La dignidad de las putas (Parte III) - Manifiesto Contra Llegamos a la tercer parte de esta serie de escritos que nos ayudan a reflexionar sobre uno de los trabajos ilegales más antiguos del mundo. Por Ha-Shatán  “En ocasiones, la vergüenza es del hombre” dice el pastor a la trabajadora sexual y, nosotros, agregamos que no tan sólo la vergüenza está en el […]

Manifiesto Contra



Llegamos a la tercer parte de esta serie de escritos que nos ayudan a reflexionar sobre uno de los trabajos ilegales más antiguos del mundo.

Por Ha-Shatán 

“En ocasiones, la vergüenza es del hombre” dice el pastor a la trabajadora sexual y, nosotros, agregamos que no tan sólo la vergüenza está en el hombre sino que es en la “puta” que encontramos un resquicio de dignidad, pues en que en su labor y en su figura los términos contradictorios hacia el edificio de nuestra moralidad se nos tornan total y absolutamente ineludibles. Es que la mujer deja de ser objeto de apropiación sexual, ella es propietaria de su cuerpo y su personalidad, y, dicho del modo más descarnado, es ella quién decide “alquilarlo” por un tiempo determinado y en los específicos términos que ella impone al contratante de su servicio.

¿Alquila su cuerpo? Ya dijimos que no es exactamente así, pero aceptemos el exabrupto porque lo relevante es que esto no difiere en sustancia de cualquier otro contacto sexual. La sexóloga Valérie Tasso señala: “Lo cierto es que detrás de cualquier asociación siempre hay una expectativa de gratificación; cuando esta no se consigue, creemos que no la vamos a obtener o buscamos otro tipo de compensación, el emparejamiento se disuelve” en el artículo “Cuerpos de usar y pagar” publicado por la revista española “Muy” en su número 362 correspondiente a julio de 2011. Fuera de que Tasso suele hacer gala de un peculiar snobismo, esta postura no deja de ser tan acertada como contundente. Lo sexual, lo carnal, siempre se produce en pro de una gratificación independientemente de la especie concreta de dicha compensación. Poco importa si lo carnal busca retribución en algo tan abstracto como el “amor”, el complejo e inasible “placer” o un estímulo económico concreto como es el caso de la “puta”, lo cierto es que siempre lo carnal se produce en pro de obtener algo cualquiera sea la naturaleza de ese “algo”. ¿En qué difiere la sexualidad habitual de la que se produce en el ámbito de la prostitución? Sólo en que la segunda es más sincera, quién presta el servicio lo hace a cambio de obtener tal estímulo económico concreto y quién contrata el servicio abona la compensación por que la otra persona se avenga a tener un contacto carnal.

La única diferencia sustancial entre el sexo de una pareja, el sexo ocasional y el sexo que podríamos llamar “mercenario” es que la gratificación se encuentra expresa, es ineludible y tiene un carácter indefectiblemente pecuniario. Se puede decir que hay un rasgo distintivo que podría parecer ineludible, este rasgo es la ausencia de deseo hacia ese encuentro carnal, sin embargo, esto no es tan sólo incierto sino que es directamente falso.

Eludiendo por un momento la existencia de casos de personas sometidas a la esclavitud sexual, así como el trabajo esclavo no es norma en el mercado laboral, reconozcamos que esta no es la regla rectora del sexo “mercenario”, al menos en lo que a los grandes centros urbanos se refiere. La “puta” es por lo general una persona adulta que voluntariamente ejerce la prostitución ya de manera totalmente autónoma o ya bajo una especie ilícita de contratación a cambio de un porcentaje de su facturación con alguien que en contraprestación se encarga de proveerle cierta infraestructura para ejercer su labor. Fuera de las motivaciones que llevan a alguien a convertirse en “puta”, lo cierto es que el acto es voluntario y lo encuentros carnales que tendrá en ejercicio de su profesión son en algún sentido deseados. ¿Pretendemos decir que la “puta” tiene un deseo carnal por el “cliente”? Nada más lejano, decimos que desea el encuentro carnal porque desea el beneficio que de esto obtendrá.

El deseo está tan presente como en un simple encuentro ocasional donde ambas partes buscan el beneficio de una situación individualmente placentera, sólo cambia la naturaleza concreta de ese beneficio, pero vayamos más allá, la naturaleza y carácter del beneficio obtenido se torna increíblemente congruente con el obtenido de los encuentros carnales entre parejas estables. ¿Cuántas parejas ven que lo sexual ocupa un segundo orden en su relación e, incluso, lo marcan como decididamente insatisfactorio? Sabemos que muchas, aunque no arriesguemos una respuesta exacta sobre su porcentaje, y, sin embargo, no diríamos que hay ausencia de deseo hacia lo carnal. Por lo contrario, esto es deseado aunque en sí sea insatisfactorio para ambas partes. ¿Por qué? Porque lo carnal es visto como un medio para obtener o solidificar otras gratificaciones devenidas de la relación de pareja. Estas gratificaciones que no son necesariamente pecuniarias, aunque bien podrían serlo, bastan para que el encuentro carnal sea “deseado”. Lo mismo ocurre en el caso de la “puta”, como para la mujer casada que desde hace ya tiempo dejó de sentir una fuerte atracción sexual o quizás nunca la sintió, lo carnal es deseado ya no por sí mismo sino por su condición de canal hacia otras gratificaciones, y, la diferencia, si la hay, está más bien a favor de la “puta”. Si esto es vivido con conflicto por la mujer casada y tiende a ser disimulado como algo vergonzante, en la “puta” es la esencia misma de su profesión. Nuevamente, la distancia está en la sinceridad de una y otra forma de práctica sexual.

Aquí vemos el primer término de porque nos atrevemos a decir que hay algo intrínsecamente digno en la labor de “puta”, y, ese primer término, es precisamente la sinceridad a la que nos expone respecto a nuestra conducta sexual, y, con ello, impone cuestionarnos a nosotros mismos, pues si el edificio moral que hemos construido se derrumba en un espacio que consideramos íntimamente ligado a nuestra personalidad, cabe preguntarnos qué quedará para aquellos espacios donde nuestras relaciones son establecidas expresamente en términos de conveniencia y oportunidad.

En una sociedad donde la moralidad actúa como elemento ideológico, es decir falsa conciencia respecto a las relaciones sociales de producción que entablamos, todo aquello que surge como sincero parece peligroso por no dejar resquicio para la falsedad. Esto es estigmatizado y empujado a la marginalidad como monstruos ajenos a nuestra moralidad habitual cuando en realidad no son más que su confirmación expresa, y, al basarse nuestra sociedad en una dialéctica constante de términos contradictorios, así como la confirma tiende a contradecirla porque expone su verdadera naturaleza al modo de una sarcástica caricatura.
Dijimos, la “puta” deja de ser objeto para sujetivarse pasando a ser conciente de su condición y del rol propio de la mujer como género en las relaciones sociales de producción imperantes, el cual, en última instancia, no es otro que canalizar el instinto sexual de esa masa informe de “homo habilis” sobre la que se necesita imponer el conformismo. La “puta” decide y al decidir es digna, porque no se somete al rol social que le deviene de su nacimiento, sino que decide usufructuarlo, y, he aquí el segundo término de porque decimos que la condición de “puta” contiene un dignidad intrínseca.

¿Qué es lo expectable para una mujer en nuestra sociedad? Llenaríamos líneas respecto a la supuesta liberación femenina, de acceso laboral, de legislaciones igualistas y demás cuestiones sin poder evitar que cualquier marco formal de lo jurídico ceda ante el peso del marco material de las concepciones sociales imperantes. Es difícil obtener estadísticas del llamado “acoso sexual”, más aún cuando el concepto ha ido perdiendo fuerza en torno al más genérico “acoso laboral”, un viejo artículo de 2004 firmado por la periodista Sonia Tessa señalaba que las únicas estadísticas disponibles era una encuesta realizada por la Unión de Personal Civil de la Nación en 1994 (ver “El NO de Carmen”; Diario “Página 12”; Julio 30 de 2004), esta encuesta del gremio estatal daba un dato alarmante, el 47,4 por ciento de las empleadas declaraba haber sufrido acoso sexual, y, el dato no sólo que es alarmante sino que doblemente alarmante. ¿Por qué? Hablamos de un gremio estatal dónde existen garantías a favor del asalariado que no se reproducen ni remotamente en el ámbito privado, con lo cual, cabe suponer que dichas estadísticas tienden a aumentar dramáticamente cuando revisamos el marco completo del mercado laboral argentino. Todo indica que no erraríamos si decimos que más de la mitad de las mujeres argentinas enfrentan situaciones donde su desarrollo laboral y profesional depende de avenirse o no a un número indeterminado encuentros carnales ya con su empleador o algún superior jerárquico.

¿Creemos aún que la “puta” enfrenta una situación mucho más indigna a la que se expondría en el mercado laboral moralmente aceptado? Evidentemente, no y no sólo eso, sino que por el contrario su situación es mucho menos incómoda. Mientras que la empleada que se aviene al acoso está sometida al capricho del perpetrador a riesgo de perder la gratificación devenida de su contacto carnal, en el caso de la “puta”, en última instancia, la decisión de brindar su servicio o no a un cliente es puramente personal, no es “sometida” al acto carnal sino que se accede a realizarlo sin coacción alguna.

Pero decir que más del cincuenta por ciento de las mujeres enfrentarán una situación dónde su éxito laboral y profesional dependerá del advenimiento a encuentros carnales no agota el carácter infamante que lo moralmente aceptado depara para ellas. La mujer tiene opción, puede optar por no entrometerse en un ambiente laboral hostil y dedicarse a ser esposa y ama de casa… Obviamente, esto es una ironía. El matrimonio es, en definitiva, la más clara forma de sometimiento de la mujer a la esclavitud. ¿Por qué? Por la inviabilidad de su condición. ¿Cómo podría mantenerse alguien que carece de toda capacidad de producir recursos económicos indispensables para su subsistencia en una sociedad monetarista? Sólo sometiéndose al designio capricho de quien provee tales recursos económicos. Las mal llamadas jubilaciones para amas de casa, las obligaciones de alimentos y demás no cambian la materialidad de la situación, la vida de la “digna” ama de casa es totalmente inviable si no se somete absolutamente a la voluntad inapelable de su proveedor económico. Lo que la “puta” acepta hacer por una fracción determinada de tiempo y en los términos específicos que ella dispone, la “esposa” no sólo se ve obligada a realizarlo indefinidamente sino que ni tan siquiera puede establecer término alguno en la negociación.

Este es el rol que la mujer ocupa en las relaciones sociales de producción imperantes, satisfacer al “homo habilis”, mantenerlo conforme ante las condiciones de explotación que diariamente enfrenta, alimentarlo para que pueda seguir sometiéndose a ellas y criar la nueva generación de “homo habilis” que perpetuarán una y otra vez las relaciones sociales de producción imperantes. ¿Qué recibe a cambio? Techo y comida o un miserable aumento salarial si es de aquellas que llamamos “mujeres independientes”. Es un cinismo aterrador pero es el trasfondo de lo que decidimos digno para una mujer, ante nuestra sociedad, no es decidir ser “puta” lo indignante, por el contrario, la infamia radica en nacer mujer.
La “puta” rompe con esto, en lugar de someterse a su rol social lo usufructo. ¿Es funcional al mantenimiento de este status quo? Sin dudas, todos los somos de uno u otro modo, la única posibilidad de no serlo es un aislamiento absoluto e imposible. Empero, por más que sean indispensables para sostener el orden innatural de la moralidad, a su vez, son la clara expresión de su contradicción y de su irracionalidad intrínseca, por esto son estigmatizadas como monstruosidades enajenadas al margen de la sociedad, pues de aceptarlas como parte de nuestra sociedad y como nuestras iguales operarían como el vívido testimonio del sometimiento en que se encuentran el resto de las mujeres, y, he aquí, en este punto, que hemos encontrado su dignidad, pues es finalmente la “puta” aquella que no se ve obligada a satisfacer la voluntad caprichosa de un hombre, es decir, en definitiva, la “puta” es la única que no se somete a vivir como puta sino que tan sólo por un rato trabaja de ello.

A este punto ha llegado Ha-Shatán, fuma un cigarro, besa la frente de la “puta” como saludo y marcha por nuevos caminos…

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