Compañere for ever - Por Pablo Bigliardi | Collage: Agostina Bertolotti

El día en que Nora se murió adentro de la peluquería, Moni había tomado la responsabilidad del cargo para acompañarla en todo momento. La peluquería estallaba de gente un viernes frío de julio y yo quería atender a todas las clientas con el mayor optimismo posible. Producto de los efectos post crisis, de cuando la peluquería pasaba de muy llena a completamente vacía y mi estado de ánimo variaba a tono con el estrés que modificaba mi salud. Durante la semana habíamos tenido pocas visitas y mi cuerpo festejaba con un apuro estresado. El año 2001 corría con una nueva esperanza de presidentes por turno dispuestos a continuar reventando el país, mientras tanto cada argentino se iba inventando como una tarjeta de renovación diaria. Mi obligación directa se centraba en reunir dinero para pagar lo que fuera como un deporte de frecuencia asidua cuya asistencia puntual en los bancos era mi mérito. Cada peso ganado era escondido en distintos lugares secretos para que ningún asaltante lo descubriera. En la planta alta del local había un caño de cloacas de un metro y medio de largo que –por suerte– nunca se había utilizado. Lo coloqué como al descuido, entre trastos inútiles al lado del mueble en el que preparaba las tinturas y le agregué una especie de tapa en el fondo a modo de tope. Cuando mi bolsillo iba acumulando dinero, corría a depositarlo en la boca del caño hasta que alguna cuenta vencida reclamara mis ganancias, entonces lo daba vuelta para volcar en el piso los resultados. Otra suma iba a parar a un viejo pote de baño de crema de un kilogramo que iba dividiendo para llevar a casa, o para los viajantes, o alquileres.

Moni era una compañera de trabajo vivaz y tan acelerada como yo. Estaba dispuesta a sobrellevar cualquier locura que sucediera en la peluquería y llegado el momento se situaba en la primera fila de los estresados. Su yo solidario se activaba al cien por ciento en segundos y salía eyectada como desde un avión lleno de viento extra que se pegaba a su cuerpo para sumar velocidad. Ambos entrábamos en ese carácter de similitud que nos atrapaba al mirarnos a los ojos. Era una complicidad tanto solidaria como ocurrente en las ventas de servicios y en una adrenalina que nos trasladaba a la novedad de vivir buscando nuevas sensaciones, o de salir de la rutina bajo cualquier excusa.

Collage: Agostina Bertolotti

Nora había ingresado a las tres de la tarde. Tenía turno para tintura y corte, un combo que arrojaba buenas diferencias en ganancias. La tintura era nuestra vedette interna, el servicio récord en porcentajes contra todos los demás trabajos incluido el corte que costaba cinco pesos. La tintura tenía el mismo precio de costo, pero la cobrábamos veinte pesos redondeando tres cortes de cabello sin haber hecho mucho más. La obligación inmediata de cada empleado nuevo, era la de aprender rápido a colocar la mezcla del agua oxigenada con el pomo de la tintura en la cabeza de nuestras clientas. La mayoría de las veces era yo quien las preparaba como el alquimista de los pomos de aluminio y cremas mezcladas. Nora estaba sentada leyendo una revista, esperando a que se cumpliera el tiempo de los primeros treinta minutos en raíces para que cubriera las canas que habían crecido más de un centímetro. Luego se emulsionaba en los largos y puntas del cabello que ya estaba teñido y no requería de la misma cantidad de tiempo que en raíces, con cinco o diez minutos alcanzaba para enjuagar, lavar y pasar al sector de los dressoir nuevamente para corte o secado. Moni estaba a cargo de la emulsión en las bachas de lavar cabezas cuando Nora se levantó y salió corriendo hacia el baño que quedaba en la planta alta, escalera de por medio. Inmediatamente Moni se encargó de llamar al servicio de cobertura médica y antes de que pasaran diez minutos se apersonó un médico joven con cara sonriente.

Entre las muchas veces que subí la escalera para hablar con el médico, la vi a Nora desparramada en el inodoro con la ropa puesta como de apuro, o como si el mismo médico y Moni se hubieran encargado de vestirla. En algún otro momento Moni me dijo en voz baja que había que lavarle la cabeza, que no podían llevársela al hospital con la tintura tomando sobre el cuero cabelludo. Algunas horas después podía correr peligro de que se le cayera todo el cabello. Tampoco hubiera lucido bien en el cajón con la tintura haciendo de las suyas sobre la consumada cabeza de Nora. La ayudamos a bajar la escalera con Moni, quien en sólo minutos enjuagó y lavó sin tiempo a secar con secador porque volvió como pudo al baño para el segundo infarto.

Nelly, una de nuestras clientas perteneciente al Club de los Sábados (grupo de clientas asiduas que concurrían todos los sábados del año) presenció y ayudó a Moni conteniendo las desesperaciones. Con sus sesenta años recién cumplidos era la más joven del Club. Había dejado de visitarnos los sábados para ir cualquier día de la semana porque se aburría con las charlas de sus compañeras y porque el despegue de sus hijos hacia el futuro, la había dejado sola. El mayor se había ido a Buenos Aires y el menor empezaba a convivir con su novia en un departamento que ella misma había alquilado con todos los trámites que se cansó de contarnos junto a sus enormes, exitosas y largas carreras de contador e ingeniero. Llegaba para pasar la tarde entera en una época en que se podía fumar adentro de los locales. De cuando las clientas se quejaban porque salían de la peluquería con olor a humo y debíamos intermediar en el reclamo porque la fumadora se enojaba.

Nelly no llamaba por teléfono para pedir turno porque se quedaba hasta última hora y esperaba sin apuro a que la atendiéramos mientras hablaba sin parar sobre sus miles de temas soplando el humo de sus Benson & Hedges en la cara de las clientas. Cuando bajábamos la persiana me pedía que la llevara a su casa que quedaba a ciento cincuenta metros. Completaba la despedida charlando más de lo previsto adentro del auto mientras yo sostenía la vela del aguante. Su notable mala predisposición por todo era su ser natural. Una mezcla de odio y resentimiento por las miles de causas no resueltas, entre ellas la de su marido que se fue rajando de la casa, sirvió para mantenerla en busca de enfermedades casuales y en la expectativa de la envidia. Lo que el otro lograra con éxito era su problema intragable. Cuando preguntaba cómo andábamos y le respondíamos bien, contestaba: qué suerte y miraba fijo hacia el punto del rencor que oscurece cada órgano del cuerpo para morir en el más triste olvido. Formaba parte de aquellas indeseables que mi grupo de compañeros no soportaba y yo miraba hacia el costado sin excusas porque su contribución en los emolumentos semanales no me permitía despejar el asunto. Pero Nelly se encargó de cuidar a Nora en los momentos en que necesitábamos a Moni para peinar o lavar cabezas, hasta que me sugirió que hablara con el médico cuando en el fragor de la batalla laboral había descuidado por completo el asunto.

—Es propio del infarto, tuvo dos deposiciones, lo cual significa que tuvo dos infartos — dijo el médico con tono científico a lo que le pregunté qué significaba una deposición — Cagó dos veces — añadió con una sonrisa que dio lugar a otra charla más amigable porque yo quería redondear el asunto de la salida de Nora hacia el hospital más cercano y que ahí la salvaran si fuera posible, pero que no muriera adentro del negocio.
—Voy a terminar respondiendo ante millones de autoridades y parientes — acusé.
—Sí, es posible. Vas a tener quilombos legales — reflexionó.
—¿Está muy mal Nora?
—Se está muriendo, no hay mucho por hacer. El corazón tiene dos lesiones de gravedad, irreversibles. Por mi parte, ni bien llegue la ambulancia, la subimos y trataremos de redactar un informe que deje a la peluquería afuera de esto.
—Por favor — dije con la desesperación del desamparado.

Mientras tanto el hijo de Nora, un flaco distraído que iba a la peluquería muy de vez en cuando y se cortaba el cabello al criterio de mi profesionalidad, no aparecía. Estudiaba Filosofía en la Facultad de Humanidades, le importaba poco la vida social, el cabello, la ropa o la madre con quien discutía a diario sobre la carrera. No era fácil explicar que el hijo estudiaba una carrera que no servía para la vida social del barrio o que jamás conseguiría trabajo. Nora quería que fuera médico, abogado o contador como casi todas las madres que buscan la promesa del futuro y la respuesta fácil a los vecinos. Nora, en un momento de lucidez nos había entregado su teléfono celular para que pudiéramos llamarlo. El flaco contestó en la primera llamada como despreocupado, que no le interesaba o no se daba cuenta de la magnitud del asunto. Arguyó que le había dicho muchas veces a su madre que dejara el cigarrillo, pero ella seguía con el vicio que definitivamente la mataría. Entonces en una segunda llamada le dije que la madre estaba por morirse, que necesitaba urgente de su ayuda y dejara para después sus problemas personales.

Collage: Agostina Bertolotti

La situación nos iba llevando hacia el punto neural del problema: la escalera, el tramo más largo que haya recorrido como si el peso de una piedra gigante en la que iba adherida Nora, intentara rodar por la escalera para aplastarnos a todos. Trataba de calmar los ánimos entre las clientas que preguntaban y mis respuestas no apaciguaban lo suficiente. Mis otros dos compañeros de trabajo, Nora y Manuel continuaban trabajando en una concentración de tenistas. Les había encargado abstraerse lo más que pudieran para que no nos sobrepasaran las circunstancias y llevaban los raquetazos como en una final de Grand Slam. Cuando llegó la ambulancia, la subieron muerta a Nora. Había pasado por adentro de la peluquería como desfilando en la camilla en un silencio sombrío. El médico arguyó al conductor que estaba sedada y me miró fijo con la seriedad de la defunción. Una mentira impiadosa que –luego– me seguiría pesando. Afuera había oscurecido con una humedad tan penetrante que hacía el aire irrespirable. Empecé a toser. Los segundos en que me quedé mirando a la ambulancia fueron los mismos que me llevaron hacia adentro para continuar con el apuro de las clientas que desesperaban de atención, de una contrariedad que debía terminar «ya» por la urgencia urbana invariable y porque el dinero al fin era el factor irreversible.

Fuimos terminando los trabajos, despidiendo a cada una de las clientas y respondiendo con evasivas al respecto de Nora. Cuando bajamos las persianas llegó el hijo. Quería explicaciones mientras insistía con la repetición de un actor que no se aprende la letra. Que la madre fumaba y que nunca le había hecho caso. Respuestas del negador que no contribuían para solucionar lo que le habíamos advertido por teléfono. Insistimos hasta casi echarlo, en que el asunto era urgente y que debía ir al hospital. Yo no veía la hora de irme a casa, estaba agotado y algunos estornudos me iban apagando la voz junto a un agudo dolor de garganta. Nelly fue determinante y su pasión por las enfermedades que nunca tuvo, se manifestaban desquitándose contra un pibe que podría haber sido su hijo.

—¡Querido! Tu mamá está grave. Tuvo dos infartos. No te vamos a solucionar nada nosotros. ¡Andá al hospital de una buena vez por todas a ver a tu madre, querés! — Cerró la Nelly con voz potente.

Los rulos y la barba del flaco parecieron titubear por primera vez. Como una expresión de gravedad.

Al día siguiente, el sábado, Moni llamó temprano con la excusa de que tenía fiebre. Noté cierta duda en su voz quebrada, entendí la evasiva intención de no enfrentar otro día más. Era mejor que descansara y se repusiera. Nelly llegó temprano –concertando una segunda visita semanal– para contar la gran novedad del año a sus compañeras del Club de los Sábados, a quienes seguía por toda la peluquería apabullándolas. Yo trabajaba pasando tinturas o cortando como podía mientras una enorme gripe ocupaba mis pulmones.

—Vos no tendrías que estar acá nene — dijo Nelly acercando su mano para tocarme la frente —¡Estás hirviendo querido! Claro, con todo lo que tuviste que pasar ayer…

La fiebre iba subiendo y la bajaba con unas pastillas de acelere, una droga blanca autorizada, de ventas sin recetas en las farmacias cuyo prospecto anunciaba una pronta recuperación para continuar trabajando como la meta mercantil de llenar algún día el caño de cloacas hasta el tope. Era el último día de la semana y ya en casa podría quedarme en cama hasta que la peste hiciera su proceso que no terminaría el lunes. Llegaría en un cuarenta por ciento recuperado para el martes cuando iniciaba la semana laboral. Se anunciaba el futuro para los próximos años, cuando me encontrara depositando en algún baño olvidado, las deposiciones de un infarto estresado, corriendo por un caño de cloacas las miles de pastillas tomadas para saciar los apuros laborales. Se lo contaba a Nelly mientras charlábamos a las siete de la tarde, adentro del auto, enfrente de su casa.