Historia colectiva. Parte XIV: El secreto de la rosa - Historia colectiva Mientras caminaba sin dirección, tenía todos los sentidos de su cuerpo censurados, su mente viajaba por lugares inhóspitos y trataba de relacionar la muerte de su amigo con todos los hechos que habían pasado anteriormente; cuando pudo darse cuenta de la mano que lo había empujado hacia adentro del lugar era demasiado tarde, […]

Historia colectiva

Mientras caminaba sin dirección, tenía todos los sentidos de su cuerpo censurados, su mente viajaba por lugares inhóspitos y trataba de relacionar la muerte de su amigo con todos los hechos que habían pasado anteriormente; cuando pudo darse cuenta de la mano que lo había empujado hacia adentro del lugar era demasiado tarde, su estado de shock era tal que no pudo ver quien era la persona que lo había llevado hasta allí.

Estaba solo ahí sin entender nada, una miedosa oscuridad rondaba el ambiente. Desde lejos se lograba divisar una pequeña luz muy apagada, quizás sea una vela. Cuando pudo volver en si, no tenía muy en claro lo que debía hacer, si salir corriendo o averiguar que estaba pasando. Sin dudas, Ernesto no podía dejar de relacionar todo con la muerte de Carlos, entonces decidió investigar como un decidido Sherlock Holmes dispuesto como si fuera el primer día que debía cumplir ese rol.

Al entrar a una habitación, una señorita se le acercó, como buen periodista ya estaba lo suficientemente dispuesto para hacer un centenar de preguntas acerca del lugar y de que se suponía que estaba haciendo él ahí, lo cual fue en vano: la mujer, solo en cuestión de segundos, le entrego un papel abollado y le dijo rápidamente que se fuera del lugar lo más rápido posible.

Como buen investigador con años de experiencia y décadas de motivación por seguir lo que realmente le interesaba, no quiso mover un pie de ese lugar, dispuesto a revolver cielo y tierra de aquel burdel. Sin embargo, la señorita regresó y esta vez si lo advirtió:

-Váyase, si no quiere seguir lamentando víctimas.

Esta frase paralizó por completo al viejo periodista, que era una de las pocas veces que le hacía caso a una persona, quizás por el laberinto de dudas que atravesaba su mente; quizás por miedo. Nunca sabremos realmente cual fue el motivo por el cual Ernesto se encontraba en la vereda pocos minutos después.

Continúo su rumbo, esta vez más direccionado, y decidió que todavía no era el momento para desenvolver semejante embrollo.

Ya caía la noche y acompañaba el rocío en un escenario equivalente al de su vida. La noche significaba para Ernesto algo tan asombroso como oscuro, en esta etapa del día por algún motivo despertaba en él un centenar de preguntas, pensamientos y especulaciones respecto a su profesión.

Decidió que debía tomarse un baño para despejar su mente y retomar su tarea habitual, pero ya con otros ojos.

Con su taza de café en mano, dispuesto en la cocina, ya estaba muy bien preparado para desplegar aquel papel que la dama del burdel le había entregado. Antes de abrirlo, intentó recordar como estaba vestida aquella mujer y, como un flash, en su mente apareció la rosa blanca. La “misteriosa” rosa blanca. Y allí fue cuando recordó que aquella mujer la traía. A excepción de que ella no tenía un ramo de rosas blancas sino solo exhibía una en el bolsillo derecho de su camisa roja. Ahora si se encontraba dispuesto para desentrañar aquel mensaje sin duda alguna.