Historia colectiva. Parte XVII: Desde adentro - Historia colectiva Di Partine caminaba despacio pero pensaba rápido. Quería lograr darse cuenta de que en verdad el mundo le había mostrado solamente una cara de las cosas. Estaba totalmente seguro que estaba sólo. También era cierto que no quería incluir a nadie más en esto, porque estaba claro que en el mismo instante en […]

Historia colectiva

Di Partine caminaba despacio pero pensaba rápido. Quería lograr darse cuenta de que en verdad el mundo le había mostrado solamente una cara de las cosas. Estaba totalmente seguro que estaba sólo. También era cierto que no quería incluir a nadie más en esto, porque estaba claro que en el mismo instante en que entrabas al caso, tu vida corría peligro.

Al comienzo de la encrucijada no tenía demasiado claro si seguir o no; se pronunciaba dubitativo, no existía nada que fuera lo suficientemente lógico como para darle cuerpo a aquello que estaba ‘investigando’.
Pasó el tiempo, y los cabos sueltos bailaban alrededor del caso, de su caso. Todo comenzaba a tener un sentido mayor, pero la confusión era aún mayor; directamente proporcional en cuanto al crecimiento de las pruebas. Hasta que murió Carlos. El suicidio de su mejor amigo le daba al menos una certeza inamovible: no iba a abandonar absolutamente nada.

Dora Esquivel estaba limpiando la recepción del viejo burdel. Era un ambiente amplio, con tres sillones de cuero y una máquina antigua de música. Más adelante se asomaba una barra con un telón de fondo de diversas botellas de wiskhy, y otros licores. Además había algunas banquetas algo desprolijas, y una mesa de billar.

La sala estaba vacía, había dos chicas en las habitaciones del primer piso y tres más en la parte de atrás que contaba con otras dos piezas y un pequeño patio inundado de porquerías.
El lugar no era estéticamente llamativo. La fachada del frente tenía una gran puerta lastimada por los años, rodeada de manchas de humedad y grietas que denotaban la falta de cuidado. El descampado que estaba al lado empeoraba más aún el paisaje; son sus pastos altos y cuatro paraísos moribundos, que sobrevivían al frío. Había restos de una casa, o al menos eso se entendía viendo ese lugar desde la calle.

El teléfono interrumpió la limpieza de Dora. Nunca nadie llamaba, el número del lugar lo tenía poca gente. Sorprendida, dejó a un lado sus labores domésticos y tomó el auricular.

– ¿Hola?

– Escuchame estúpida, ¿con quién estuviste hablando vos?, ¿querés que nos maten?

Por el tono de voz dedujo que la que hablaba no era otra que su hermana. Dora nunca la quiso, solamente mantenía la relación con ella porque necesitaba dinero para vivir y no tuvo más opción que someterse a los negocios de Alicia.

– ¿De qué estás hablando? – Dora lo sabía perfectamente,

pero prefería pasar por sorprendida para evitar conflictos.

– Mirá hoy vino al bar el periodista este amigo de Carlos que está rompiendo las pelotas, y sabe mi nombre…- Alicia estaba comenzando a gritar- y según me comentaste le tuviste que dar una carta o algo así del otro cagón que se mató.

– Yo ni siquiera te nombré. Le di la nota y se fue, quiso preguntar algo pero le dije que se vaya y que no se meta más.

– Bueno, no hizo caso. Está encontrando cosas, y el jefe nos va a culpar a nosotras. Seguramente vuelva a ir a visitarte, ¿me escuchás?, al tipo ese hay que eliminarlo.

La comunicación se cortó.

En alguna otra parte de la ciudad, una mano levantó el teléfono y llamó al burdel. Dora confiada que era su hermana atendió con un insulto.

– ¿Con quién creés que estás hablando?

Los ojos se agrandaron al mismo tiempo en que su cara tomaba una increíble palidez.

– Perdón jefe, yo sólo… – no pudo terminar, el sujeto del otro lado la interrumpió.

– Escuchame bien, hay un tipo, un periodista que está molestando. Ya hablé con gente de la policía y dicen que no pueden hacer nada, así que nos vamos a tener que encargar nosotros – la voz del otro lado era firme y áspera- ahora están yendo hacia allá el Ruso y Tony, que pasen y se queden ahí, cuando aparezca el tipo este dejalo entrar y los muchachos se encargan del resto. ¿Estamos?

– Si señor, despreocúpese. – Alguien tocaba la puerta.

La señora colgó el teléfono y caminaba hacia la entrada. Una de las chicas se asomó desde la escalera, y Dora le ordenó que no saliera de la habitación y que les diga eso a las demás.

Tony y el Ruso estaban en la entrada. Caminaron hasta la barra y comenzaron a beber, esperando que Di Partine aparezca por el lugar.

Mientras aguardaban la llegada del periodista, bromeaban entre ellos, hablando de mujeres y fútbol.

A Gólubev le decían Ruso, por su padre. Éste se había escapado de la segunda guerra en un barco de carga que venía para América. En mitad del trayecto es descubierto y debió trabajar sin sueldo y una sola comida al día en el buque, para pagar su estadía allí. Era eso, o nadar. Al tiempo de desembarcar en el Caribe, inició un romance con una mujer del lugar, que dejó como resultado a Vladimir Gólubev.

Rebelde de pequeño, el Ruso abandonó su familia a los quince años, para empezar a moverse entre los pasillos de la delincuencia. Con sólo veinte años sumaba alrededor de 150 muertes en su espalda, de las cuales se sentía orgulloso. Llevaba una cruz tatuada en su pantorrilla por cada diez asesinatos.
No encajaba en los parámetros del matón que se suele conocer. Era más bien una persona de estatura normal, pelo rubio, ojos marrones y penetrantes. Sostenía una mirada seca y firme, que se complementaba con los rasgos tajantes de su rostro.

 La suerte lo trajo a la Argentina, y en poco tiempo ingresó a formar parte del grupo del jefe.

Nadie conocía al jefe, daba las órdenes por teléfono, y enviaba los pagos mediante depósitos o en paquetes a las puertas de las casas. No tenía identidad.

Tony era diferente Vladimir. No era para nada inteligente, usaba la fuerza como arma en contraposición de su compañero que sabía usar la cabeza. Con casi dos metros, y noventa y pico de kilos, Antonio Marfine era un matón de película. Siempre estaba a las órdenes de su amigo que era quién dirigía las operaciones.

Entre las risas de los dos, Dora servía un trago tras otro. Sus manos no lograban tranquilizarse, y le costaba no derramar la bebida sobre la madera de la barra. Estaba nerviosa, sabía que Ernesto era un buen hombre y que iba a morir ni bien llegase al lugar.

Ella sentía un gran aprecio por Carlos, ya que él la había ayudado innumerables veces, prestándole dinero, o defendiéndola frente a los hombres borrachos que acudían al burdel.

Sin pensarlo se metió de prepo en la conversación de los dos tipos. Los detestaba, pero era la única manera de poder ayudar a Ernesto.

– Perdón., pero quiero proponer un brindis, por nosotros, por el grupo.

– ¿Qué decís vieja? – Tony era asqueroso y desagradable – ¿desde cuando vos tomás?

El Ruso le dio una cachetada a su compañero en señal de reprobación, haciendo que el otro salte de la banqueta queriendo golpearlo. Inmediatamente, el Ruso sacó su arma y la apoyó sobre la frente de Tony.

– ¿Qué vas a hacer eh?, ¡Decime qué mierda ibas a hacer!

Tony bajo la guardia y se volvió a sentar.

– Pedile disculpas. – el Ruso levantaba la voz – pedí disculpas la puta madre.

– Esta bien, no hace falta Vladimir – Dora quería tranquilizarlos a los dos.

– Ahora sí, dale. Trae algo para brindar.

La vieja buscó entre las botellas de Wiskhy y eligió un viejo Gentleman Jack. Brindaron por el grupo, por la amistad, por el jefe y las chicas; por ellos y hasta por Carlos.

Dora hacía siempre lo mismo, simulaba beber, mientras los otros comenzaban a embriagarse; no dejaba de llenarles el vaso, ni bien lo apoyaban satisfechos.

Antonio se paró sobre sus piernas y fue directamente al sillón grande de la sala. No podía levantarse, y comenzaba a cerrar los ojos lentamente. Vladimir, en cambio, estaba apoyado sobre la barra, con la cabeza entre los brazos.

Minutos después, tocaron la puerta.

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