Cuentos | Un cuento de nadas - Por Javier Núñez | Ilustra: Ramiro Pasch

El día que los trajeron pensé que no iban a durar. La nena, sobre todo: tenía una mirada como de animal salvaje que auguraba problemas. El nene, en cambio, estaba como ablandado a golpes. No tenían más de once o doce años y se parecían el uno al otro. A lo mejor eran hermanos. El Pajarito los bajó a la rastra y me preguntó por mi patrona. Yo dejé de pintarme las uñas y los miré. Quería sonreírles o algo. Pero para qué. El nene me vio la marca del fuego en la mejilla y bajó los ojos. La nena aguantó el estremecimiento y me sostuvo la mirada. Ahí, creo, fue que tuve ese presentimiento fatal.

—Seguime —le dije.

Todavía era temprano. Las otras chicas tomaban mate en el patio de atrás o alargaban la siesta en los cuartos de arriba. Las mesas del bar tenían las sillas patas arriba y Cardozo pasaba un trapo por el mostrador. La Turca estaba en la oficina del fondo, con la puerta abierta, sentada detrás del escritorio y anotando algo en ese cuadernito negro donde llevaba registro de todo. Nos vio entrar y cerró el cuaderno despacio.

No era la primera vez que Pajarito le traía una pendeja. Aunque nunca una tan chica. A veces ni siquiera se sabía los nombres. Las traía del Chaco, de Corrientes. O de afuera: de Paraguay, sobre todo. Los versos con los que las hacía venir eran más o menos siempre los mismos. Aunque a veces ni falta hacía: por ahí eran las propias madres las que las entregaban a cambio de unos pocos pesos.
La Turca los midió con ojo clínico. Les hizo levantar los brazos, darse la vuelta. Hasta les miró las dentaduras. Después les dijo que se desnudaran. La pendeja medio que se resistió; la Turca le devolvió una sonrisa helada. Sos brava, le dijo. Me gustan las bravas. Y después, señalándome, le dijo «Preguntale a ésta cómo me las arreglo con las bravas». La nena me miró. Instintivamente, me acaricié la cicatriz. Se dejó desnudar en silencio. Tenía una tetitas que apenas eran un amago y las caderas flacas. El nene era nomás eso, un nene. Dos nadas. Así dijo la Turca:

—Estos son dos nadas.

Igual tiró una cifra. Pajarito regateó y ella se dejó empujar un poco. No mucho.

—Todavía son muy pichones —dijo— Hasta los voy a tener que engordar. Agarrá antes de que me arrepienta.

Nunca supimos sus nombres: los llamábamos como a los hermanitos de un cuento infantil. Al principio nos pareció que eran mudos o algo así, porque no emitían ni una palabra. Después vimos que se comunicaban entre ellos, con gestos o en susurros tan bajos que parecía que se adivinaran lo que querían decirse. A la piba la metieron en la pieza con nosotras para que la fuéramos trabajando de a poco y al pibe lo mandaron al kiosquito, una casilla de hormigón de dos por dos que estaba en los fondos del bar, medio escondida para que no se viera desde la ruta aunque todo el mundo sabía dónde quedaba y qué se vendía ahí. Tenía una puerta que de adentro se trababa con una viga de hierro, para que nadie pudiera entrar. Se pasaba el día encerrado ahí, con un celular con el que sólo podía llamar al número de Cardozo, un sánguche, una botella de agua y un balde para hacer sus necesidades. A la noche lo hacían dormir en el trastero del fondo, atado a la pata del catre como si fuera un perro.

Ninguno de los dos la tenía fácil, pero la que por algún motivo me conmovía de verdad era la piba. Qué sé yo: será que el pibe ya parecía roto y en cambio la piba no. O será que en esos ojos desafiantes, en esa tozudez fatal, veía reflejada a la que fui alguna vez, antes de que la Turca me quebrara como a todas las demás. Como a fin de cuentas la iba a quebrar a esta también. Porque si no era por las buenas iba a ser por las malas, de eso podía estar segura. Demasiada paciencia le venía teniendo ya. Si hasta le dio tiempo para que se aclimatara y que su cuerpo se fuera desarrollando. Pero que aprenda a chuparla, dijo, eso ya está en condiciones de hacerlo y acá nadie come gratis.

Las otras le hacían la cabeza. Ya vas a ver que te acostumbrás, le decían: peor es allá afuera. ¿Qué tenés, afuera? Acá de última tenés techo, comés como la gente. Y si te portás bien con los clientes la Turca se porta bien con vos. Pero no había caso: era como esos juncos del río que se doblan con el viento pero después, cuando vuelve la calma, siguen enteros y de pie. A mí me provocaba una mezcla de ternura y de miedo que me tenía inquieta todo el tiempo. Tarde o temprano, pensaba, la van a romper. La van a cagar para el resto del viaje. Y esa sensación no me dejaba dormir. Qué sé yo: a lo mejor quería, en ella, salvarnos a todas las demás. Salvar a las que nunca nos habíamos salvado. Una noche se lo dije:

—Te van a romper.

Me miró. Era imposible adivinar qué pensaba, pero se encogió de hombros como diciendo que no le quedaba otra opción. Yo suspiré. Me toqué la mejilla sana y me pregunté si valía la pena. Después bajé la voz.

—A lo mejor hay algo que se puede hacer.

Con las chicas no había vuelta: la Turca tenía entongados a todos los jueces y políticos de la zona y sabían hacer la vista gorda. La merca, en cambio, era otro tema. Por ahí se podía entrar. Así que el sábado cuando vino el misionero se lo dije. Era bruto, no muy lúcido, pero de buen corazón. Dos o tres veces había tratado de convencerme para escapar con él. Yo me reía. ¿Adónde iba a ir así? Marcada como una vaca. Ni para puta servía ya. Pero ese sábado le dije que sí. Le dije que me iba a ir con él si hacía lo que le pedía. Yo pensaba en la piba, nomás. En darle una oportunidad como fuera.

Como era previsible, Cardozo y la Turca no tardaron en enterarse. Acá todo se sabe enseguida. El misionero había partido con la idea de batir lo del kiosquito y antes de que se alejara demasiado, ya la noticia había vuelto, no sé bien a través de quién. Enseguida mandaron a vaciar el kiosquito. Pero el pibe había trabado la puerta por dentro y se negaba a salir.

Nadie entendía nada. No había forma de convencerlo: estaba atrincherado, la viga cruzada de lado a lado de la puerta y la determinación feroz de aguantar así. Cardozo se encerró en la oficina con la Turca y le explicó lo que pasaba. Desde afuera se escuchaban los gritos: la Turca le pedía que entrara a la fuerza y Cardozo trataba de explicar que era un puto búnker. A la Turca, entonces, le entró la desesperación. Si no lo podés sacar quemalo, gritó. Quemalo con todo adentro.

Ilustración: Ramiro Pasch

Era temprano y no había clientes: salimos todas detrás de Cardozo, entre asustadas y curiosas. Le hablaba desde afuera, tratando de convencerlo. Salí, pendejo, salí porque lo prendo en serio. La cara se le había transfigurado: era una bola roja, encendida, que parecía arder desde adentro como si se hubiera tragado un litro de aguarrás. Estaba decidido a quemarlo en serio. Nadie dudaba de eso. Ni siquiera el pibe, que se había acurrucado contra un rincón y se había quedado ahí, sin decir ni mu. Como dispuesto a inmolarse.

Cardozo fue hasta el trastero donde el pibe solía dormir y volvió con dos bidones llenos de un líquido turbio y azulado. Se paró junto a la ventanita y desenroscó la tapa de uno. Lo olió, sin arrimar demasiado la nariz, como para comprobar el contenido. Después inclinó el bidón para que el líquido cayera, por la ventana, hacia el interior del kiosquito.

—Vamos a ver si salís o no.

Entonces la pendeja se adelantó. Fue la primera vez que escuchamos su voz.

—Déjenme hablar con él.

Se arrimó a la ventana del kiosquito. Cardozo dejó el bidón en el piso y puso los brazos en jarra, como esperando. La piba lo miraba con esos ojos vacíos, de muerta en vida, sin decir nada. Al final Cardozo suspiró y retrocedió hasta la puerta trasera del bar, donde estábamos todas, para darle espacio. Recién entonces ella se pegó a la ventana y empezó a susurrar algo que nos resultó inaudible: se tenía que poner en puntas de pie para llegar bien. No podíamos saber si el pibe le contestaba, pero de vez en cuando ella movía la cabeza como asintiendo. Más que hablarle, parecía que lo arrullaba.

Al rato vino y dijo: Voy a entrar, pero se tienen que quedar lejos, donde él pueda verlos desde la ventana. Cardozo aceptó de mala gana.

La piba entró. Pasó un rato. Cuando salió, salió sola.

—Dice que solamente va a salir si entra la Turca a buscarlo.

Entre las chicas se alzó un murmullo que se cortó como de un hachazo cuando Cardozo, que la miraba como a un insecto desconcertante, nos enfocó a las demás con la mirada encendida. Tuvimos que reconocer que, loco o no, el pibe tenía huevos. Cardozo entró sin decir nada. Cuando volvió la Turca le pisaba los pasos. La muralla de chicas que se había formado en la puerta del patio se abrió como la puerta automática de un shopping para dejarla pasar. Tenía los labios tan apretados que más parecía que hubiera venido fallada, que alguien se hubiera olvidado de tajear esa cara para formarle una boca. Atravesó el patio con unas zancadas que hicieron temblar las paredes del pequeño búnker.

La piba la esperaba en la puerta y entró con ella. Mejor dicho: la dejó pasar primero, y apenas la Turca atravesó la puerta la empujó hasta el fondo con una fuerza que nadie sabe de dónde sacó. El pibe salió de un salto y entre los dos cerraron la puerta de golpe. Fue tan rápido que todos tardaron en reaccionar. O casi todos. Cardozo era una víbora, y al primer movimiento raro ya había empezado a reaccionar. Pero tenía toda la atención puesta en el kiosquito, en los pendejos, en la Turca: nunca se vio venir el cuchillo por la espalda, a la altura del riñón, que entró con sorprendente facilidad. Pegó un grito roto, desparejo, casi femenino, que no parecía venir de él.

—Qué hiciste, puta de mierda.

Tardé en ver el fierro. Me apuntaba desde el piso. Cerré los ojos, esperando el disparo. Pero antes de que llegara a apretar el gatillo las chicas se abalanzaron sobre él. Desapareció como tragado por esa marea de brazos y piernas que lo aplastaban.

La Turca gritaba desde adentro del búnker. Los dos nenes se habían quedado inmóviles al lado de la puerta cerrada. Asentí de lejos, como para decirles que ya estaba o que siguieran adelante. La nena caminó despacio hasta la ventana. La Turca, asomada a la ventanita, la amenazó. Después imploró. Ella alzó el bidón y vació el resto por la ventana. No nos costó adivinarle en los ojos ese rencor que todas supimos tener pero que se nos fue desgastando o desvaneciendo, como si al final esto fuera todo.

Pero a ella no.

Todavía le latía el odio en los dedos cuando raspó uno de los fósforos.


[Texto e ilustración publicados en nuestra novena revista]