Poesía | Nadie supo de la maquinaria, todos dormíamos - Por Miguel Lerotich | Ilustraciones: Matías Lazaro

Cuando nada pasa, las cosas suceden. Se preparan, se ponen a punto, se alistan, pertrechan, acomodan, apuntan. La máquina sigue, no duerme como los hombres, ni le da sueño, ni se cansan. Son capaces de hacer operaciones infinitas, participar de transacciones incalculables. Ninguno lo advierte, pero ya no las manejan. ¿Queda algo más para descubrir?


Cuando hablo con mi padre me doy cuenta de todo.
Me reconozco en su sangre. En su beber íntimamente quieto
en ese milagro ya conquistado.
¿Para qué escarbar para atrás sin atreverse a ningún descubrimiento?
Tengo una historia escrita, una lucha. Tan interna como externa.
Me invade un vaivén de aires extranjeros a mí que en nada se parecen.
¿Para qué detener el tiempo y bajar las escaleras de la quietud?
¿Para qué?
Queda mi cuerpo en medio de las instituciones.
Poder. Guerra. Poder.
Maquinaria inabarcable.
Estoy en el medio como un punto de algo que se pudre despacio para florecer de nuevo y volver a pudrirse.
Resistimos a las organizaciones de este tiempo que muele las ideas.
Disconformes o sometidos a algo que se está quebrando, navegamos, pero siempre disconformes.
Tiempos duros.
Nada viene bien.
Tengo que hablar con mi padre para estar de vuelta en la calle de tierra.
En mi sangre, ese territorio angosto y blindado que abarca el cosmos y no pueden quitarme.
Se camina por conocer algunos ojos.
Por amigos tan fieles y des-ocasionales
y otros motivos que ya todos conocemos.
¿Por qué llorar?
Digerimos el mundo con miedo inútil.
En este país tiran bombas que «no son para nosotros»
y todos tenemos la culpa.
O nadie la tiene.
Es lo mismo.
Cuando todos dormíamos alguien fumigó estas tierras
y nadie dijo nada.

«Demonio sentado pintado», por Matías Lázaro

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