Cómo es que hablan los que no tienen voz
Texto: Herminda Azcuénaga de Puchet | Fotografía: Juliana Faggi
Texto: Herminda Azcuénaga de Puchet | Fotografía: Juliana Faggi
Verlo o palparlo no nos vuelve sensibles, tampoco nos resta la exaltación de los tejidos o el caliente soplido que sube por la laringe y se detiene en las fosas nasales: ese embotellamiento es una imposibilidad. Alcanzar a respirar no es nada más que imprimir una acción en algo que la prescinde. Clavar la faca en lo más profundo del cuerpo y acabar litros de semen terminan por impactar en un momento. En esa componenda, la actividad creativa, el impulso artístico, queda en cuestión, como el cuerpo dolido o extasiado.
Escribir es un acto trágico, enfrentarse a la muerte, o la vida, resurgir antes de perderse definitivamente, un último intento o una primera maniobra, una búsqueda insistente y desesperada, un consuelo siempre retardado, una infinita alegoría que alguno ingenió, que fue lista de víveres, enumeración de armas, seguimiento de bienes y, por fin, invención, cuerpo prolongado, materia viviente. Del texto hablamos, o de algunas de sus inmediaciones.
La política es una guerra encubierta, o una disciplina de conflictos, un amplio campo donde se definen voluntades, un encuentro entre fuerzas opuestas que pretenden doblegarse unas a otras, un firmamento de enemistades, una búsqueda de adversidades que permitan resolver las instancias presentes; lo decisivo, en cierta medida, es dar muerte a lo que pretende la anulación propia, sobreponerse, conquistar o vencer, urdir o tramar, persuadir y disponer.
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Por Narciso Sánchez Inmundo
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