Historia colectiva. Parte VI: Los nudos del sospechoso - El sol no terminaba de asomar en su esplendor. Era una mañana rosácea y algo fría. Uno de esos días en los que a Ernesto le gustaba penetrar en el bar y saborear el café relajadamente. Pero ahora estaba siguiendo a un extraño por las calles de la ciudad. Gratuitamente: mientras avanzaba detrás de aquel […]

El sol no terminaba de asomar en su esplendor. Era una mañana rosácea y algo fría. Uno de esos días en los que a Ernesto le gustaba penetrar en el bar y saborear el café relajadamente. Pero ahora estaba siguiendo a un extraño por las calles de la ciudad. Gratuitamente: mientras avanzaba detrás de aquel caballero, se preguntaba a sí mismo para qué lo perseguía; con qué necesidad se metía en el embrollo de saber quién era ese tipo y qué hacía de su vida. A fin de cuentas, si era un delincuente, podría denunciarlo a la policía y se acabó. Quizás era mucho más conveniente esperar que la policía lo confirme y luego publicar alguna crónica banal y superficial, como casi todas las que mecánicamente hacía.
El tipo iba zigzagueando, doblaba en casi todas las esquinas. Ernesto no comprendía las razones lógicas de ese comportamiento: tal vez estaba escapando de alguien. Tal vez, escapaba de él.
Fueron unos 20 minutos de caminata agitada. Trajín fatal para la deteriorada salud de Ernesto. Cerca de un quisco de diarios y revistas, Ernesto, extenuado, apoyó sus brazos contra la pared y largo un contenido y ruidoso suspiro.
Por detrás de una de las hojas metálicas del quisco, asomó el comerciante. Vio el rojo feroz del rostro del viejo periodista, que apoyaba sus dos manos en la pared y le largaba al suelo un catarro desfalleciente.

-¿Esta bien, don? –le preguntó- ¿Necesita ayuda?.

Ernesto, con los últimos tramos de su orgullo, negó con un gesto. Pero el catarro era cada vez más compulsivo y el dolor en el pecho, indisimulable.
Abrió los ojos grandes y lo miró fijo al quiosquero. El quiosquero miró asombrado como Ernesto se desplomaba en el suelo. Estuvo unos segundos estupefacto, contemplando al viejo desparramado, con los ojos enormes y abiertos que miraban al vacío del cielo y la boca jadeante, dando bocanadas inútiles, mientras emitía unos sonidos tan tenebrosos como incompresibles.
Se acercó temeroso al viejo y notó que estaba helado.

-Uy… este viejo se cagó muriendo…- dijo al aire.

Después corrió, tomó el celular y llamó a la ambulancia.
La persecución no le había hecho conseguir ni un solo dato de aquel tipo, ni una sola información que sumara algo a su particular investigación: solamente le ganó una semana en el hospital.
Sin embargo, su vanidad de patético Sherlock Holmes no fue vencida: al día siguiente de salido del hospital, Ernesto estaba nuevamente en el bar, tomando su café y oteando atentamente a su alrededor, a la espera de aquel intrigante personaje.
Íntimamente sospechaba que la escena de la mujer era un montaje. Su cínica desconfianza se lo hacía intuir. Creía que esa mujer estaba arreglada con el tipo, que realizó esa escena solo como distracción, para que los ojos ingenuamente despistados creyeran el papel vulgar y mundano de aquel hombre.
Pero Ernesto no se tragaba esa versión. El sospechaba que aquel hombre –el tal Eduardo, de acuerdo al relato del poco fiable Mario, un mitómano empedernido que gustaba de contar historias de conspiraciones y armar interesantes construcciones ficcionales sobre los personajes de su propio boliche- era algo más que un simple idiota que regalaba peluches a las mujeres para intentar congraciarse.
Nadie, tan estúpido, permanecería callado tan profundamente como aquel tipo permanecía mientras los otros –los verdaderos estúpidos- vomitaban sus cursientas teorías y debatían regodeándose entre banalidades.
Mario, acodado en la barra, le hizo una seña de pretensiosa intriga llamándolo. Ernesto dedujo que se trataba, fundamentalmente, de aburrimiento: en ese momento el bar se encontraba prácticamente vacío. Solo un par de mesas ocupadas por clientes que no revestían mayor interés para el conspirador barman.
Sin más opciones, Ernesto se acercó.

-Me enteré lo que le pasó- le dijo el barman con los ojos entrecerrados y la voz sepulcral, como sugiriendo algo más detrás de esa frase.

Ernesto asintió sin mayores lujos.

-Disculpe la indiscreción, pero… ¿Qué hacía por aquellos lados?- continuó- usted no suele andar por allí.

Ernesto atinó a contestar por reflejo.

-Salí a caminar… hacer ejercicio… pero, evidentemente, me fue mal- intentó ser chistoso. 

-Hay que ser cuidadoso… a su edad… ¡Con todo respeto, se lo digo! Más cuando uno anda por lugares que no suele frecuentar… es peligroso.

Más tarde comprendió: ¿Cómo sabía Mario dónde había ocurrido su descompostura? ¿Quién le había contado? ¿Por qué le resultaba tan sospechoso a ese simple barman que él anduviera por aquella zona caminando a esa hora de ese día? Evidentemente había algo que se le estaba pasando por alto, un aspecto en el que no había reparado. Ernesto -gran descuido para un detective como se pretendía- no había trazado el talante adecuado de todos los personajes. 

En verdad, Ernesto estaba en el punto cero. Sin ningún elemento que le permita, si quiera, profundizar la investigación hacia algún lado.
Ernesto apuró la conversación para finalizarla. Pagó su café y se fue.
Tal vez el que debía ser seguido esta vez era Mario, y no el tan mentado Eduardo.