se lo dije, pero los pacos me generaban tanto miedo que cualquier indicación no bastaba ¡Cómo no temer a la violencia constituyente de Pinochet! Me había dicho que lleve el carnet, lo que para mí era DNI.

Dijo algo de mi ajenidad con su país, yo en cambio ya podía usar algunas de sus palabras, que si me llevan los pacos pueden usarme para investigaciones y algo de tres meses que no escuché. Me dio una polera (remera) para usarla de capucha, si me llevan los pacos llamá a Alberto F., le dije y nos adelantamos por Alameda.

Fotografía: Juanjo Durán

La primera lacrimógena me llegó de sorpresa. Alameda es la avenida principal de Santiago, lo atraviesa, yo la había caminado hace unos años atrás, en un Chile muy distinto. La primera lacrimógena la recibimos ni bien entramos a la avenida que ahora era para mí una postal de lucha. No corras, me siguió indicando el chileno, las apagan. No voy a decir que no corrí, me aparté sosteniéndome los ojos, ardían. La lacrimógena arde y mucho. La apagaron. Me sorprendí. Los bomberos de lacrimógenas la apagaron; ellos forman la segunda fila indispensable para la manifestación. Trabajan de a dos: quien tiene el botellón de agua para desactivarla y quien viste guantes para devolvérsela a los pacos. Eso también me indicaba el chileno mientras yo intentaba dimensionar la manifestación.

El ardor había pasado un poco, para eso tuvimos que llegar a la zona cero. La estatua de Baquedano ahora es la cima de una fiesta. Esa Plaza Italia ahora es Dignidad. Lo invité una cerveza, esto es una fiesta, le dije, bebamos. Del otro lado de la plaza, por Providencia, no hay pacos. Es un barrio cuico, lo que para nosotros sería cheto. En esa zona liberada de armas, la manifestación desencadena propuestas artísticas: performance, teatro, bandas. Vendedores ambulantes ofrecen comida, bebidas, banderas y un sinfín de souvenirs del paisaje. El chileno me mostró los personajes de cada viernes y yo me acerqué a saludarlos como un espectáculo. Me faltó la foto abrazada al Negro Matapacos, perro de todos que participaba de distintas protestas en la década del 2010, bailando con Baila Picachú que su historia me había resultado la más llamativa de las cotidianidades consumistas, Estúpido y Sensual Spiderman, un bailarín callejero, el dinosaurio que protesta en Chile y los dobles de Pareman. Creo que los llaman los «Avengers chilenos». Yo estaba maravillada pero dejé el espectáculo cuando empezaron a sonar los cánticos y me despertó un grito de «Videla, concha tu madre, asesino igual que Pinochet». Yo cantaba Videla, los chilenos seguramente Piñera.

Fotografía: Juanjo Durán

Había una banda de vientos sonando en la zona cero, bien abajo del caballo que oficia de cima, ya lo dije. Hay noches que oficia de cama, otros días de centro turístico. Yo bailaba dejándome erotizar por un país ahora no tan ajeno.

En Argentina, el amor vence. En Chile, también.

Vamos al rock, interrumpió el chileno. Se había comprado un láser, a mí una bandera de Chile y dos imanes del Negro Matapacos para que cruce la cordillera con otros recuerdos. Para mi biblioteca, pensé la bandera. El ya cargaba con 99 días de estallido social, yo con bastante menos. Él podía distinguir finamente los ruidos de perdigones (balas de goma) cuando otro ruido me alarmaba. Buscó tres puntos de encuentros posibles, planeaba una separación. Yo había estado de fiesta y ya podía compartir la organización solidaria. Están muy organizados, intenté que el chileno escuchase mientras llegábamos al lugar por donde habíamos empezado. ¿Esto está planeado?, le preguntaba. No sé si me pescó, como dicen ellos. Se agachó al piso y me repitió los tres puntos de encuentro. Me dio el láser: a los ojos de los pacos ahora. La venganza tiene luz verde, los mutilados, las lesiones oculares no son olvidadas. Chile despertó, dijo el pueblo, y los pacos apuntaron a los ojos.

El guanaco, tanque de agua, se esconde en las calles que atraviesan la avenida que van hacia el centro de Santiago, una zona más popular considerada posible de convivir con ruinas y con el humo que despiden las armas. Por esa zona, los vecinos, defendiendo la manifestación, se expresan con pasacalles «por el derecho a respirar».

Fotografía: Juanjo Durán

Detrás de la primera línea, también apuntamos con láser a los ojos de los pacos para que no puedan avanzar. En la Avenida, la Plaza de la Dignidad sigue de fiesta resguardada por las líneas de la defensa. La Primera Línea, con sus cascos y escudos para que los pacos no avancen. Ya me había encontrado con la segunda línea pero aún no había visto los camoteros, quienes arrojan piedras para que el guanaco tampoco avance. Atrás estaba yo con un láser verde como otros millones de manifestantes impidiendo el paso de la represión. Entre encandilar y escupir. El humo de la lacrimógena se expande, el agua quema. Los pacos apuntan, no es azaroso.

Hay fiesta. Hay defensa. Entre ellas, una organización solidaria: grupo de primeros auxilios, bomberos, ambulancias, aguateros (agua bebible y roseador con bicarbonato). En la retaguardia se encienden fogatas para secar la ropa inmundamente mojadas por el agua tóxica del ataque piñerista. Un aguatero me vio escupir y me roció agua con bicarbonato, yo vi una chica repartir platos de fideos a la primera línea, otra mujer con botellones de agua bebible ofreciendo auxilio. El agua en Chile está privatizada, en la Dignidad circula solidariamente. En la fogata se conocen. En la avenida se salvan.

Fotografía: Juanjo Durán

Yo me fui al primer encuentro que acordamos con el chileno cuando el guanaco avanzó y nos dejó ardiendo las espaldas. El chileno me había indicado, también, que en el tumulto no corra. No corrí esta vez, me retiré buscando más aguateros y me distrajo el trabajo silencioso y concentrado de los picapiedras. No les saques fotos a ellos, más que una indicación había sido una orden del chileno que ya estaba hace tiempo por allí delante entre el humo y el agua tóxica. Los picapiedras no se apartan de su labor, no importa con qué están atacando los pacos, van construyendo armas en las paradas de colectivo, las dejan ahí sobre la vereda y los camoteros se acercan a juntarlas para la defensa. No necesitan indicarse, ambas partes saben.

Cuando me recuperé, volví a mi tarea. Entendí que en la manifestación de los viernes, convocada a las 17Hs, cada manifestante tiene una labor elegida e indispensable. Hay asambleas en los barrios, todos los días, pero no pactan tareas a cumplir. Yo volví al lugar que había elegido olvidando las indicaciones del chileno, ya estaba ahí y no estaba sola. El pueblo está maravillosamente unido. Año nuevo, me cuentan y yo hubiera preferido estar, en la Plaza de la Dignidad había sido la mejor de las fiestas del pueblo porque la había organizado el pueblo.

Me acerqué con mi láser en mano. Les había dado una luca a dos adolescentes que querían comprar «la weá». Seguí escupiendo pero ya no me ardía. Era cuestión de alejarse un poco para poder volver. Pude volver, el chileno andaba aún perdido dentro del campo que el humo me dejaba ver. Apunté con el láser, estaba atardeciendo. Hacia la zona cero, es decir en el caballo de Baquedano ahora apropiado, el sol dejaba lugar a los fuegos artificiales, la Dignidad seguía celebrando. La defensa seguía resistiendo. Para los heridos, están los grupos de primeros auxilios. Los muertos los pone el pueblo. Otros sobreviven. Sobrevivimos, yo ya estaba ahí y se me había atravesado un Chile que en la lucha ya no me dejaba del lado de extranjera. Ahora, podría pensar que fue mi exilio volver.

Fotografía: Juanjo Durán

Lo encontré por fin. El chileno volvió con un perdigón sacado a tiempo. Ya había pasado por primeros auxilios. Tienen su cuenta bancaria para colaboraciones, llego a Argentina y deposito, pensé. Es un segundo el disparo, darse o no vuelta. Qué movimiento puede doler menos. Las balas se van a devolver, recordé paredes chilenas. Lo abracé, el reencuentro había sido nuestra gloria.

Volvimos por el lado de la fiesta. Los fuegos artificiales eran una suerte de triunfo. Miré la plaza con nostalgia, tenía pasaje de regreso al otro día. Me voy para no querer quedarme, le dije. El chileno rengueaba y sonreía.