Cómo es que hablan los que no tienen voz
Texto: Herminda Azcuénaga de Puchet | Fotografía: Juliana Faggi
Texto: Herminda Azcuénaga de Puchet | Fotografía: Juliana Faggi
Dónde quedan los límites de lo vivo, hasta donde se extiende la palabra escrita, cuánto queda de ella estampada, cómo le sigue, a una anotación, al papel, al puño y la letra, la poesía; cuál de los intentos inaugura una experiencia artística, por qué es necesario recrearlas, darles lugar, considerarlas. Todo eso entra en un libro o en una lectura. Bastante más es lo que lo excede.
Las páginas se suman unas a otras y hacen un libro, que se seca en un estante, se pierde en las memorias de los lectores, que continúan sus trayectorias sobre otras páginas. La historia, otra vez, pone esas páginas en presente. Se leen, y es la historia la que se modifica, cómplice de la ficción, verdugo de los olvidos. La novela de Rosa Wernicke aparece como un cúmulo de interrogantes, una pieza del pasado con la ventaja del presente.
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