Cuentos | Lija - Por Jeremías Walter

Hay un momento en el que las inclemencias del universo cobran una forma unívoca e irrenunciable, y el calor agita las vísceras y el cuerpo íntegro es víctima de un terrorífico desenfreno que atiza las composturas del ánimo y sólo es capaz de calmarse mediante la amigable deglución de un chegusán.


Venía con hambre, pero tampoco como para masticar tornillos. Es que a esas horas siempre me agarra hambre. La madrugada funciona así, ¿viste? Al menos a mí. Yo puedo estar todo el día hecho un idiota, pero cuando pasa de las doce, arranco. Tengo el reloj cambiado, ¿viste?, como los murciélagos, los búhos y qué se yo cuántas otras alimañas de la noche.

La cosa es que llego de madrugada con hambre, pero hambre de goloso, hambre de dulce. Tranquilo, te decía, pero… Bueno, abro la heladera. Nada. O sea, sí, un queso, mortadela, ajíes, pero dulce, ni un membrillo. Si al menos hubiera tenido un vasito de Coca, me hacía un sánguche, pero con agua no daba, yo quería dulce. Y ahí sí, lo que era un poco de hambre, un berretín, se transformó en lija. ¡Pero lija mal, eh! Funciona así, cuando te niegan el capricho, te desesperás. Empecé a abrir alacenas, cajones, casi a los portazos. Revisé la heladera como catorce veces. ¿Viste cuando la abrís una vez y no hay nada, seguís buscando por otro lado, pero volvés a la heladera para volver a ver que no hay nada? Sigue igual que antes, cuando la abriste un minuto atrás; como si fuera un artefacto eléctrico sin vida propia, que necesita ser llenado por alguien.

Ahí me acordé. La puta madre, si a la nochecita había ido al súper… Compré un par de giladas que necesitaba, jabón, fideos, pan. Siempre hago lo mismo, voy para lo que necesito en el instante, pero jamás una previsión, un esto me va a servir mañana, o un por las dudas lo llevo, nunca. Ni hablar de listitas y qué se yo. La previsión no es lo mío, así como eso de ahorrar, nunca lo hice. Necesito algo, voy y lo compro. ¿No lo compré? Bueno, me jodo.

Ésta me jodo. Después me quiero romper la cabeza. Si hoy fui al súper, vi los alfajores, que encima estaban baratos, pero como no tenía hambre, como no los necesitaba, no los compré, viejo. Después, mientras seguía por los pasillos iba pensando, porque no es que me olvido del asunto, iba pensando ¿y si los compro? Después voy a querer postre. Pero no, porque si hay algo que soy, es terco. Después veremos, me decía. Y el después llegó, como siempre, a la madrugada. La puta que me parió, encima a esta hora qué carajo va a haber abierto en este barrio de mierda.

¡Qué hambre, la puta madre! Creía que iba a morir. ¡Y eso que había morfado bien, eh! Si nos juntamos a comer un asado en lo de Toto. Después, escabiando hasta tarde. Tenía el vientre hinchado de porrón. Ah, porque estaba en pedo, creo que está de más aclararlo. Y como siempre que estamos escabiando hasta las cinco de la mañana, después nos agarra a todos hambre y nos vamos a comer un pancho al carrito. Todos los borrachos frustrados, en banda al carrito. Nunca una mina, eh…

Pero después del asado, litros de cerveza y súper pancho, quería el postre. Como siempre, solo en casa, quería lo dulce antes de dormir, con un tecito y algo en la tele. Sí, bien de maraca lo mío, pero feliz. Y en casa no había nada. ¿Qué hago? Invento algo, me dije. Pero eso sirve para lo salado, es más fácil inventar salado. Un huevo, una hamburguesa, una arveja, algo hacés. Pero cuando querés dulce, ¿cómo inventás? ¿Qué? ¿Vas a ponerte a derretir azúcar? Encima, ni cacao tenía.

Y bueno, salgo. Sí, era claro que iba a suceder. Como tantas otras veces, iba a salir en medio de la madrugada, con frío, cansado y ebrio a la estación de servicio que se encuentra a cinco cuadras (una inmensidad) de casa. Pueden cagarte a tiros a la salida, pero el hambre es más fuerte. Siempre el hambre vence. Más cuando son esas hambres de malcriado, viste, de bicho de ciudad. Porque andá a vivir en el medio del campo y que te pegue ese bajón. Olvidate. O en un pueblito, donde está todo cerrado. Después te quejás de la ciudad… ¿Sabés cuanto durarías vos lejos de la ciudad?

Entonces salí. Mientras caminaba, se me iba pasando el pedo. El hambre tiene eso, es tanta la concentración que mi estómago ejerce sobre mi cuerpo para conseguir el sustento que se olvida de todo lo secundario. Es como la adrenalina, ¿viste? Eso que te viene con el cagazo. Capaz que te pusieron un tiro en una gamba, pero si lográs sobrevivir, vas a seguir corriendo para que no te acribillen ahí nomás. Bueno, mi estómago genera su propia adrenalina.

En la tercera cuadra, una alarma. Un ruido extraño sale de mi vientre. Las tripas me estaban avisando algo. Así como los perros se ponen a ladrar como locos antes de un huracán o un terremoto y nosotros ni cuenta que nos damos de qué les pasa, así mis tripas me avisaban algo, porque al instante no sentí nada, pero una cuadra después me agarraron los retorcijones. ¡Uf! Esos que duelen, ¿viste? Agudos, pasajeros pero agudos. Tomándome la panza como calmándola, seguí caminando, casi sin pensar hacia dónde me dirigía. Claro, estaba yendo a comprar comida, no muy sana desde ya, para un estómago que suplicaba descanso.

Lipton, Laurie: Love-Bite, 2002.
Una vez adentro de la estación, el dolor cesó. Estaba en un mundo maravilloso. Chocolates, alfajores, chocolates, obleas, chocolates, galletitas, chocolates. Me compré un chocolate. Como veinte mangos me salió la joda. Generoso era, pero veinte mangos…

Mis bajos instintos me impulsaban a abrir el paquete y devorar la enjundia de un saque. Pero yo soy una mierda. Soy un metódico de mierda. Tenía que llegar, poner a calentar la pava y hacerme un té. Nada puede ser hecho de otro modo que no sea el premeditado. Para eso sí tengo todo programado, pero cuando se trata de algo útil como ir al súper, no, me comporto con total improvisación. Los pasos a seguir eran, fueron y serán los siguientes:

Uno, prender el fuego y poner la pava. Dos, prender el tele y ver si hay algo potable; en caso de no haberlo, prender la pc y buscar una serie, preferentemente Family Guy –si tengo mucho sueño, Los Simpsons –. Tres, hacer el té, bien hirviendo, así dura caliente mucho tiempo y no tengo que bajar a recalentarlo (tomarlo tibio, jamás). Cuarto, sentarme frente a la pc (porque, claro, a esa hora no hay nada en la tv) y darle play a la serie que había dejado cargando previamente. Quinto, comer, beber y mirar. Generalmente, como unos cuadraditos primero, luego bebo té, a intervalos más o menos similares y siempre teniendo en cuenta que lo último que ingiero es el líquido, jamás el sólido.

Pero no había té. Así como te lo digo, no había té. Se me vino el mundo abajo otra vez. Me puse a revolver y sólo había mate cocido. Y bue… Decepcionado, preparo la infusión autóctona con todos los anteriores pasos cumplidos a la perfección. Mientras subía a mi habitación, iba recordando casi sensorialmente todo lo que había entrado en mi cuerpo en las últimas cinco horas. No era sano. Bueno, mi vida en sí no era sana, pero esto pasaba varios límites. Estaba seguro de que si ingería ese chocolate con el mate cocido, iba a explotar. Literalmente te digo, eh… algún órgano iba a rebalsar. Las tripas ya habían chillado.

Pero capaz que no. No iba a ser la primera vez que ponía a prueba mi estómago, más bien era una rutina. Y a veces quiebro, pero a veces no…

¿Qué iba a pasar? ¿Qué iba a hacer?

Verá, amigo, esto que le cuento no tiene final, ni conclusión, ni cierre, ni sorpresa, ni nada. Desde que empezamos sabíamos el final.Me comí el chocolate, por supuesto. Al otro día me enteraría de la resolución de la trama.