Viendo: Virginia Gigli

Vudú

El frío rosarino, que amenaza con escondernos a todos detrás del vidrio, quedó en un segundo plano porque la música volvió a ganarle la pulseada. Quienes comandan la noche traen rock, agudos y la promesa de que será un buen momento. Con más chasquidos que aplausos, el público le firma fidelidad a una banda que escribe la historia en las páginas grandes para desmentir (o chicanear), aquello de que dios atiende solamente en Buenos Aires.

Rata Blanca: «Tormenta eléctrica»

Una melodía con base de truenos copó la noche rosarina. Roedores y rockeros tomaron el mando del temporal que devino en música y alborotó a los cuerpos que bailaron entre acordes y relámpagos. Los agudos cortaron el aire y atravesaron más de tres décadas de historia de discos, clásicos y novedades. Mientras el tiempo construía la anécdota, una lapicera tomó nota para que los detalles no se pierdan camino a casa.

Perro Suizo

El pulso de la percusión anuncia que hay que moverse porque ellos, que son varios y uno solo al mismo tiempo, desatan una bocanada instrumental que altera la normal circulación sanguínea e invita al cuerpo a alegrar las penas. La música pasará tu piel y no hay alternativas, es el rocanrol de hoy.

Degradé: recital acústico

Los colores mutan, pierden su esencia y en el enroque impoluto de la explosión, nuevas formas y figuras aparecen enlazadas en diferentes tonalidades que, expandidas por su propia fuerza, contagian a las sombras y los muebles que pueblan a los alrededores. La música aprovecha esas detonaciones y, como madre absoluta del arte, traza los circuitos que conducen a la belleza.

Maité

Su nombre, anotado en las palabras de la lengua cántabra, remite nada menos que al amor, tanto como la poesía que regalan a través de sus canciones. Así,...

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