Lecturas | «Confesiones a partir de una casa asombrada», de Ramón Ayala - Por Herminda Azcuénaga de Puchet

Una casa hecha de fantasías, las ilusiones del terreno desprendidas, o prendidas a los ojos de un niño. Misiones y el nacimiento, el recorrido del paisaje, el sonido brotando desde la piel, formando la trayectoria de uno de los actores claves en el folclore nacional. Poeta y cantor, hombre de poesía y de pintura, ciudadano de la historia, caminante de las tierras. Uno de los viejos maestros se confiesa, y en esas confesiones, aparece música e imagen de un país olvidado. 


Ramón Ayala estuvo en Rosario, en el Distrito Siete. Presentó su libro Confesiones a partir de una casa asombrada y brindó un recital. Canto y palabra. Envuelto en pilchas gauchas, a paso lento, tanteador, subió al escenario y conversó durante más de una hora. Fue un repaso por anécdotas, historias fragmentarias y digresiones desprendidas de sus relatos. Un viejo poeta, el cantor que viene de la historia, redescubierto en los últimos años, ganando una popularidad inesperada entre la juventud.

El relato autobiográfico, en este caso, es como una devolución: cuenta para los que quieran escuchar un gran mosaico de andanzas por la geografía, un recorrido mundano, llevado a la voz melodiosa y grandilocuente, al ritmo poético de su hablar. Un ingreso a esa casa asombrada, un encuentro con el duende que habita en ella, lo fortuito.

El libro que lanzó editorial Serapis es un conjunto de trozos autobiográficos, un ensamble de postales que sintetizan un paisaje vital de la historia argentina: la trayectoria de un hombre de provincias dedicado a las artes, el paso de uno de los fundadores de la canción popular a mediados del siglo XX hasta nuestros días.

Se almacenan en su prosa los aromas, las texturas y las tonalidades de las experiencias en las quintas, alrededor de los frutales, en las inmediaciones selváticas de Misiones, la tierra negra y roja guardando tesoros insospechados escondidos del ataque de los bandeirantes. Y esa casa asombrada, repleta de misterios, intrigante, que alojaba a un niño curioso. Una mezcla de solemnidad lírica y picardía campestre. Un ida y vuelta entre la escritura y la oralidad, poeta con guitarra, cantor que narra.

La mirada larga

Años treinta, tierra lejanísima. Se escuchan todavía los retumbos de la Guerra de la Triple Alianza, la avanzada contra el Paraguay, la masacre de un pueblo, el destierro, la huida. El drama de la historia que habita la sangre de Ramón Ayala, hijo de una paraguaya, descendiente de la matanza (hace unas semanas también se presentó, en una edición especial del Ministerio de Cultura de la Nación, su libro Las trincheras ardientes del Paraguay. Canto popular sobre la guerra grande, un largo poema de tono gauchesco sobre aquella guerra y el pasado negado de la Argentina civilizada).

Las imágenes se van conectando a medida que avanzan las breves narraciones, pantallazos de historia viva que se alza desde el recuerdo y arman el itinerario de un poeta central del folclore nacional. Lo folclórico queda entendido como la voz –el moFoto 2do de contar– de los mayores: está también la renuencia a la novedad, esa cautela prevenida de los viejos maestros de la música popular argentina contra todo lo extranjero, llegado de afuera. El exterior siempre fue una amenaza para los que asumían el grito de los despatriados. La tierra originaria como necesidad, la nostalgia de lo permanente o la precaución contra lo mutable. Ramón Ayala cantó a los derrotados desde la tierra derrotada, no había demasiado que aprender sobre las formas de decir de la angustia, las tristezas, el drama de los hombres. Estaba todo en el paisaje, que eran esos mismos hombres viviendo y trabajando la tierra.

Ese es el canto del recuerdo que se desliza en su prosa, que es una expresión quieta de su palabra dicha. Sobre el escenario describiendo el libro con puntillosidad, como si repasara con la vista las líneas, grabadas en su memoria. Poesía de un memorioso, añoranza del pasado terruño. Esas sensibilidades de la región se van desdoblando a medida que pasan las páginas, la aventura por los campos cultivados, los pueblos perdidos, la localidad vital, las siestas como territorio de descubrimientos. Y otra vez el asombro. La aldea posadeña siempre presente, la melancolía por lo perdido.

En esos relatos se van colando las experiencias que realzan los contornos de la música popular, el canto que siguió el pulso de los hombres que no entraron en la gran historia. Están latentes las migraciones, el paso del provinciano de la selva vegetal a la selva de cemento. La llegada a Buenos Aires, el ingreso en la historia. En cada uno de los recuerdos que escribe se forma la centralidad de la querencia, el síntoma reactivo a la desposesión. Lo telúrico: el habla de las regiones, el oído atento a las jergas, los tonos, las variaciones de la lengua situada; el sonido de los instrumentos; los rastros del movimiento en la piel, el paisaje conmemorado, la extensión de la palabra. Música y humores de la tierra, el arrastre del «río humano de la provincianía» que ocupaba Buenos Aires, que dejaba las peñas y bailantas para subirse a los escenarios, estar en la escena nacional. En esa partida hacia la ciudad, casi un exilio interno obligado por la música, se trazan las primeras coordenadas del folclore como acontecimiento, diferenciándose con sonidos y motivos propios de las músicas urbanas, separándose del tango porteño, avisando de la existencia del interior en el corazón portuario.

La historia desde una historia

Las historias sueltas de la vida de uno pintan la historia del folclore. Va haciendo un retrato de su origen, traficando sonoridades y matices, multiplicando las composiciones. Están sus encuentros, las tertulias en el boliche de Armando Tejada Gómez, la llegada insólita de la joven Mercedes Sosa, ahora escuchada en la ciudad, ya no con su voz almibarada, ahora con sonoridad de las montañas, toda la geografía tucumana recuperada en su canto resonando en lo urbano. Esa emoción que Ayala delinea es el fundamento de su práctica poética: el poeta como traductor del ambiente, el asombro vital, el amor a las criaturas vivas y  la incomprensión del acto criminal.

Una música múltiple, repleta de sonidos de las provincias, que entra a la ciudad y hace eco en el hormigón. Esa irrupción de lo plebeyo que detalla en el surgimiento del chamamé, un género deambulante del litoral. Según comenta Ayala, su nombre quiere decir algo leve, realizado sin pretensiones. Una expresión de lo espontáneo: la fuerza sonora de las bailantas recluidas, despreciadas, conocidas como bailes «puloil» porque eran frecuentadas por las mujeres de la limpieza que buscaban su tierra en esas presentaciones escondidas en el centro porteño.

La música conteniendo el ambiente vivo, la invención rítmica del gualambao, el estilo que salió de sus manos como soltando el recuerdo del paisaje «sinfónico vegetal» de Misiones. Su invención de lo autóctono.

El libro transcurre en las intermitencias. Va de la ingenuidad infantil observando/viviendo un mundo abierto al asombro, colmado de hechos fantasiosos, la casa que despedía una luz verdosa, los bichos que rondan y aterran, techos que se desmoronan, impresiones conmovedoras, a sus inicios en el «arte del color y las formas» cuando, con el socorro del Patronato de la Infancia, encontró en la pintura otra forma de recrear los paisajes que anidaron en su memoria. Más tarde, el trabajo en el frigorífico, los hombres de bigotes congelados, el esfuerzo bruto para comprar su primera guitarra y cantar a la tierra, al ganado y a los hombres que la trabajan. Sus noches de zapadas en el «espacio vivencial que la suerte destinaba a los seres llegados del interior: el conventillo». Ese refugio que lo recibió en Dock Sud quedaba sobre la calle Facundo Quiroga: sonaba ahí la barbarie que llegaba de tierra adentro.

En esas rondas nocturnas, entre vino y guitarras, los cruces con otros personajes que fueron formando el primer armazón del folclore moderno. Entre las «cosas curiosas» que narra está su relación con Horacio Guarany y su denuncia del olvido una vez llegado el éxito, en los tiempos en que Ayala cobraba notoriedad pública con los conjuntos provincianos que desembarcaban en la capital integrando el trío Sánchez-Monjes-Ayala. Después, sus inicios como solista, despuntador de guitarras. Y de nuevo los pinceles, las búsquedas sin límites en la expresión artística.

Ilustración de Ramón Ayala en Confesiones a partir de una casa asombrada.

Hombre de la tierra sin fronteras

La pintura juega un papel central en su llegada a la ciudad y el despunte de su carrera como artista de trascendencia internacional. Hombre que traía todo el entorno natural de su tierra natal contenido en la piel, se encontró con el arte urbano, las superficies secretas de la ciudad, conoció los óleos y pinceles como instrumentos, la materia plástica que reinventa el ámbito vital. Esa misma fuerza poseedora de los vientos que cita como autora de los versos de El Mensú, una de las canciones que lo hicieron conocido en todo el mundo, cantada en decena de idiomas y tarareada por el Che Guevara en los fogones de la Sierra Maestra. El nacimiento de la poesía en su reencuentro con la selva misionera, volviendo a su tierra después de un largo tiempo de giras y presentaciones, famas y reconocimientos, con los «ojos acostumbrados al cemento».

Ese compromiso con los hombres que viven un territorio, que hacen las riquezas y padecen las injusticias hizo que lo invitaran desde el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos a visitar la isla durante 1962. Junto con intelectuales, artistas y políticos de todo el mundo. Ahí conoció al Che y presenció desde las costas el alineamiento de las embarcaciones norteamericanas, en plena crisis de los misiles. De esas experiencias históricas, de ese recuento desordenado de hechos vividos, se van desprendiendo sus reflexiones, pequeñas acotaciones sobre los sucesos, impresiones también que delinean teorías. Entre ellas, la importancia del cómo por sobre el qué como juicio estético, el drama del hombre brotando en el poema. Aroma a yerba mate: una relación inherente entre el conocimiento de lo que se habla, el oficio de la palabra y la inspiración surgida en la confusión con el ambiente. Cosechero de lo sensible, apabullado de infinito. Del algodón al lienzo, del óleo a la tinta, de Misiones al África: cantar al hombre, para Ayala, es sentirse parte vital de él. Seguir asombrado, en definitiva, pese a los años.

 

Ramón Ayala: Confesiones a partir de una casa asombrada, Editorial Serapis, Rosario: 2015.