Historia colectiva. Parte IV: Mar de dudas - Una historia. Una historia que tenía que ser contada. Por desgracia, Ernesto no se llevaba bien con la suerte. Mientras veía cómo Eduardo era llevado por los policías. Quiso acercarse a ellos, preguntarles qué había hecho el sosegado taxista. No obstante, a sus ojos, esos policías parecían armarios: una constitución robusta que le intimidaba. Nuestro […]

Una historia. Una historia que tenía que ser contada. Por desgracia, Ernesto no se llevaba bien con la suerte. Mientras veía cómo Eduardo era llevado por los policías. Quiso acercarse a ellos, preguntarles qué había hecho el sosegado taxista. No obstante, a sus ojos, esos policías parecían armarios: una constitución robusta que le intimidaba. Nuestro amigo no brillaba por su valentía, así que dejó pasar el gran momento.

Pensó seguir al coche de policía. Gran idea. No, ahora cayó en la cuenta; el venía andando: “para no gastar”, decía. “¡Córcholis! ¿Qué podía hacer ahora? ¡Eureka!”. Cuando se paró a pensar, pudo percatarse de que todo el mundo lo estaba mirando. Tal había sido su sobresalto, que se había levantado. Eso ahora no importaba. Mientras se acercaba, lanzó una mirada inquisitiva al grupito de “sabios políticos”. 

-¿Qué ha sucedido? Cuéntenme. No he entendido nada, ¿por qué se han llevado a su amigo?

El joven se encogió de hombros. Por su parte, Rubén desvió los ojos hacia otro lado. Sólo el viejo Mario se atrevió a dar una cortante respuesta:

-Pregúnteselo a él. No es nuestro amigo.

Lo más sorprendente de todo era la situación de la gente del bar: rostros impasibles, indiferentes, y de ningún modo consternados por lo ocurrido. Ernesto llegó a plantearse si en ese lugar había personas. Al instante reparó en que los “amigos” de Eduardo no querían colaborar. Buscando respuestas, fijó la vista en el servicial “barman” que estaba a pocos metros de él. Ya había tratado con él antes, incluso podría decir que se conocían. “En una ocasión -recordaba Ernesto-, este señor me permitió pagarle un día después, pues se me olvidó la billetera y no tenía con qué pagar… sí, es un buen hombre”. Pronto entabló una conversación con el amable caballero, el cual le tendía una cálida sonrisa.

-Buenos días, Luis, ¿cómo va hoy el negocio?

-Va tirando, ya sabes: la clientela ha bajado, hay deudas por pagar… en fin, lo típico. ¿Ya has acabado de desayunar?

-Se podría decir que sí, pues otros asuntos más importantes me traen de cabeza en este momento. Por cierto, ¿cómo es que nadie ha reaccionado mínimamente ante semejante suceso ocurrido hace cinco minutos?

-Ah, eso tiene fácil explicación. Ya sabes que la gente por esta zona es muy fría. Además, aquí nos conocemos todos. Tú eres más o menos nuevo… y no comprendes totalmente lo que ha pasado. Normalmente, las discusiones de estos taxistas no llegan a más; hablan de política y se toman unas cervezas. Pero esta vez, me parece las cosas han cambiado.

-¿En qué sentido?

-Pues que, últimamente, ese tal Eduardo estaba muy raro; apenas ha hablado hoy, ¿no es cierto?

-No se le ve muy charlatán, la verdad.

-Pues bien, me he enterado un poquito, ya sabes, hablan a voces, así que es inevitable enterarse.

-Siga, por favor.

-Resulta que Eduardo había tenido una buena racha. Hace poco, le ascendieron de puesto, con lo difícil que es hoy día, usted me entiende; pero eso, que él trabajaba en una pequeña empresa industrial, el puesto de un trabajador medio, con un sueldo más o menos estable y con un horario un poco ajustado, para mi gusto. No obstante, al ver los jefes que era un trabajador honrado y cumplidor, lo ascendieron a jefe de la planta. Y, como es inevitable, surgieron ciertas envidias hacia él.

-Creo que veo la raíz del problema.

-Espere, vayamos a otro lugar; creo que nos están observando.

Nuestro protagonista y el amigable “barman” fueron disimuladamente al baño, el típico lugar donde uno puede hablar de las cosas tranquilamente. Siguió la conversación.

-Tras todo este barullo, las malas lenguas afirman que por ahí le están dando mala fama; creo que por eso, la chica que apareció antes lo trató así. Y no estoy seguro, pero algo tendrá que ver con este asunto. O no. No me gusta interpretar los asuntos. Debido a la situación que el ascenso había traído consigo, yo veía que Eduardo estaba mal. Ya sabía yo que esa compañía, Venron, no era de fiar. Y es normal que, en esa situación, uno pierda los papeles y no actúe bien. De ahí al acoso sexual… no sé.

-Muchas gracias, Luis, por toda esta información. Las cosas me han quedado más claras. Hasta pronto. ¡Ah! Aquí tienes el dinero del café.

Ernesto salió lentamente del bar, mientras los taxistas le dirigían una mirada asesina. De camino a su casa, tenía mucho que pensar: ¿sería esta una historia interesante? ¿Qué habría pasado? ¿Podría ser ese hombre, a simple vista sensato, un acosador? Tenía que consultarlo con la almohada. Quedaba un largo camino por recorrer.