Ensayos | Esbozo sobre los límites del peronismo - Por Roque Díaz González

El peronismo fue el movimiento de arrastre de masas más extraordinario que se produjo en Latinoamérica a lo largo de todo el siglo XX. Posiblemente lo haya sido en toda la historia, pero ahí ya tendríamos que establecer comparaciones con el pasado, épocas en donde las condiciones no eran, se sabe, las mismas y, por lo tanto, las posibilidades concretas tampoco. De cualquier manera, el peronismo fue un fenómeno tan particular y de dimensiones tan grandes, que cientos y cientos de teóricos y especialistas de todo el mundo, arribaron a estas costas para tratar de comprenderlo. Nunca pudieron. El peronismo tenía algo que, a ellos, se les escapaba.

Gastaron muchas hojas y mucha tinta en interpretaciones. Aplicaban todos sus conocimientos y dedicaban largas e interminables horas de meditación. Pero no, no podían. El peronismo estaba inscripto en otra lógica. Aunque muchos de ellos, para facilitar las cosas, como vieron que no podían, dijeron que en el peronismo la lógica no existía. Se transformó en un movimiento irracional, entonces, para los sectores bienpensantes. En el peronismo no había nada cuerdo, era todo un producto de las pasiones más ardientes. Era un movimiento de odio y resentimiento; esas masas de trabajadores y descamisados se convocaban tras la figura del General Perón, solamente, porque ese hombre le aseguraba algunos privilegios, algunas concesiones y, de esa manera, atentaban contra sus patrones, que poco afecto le tenían.

Era perfecto: el ataque a los dueños que tantos disgustos les daban por medio de una figura política de alcance nacional. Un movimiento ideal. Estos teóricos de ultramar –y sus seguidores locales, desde luego- pensaron que con esas conclusiones de manual, concluían, por ende, la interpretación cabal del peronismo: la más cabal que podía realizarse de un movimiento determinado por causas irracionales, que no tenía nada de racional, por cierto.Pero, ciertamente, el peronismo no tuvo tanto de irracional; es un movimiento de masas perfectamente comprensible desde los estándares racionales. El problema enclava en desde qué razón lo intentamos comprender, a qué racionalidad se refiere, a qué preceptos racionales responde. Y es ese el punto nodal en donde los teóricos extranjeros se metieron en líos y de donde no pudieron nunca jamás salir: el peronismo es una expresión de la voz autóctona, es el espacio en donde lo nacional habló y marcó sus diferencias con todo lo extranjero, por lo tanto, el peronismo fue una forma de cuestionamiento de esa razón occidental desde donde estos teóricos querían pensarlo. Era imposible concretar certeras definiciones, porque el peronismo era un movimiento que atentaba, precisamente, contra esa herramienta que ellos ponían al servicio de la interpretación.

Juan y Eva

El peronismo fue la implosión del carácter nacional, del ser nacional; en sus filas se alinearon todos aquellos despojados de su tierra, los verdaderos dueños de la tierra, a los que los unía una relación más que utilitaria con el suelo nacional. Y cuando decimos nacional, naturalmente, no nos referimos al suelo argentino, al que entra de las delimitaciones geográficas de esa entidad jurídica-política que se denomina Argentina, sino que hablamos del suelo de la nación latinoamericana, auténtica nación funestamente balcanizada a principios del siglo XIX.

Por eso el peronismo inició prometiendo integración latinoamericana: en el canto que los trabajadores cantaban, iba implícita esa necesidad. Fue la reivindicación de la tierra autóctona lo que arrastró a los trabajadores; fue la recuperación de lo que les pertenecía; no fue la Patria lo que tentó a los trabajadores y funcionó como motor del peronismo, no, por el contrario, fue la Madre tierra, la unión fraternal que unía a esos hombres de rostros oscuro y manos callosas con la naturaleza de la que habían sido injusta y vilmente despojados.Los trabajadores sentían en lo más profundo de sus entrañas que le habían despojado del cuerpo común. Perón logró hacer que ellos tomaran conciencia de todo aquello que en su inconsciente se guardaba, de aquella relación imaginaria del principio con la tierra, de su pertenencia a la naturaleza, que no podía ser apropiada y concentrada en pocas manos, que era de todos y que por ello había que recuperarla. Perón logró traer ese sentido primitivo a la conciencia y, desde entonces, los trabajadores y el pueblo expropiado, caminarían a su lado.

Pero ese desarrollo interior que en el peronismo se iba dando, empezó a mostrar contradicciones. Porque en el seno mismo del peronismo se encontraban algunos de los que se habían apropiado del cuerpo común; dentro del peronismo participaban aquellos que solo querían repartir esa naturaleza apropiada entre diferentes manos y de origen nacional.

Esos se opusieron a los trabajadores y el pueblo reunido bajo la consigna de socialismo nacional. Socialismo nacional quería decir: volver a la propiedad de todos, el cuerpo común de la naturaleza, que es de todos. La variopinta pertenencia del peronismo producía, por un proceso lógico, esas contradicciones intestinas que debían ser resueltas para uno u otro lado. En un principio, esa unión fue necesaria: ambos, trabajadores y lo que podemos llamar burguesía nacional, pujaban para el mismo lado, sus intereses estaban en la recuperación nacional, en quitarle a los extranjeros y los grupos concentrados socios de los primeros, aquello que le pertenecía al pueblo argentino. Pero, luego, a medida que el objetivo se iba satisfaciendo, el propio antagonismo que enfrentaba a los trabajadores y el pueblo con las líneas burguesas del peronismo, se desarrollaba hasta límites insostenibles.

El cuerpo común de la Madre Naturaleza debía conducirse por un camino de los dos que se le tendían: o pasaba a repartirse en varias y argentinas manos, o retornaba a ser propiedad común del pueblo.Ese enfrentamiento tuvo su punto álgido, o quizás en donde mayormente se cristalizó, en los conflictivos años 70 en donde los trabajadores y estudiantes bregaban por el socialismo nacional, por la recuperación del cuerpo común, y los integrantes del ala burguesa pretendían perpetuar las consecuciones hasta el momento realizadas: extender en el tiempo el modelo de capitalismo auto-centrado. El desarrollo de ese sentimiento nacional, la efervescencia por el retorno al retoño perdido, al origen primero, a aquella relación altamente cargada de afecto con el suelo maternal, no espiraría hasta encontrar su concreción final.

De todos modos, Perón, por su propia condición de clase, en sus últimos años, pareció optar, en esa puja, por el segundo grupo. La tensión creció y los trabajadores y estudiantes se vieron desfavorecidos. Sin embargo, antes de una optación determinante, antes de que el peronismo se resuelva para uno u otro lado, su líder falleció y las estructuras de entonces, tan acostumbradas a la presencia cohesionante de Perón, quedaron acéfalas y a merced de las subsiguientes vejaciones que, durante la dictadura militar, le realizaron.

Con esto, por lo tanto, podemos decir que el hecho de no haberse resuelto, de haber quedado pendiente su resolución oficial, salvó la persistencia del peronismo y puso a resguardo el romanticismo de las masas de trabajadores. Si el peronismo se hubiera resuelto, si Perón hubiera logrado tomar una posición categórica en aquella treta abierta en el seno mismo del movimiento, los trabajadores y estudiantes que pretendían el socialismo nacional, impulsados por el desarrollo máximo de la voz nacional que había sido despertada en el 45, se hubieran visto defraudados y contrariados. Suena reduccionista, parece ser agraviante, pero está inscripto en la propia lógica del movimiento que el surgimiento de las contradicciones internar es insostenible y debe volcarse para uno de los lados que entran en juego. Ese proceso de expresión nacional abierto, no podía cerrarse de la nada, no podía llegar a un fin que recortara su propia esencia.

Juan y Eva

La explosión de la palabra primitiva es determinante: los trabajadores y el pueblo desposeído fue impulsado a la re-conquista del suelo material del que habían sido despojado a lo largo de la historia. Esa era la verdadera independencia, la que el peronismo, por ser el lugar de expresión del ser nacional, empezó prometiendo. Pero luego no pudo resolver. El peronismo, cuando se agotaba en sus propios límites, entró en estallido. La dictadura lo mandó al congelador y, después, con el paso del tiempo y la recuperación de la democracia, volvió al ruedo convertido, simplemente, en un partido más dentro de la partidocracia liberal democrática.

El peronismo, para ingresar en ese mundillo de la política, debió se castrado: le sacaron lo que tenía de movimiento, que era en donde se agrupaban todos aquellos que pretendían recuperar la esencia terrenal autóctona, los que aspiraban a reencontrarse con lo matrialcal, la materia de la que habían sido despojados y, ahora, con esa democracia destilada con se inauguraba, se certificaba su ausencia por muchos años. Hoy, del peronismo, quedan cadáveres, viejas figuras y un profundo sentimentalismo arraigado en el pueblo trabajador.

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